«Una mujer libre da miedo»

La guían Jo March, Jane Austen, Simone de Beauvoir, Virginia Woolf o la Plath más «doméstica». La creadora de la web La Tribu revela la historia de la genealogía literaria femenina en un libro que salta de la estantería y empuja a decir alto: «¡Mamá, quiero ser feminista!»

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Jo March marcó su vida. Casi todas las niñas (de los 70 y los 80) quisimos ser la chica rebelde que se cortaba las trenzas y actuaba como un chico. «Nunca olvidaré el día que me regalaron un libro que me acompañará siempre: Mujercitas, de Louisa May Alcott», declara Carmen G. de la Cueva en Mamá, quiero ser feminista, una vocación muy razonable que no solo alentó la chica chicazo de Mujercitas. Ahí estaba también, vitoreando las aspiraciones de libertad de su infancia, la indomable Pippi Calzaslargas: «Tuvo una influencia decisiva en mí. Nuestra historia empezó como las buenas historias, ella me relataba su vida y yo la escuchaba atenta».

En un pueblecito de Sevilla, parecido al de las March en Massachusetts, comienza la historia de Carmen. Nació en Alcalá del Río en el 86, año en que se produjeron dos acontecimientos: el centenario de la muerte de la poeta Emily Dickinson… y que «abría sus puertas la biblioteca municipal en mi pueblo». Los libros entraron en su vida y decidieron con ella. «Una paciencia salvaje me ha traído hasta aquí», le confió Adrienne Rich. «La guerra la relatan las mujeres», le dijo Svetlana Alexiévich. Las palabras de Jane Austen, Simone de Beauvoir o Sylvia Plath fueron la linterna en la oscuridad de un mundo cerrado, «en el que las chicas de mi edad, chicas listas, muy capaces, brillantes, aún repiten la vida de sus madres. Muchas de mis compañeras de instituto dejaron los estudios o no desarrollaron su profesión. Con veintipico se casan, tienen hijos y ya está. A mí me cuesta entenderlo, que sean felices así», confiesa Carmen.

-«Mamá, quiero ser feminista» es el relato de tu vida y de la vida de muchas mujeres, célebres o anónimas. Las ilustraciones de Malota y la primera persona recortan distancias.

-No quise hacer un libro ensayístico que se quedase en las estanterías. También por esa necesidad que tengo cuando cojo un libro de involucrarme en él, y que me acompañe.

-Ya hay camisetas de moda con el lema «Feminist». ¿Por qué hoy más que nunca hay que decir alto y claro: «Mamá, quiero ser feminista»?

-Hace tres o cuatro años no se hablaba tanto de feminismo, ¿verdad? Creo que cuando monté La Tribu era algo extraño abrir una web feminista. No estaba el ambiente tan receptivo a estas propuestas. Yo veo un salto generacional. Las mujeres de los 50 y los 60 pelearon por llegar al mercado laboral, por la igualdad de oportunidades, por decidir sobre la maternidad. La generación de los 70 llegó al mercado laboral, ellas salieron a trabajar y pensaron que ese techo de cristal ya no existía. El feminismo se fue relegando como si no fuese necesario. Hasta ahora. Las mujeres nacidas en los 80 y los 90 vemos que vivimos en una sociedad machista que sigue tratando a las mujeres con violencia, y que ahora hemos pasado de ser esclavas del hogar a ser también esclavas del sistema.

-Nuria Varela, experta en violencia de género, apunta que el mundo está más azul y rosa que nunca. ¿Cómo lo ves tú?

-La exposición de las mujeres se ha multiplicado con redes como Instagram o Facebook. Hace años lidiabas con tu padre o con tu compañero de clase; hoy lidias con una presión constante las 24 horas del día.

-Paula Echevarría ha dicho: «Ni feminista ni machista, hay que ser persona» y se ha quedado tan ancha. ¿Aún estamos pez en feminismo?

-Es que nunca nos han explicado bien lo que es el feminismo. Pero yo estoy muy en contra de hacer estas preguntas a Paula Echevarría. Igual ella no es feminista, no todas las mujeres son feministas, ni debería hablar de esto. El de Emma Watson es un caso distinto, y ayuda a que la corriente mainstream entienda la necesidad del feminismo. Es una persona pública, una actriz que ha representado a toda una generación con Harry Potter, pero también es embajadora de la ONU para la defensa de los derechos de las mujeres. Emma Watson no es Paula Echevarría. Y mira Leticia Dolera, con un papel muy activo como feminista.

-Dolera dice que ser feminista es vivir en la contradicción.

-Es que es inevitable. Yo siento que todos los días acierto en algo, pero que me equivoco en muchas cosas. Todas las mujeres feministas a las que nos gusta sentirnos guapas o atractivas lo sufrimos. Ella se refería, creo, a compaginar su pensamiento con la alfombra roja. Vestirte como te dé la gana, pintarte como te dé la gana, teñirte las canas… eso no es importante. Por eso no es importante lo que diga Paula Echevarría.

-¿Esperas más de una mujer, por el hecho de serlo, que de un hombre? Por ejemplo, a una política como Angela Merkel ¿le pides más, que tenga otra actitud?

-¡A Angela Merkel no le pido nada! Tampoco a Theresa May o a Susana Díaz. Hay algo muy peligroso, y es pensar que porque una mujer esté en un puesto de poder va a actuar de manera feminista. No. Muchas mujeres llegan al poder y utilizan las herramientas históricamente masculinas.

-¿Aún dan miedo las mujeres que hablan claro o defienden sus derechos para cambiar las cosas?

-Da mucho miedo que la mujer sea libre, que piense, que diga lo que piensa y decida por sí misma. A la mujer aún se le sigue castigando por el hecho de desear, por ser libre de desear. Sobre esto ha salido un libro imprescindible, En estado salvaje, de Charlotte Wood.

-En tu libro hay un solo hombre, García Lorca, ¿por qué?

-A ver... a lo largo de mi vida he leído a muchísimos más hombres que mujeres; los he tenido más cerca, es lo que nos han enseñado. Y leo todo lo que se escribe, hombres y mujeres. Me interesa la visión de Andalucía y las mujeres en Bernarda Alba, por eso abro el libro con Lorca, pero no hay más hombres porque esta es una historia de la genealogía literaria femenina, la que ha estado siempre más ausente.

-Más allá de las clásicas, no se conoce a muchas escritoras contemporáneas de peso, que no deberíamos perdernos. Dices «Siri Hustvedt» o «Samanta Schweblin» y no saben quiénes son.

-Los hombres, en general, no leen a mujeres, ni siquiera los escritores. La mayoría leen a Marguerite Duras, Virginia Woolf, Clarice Lispector o Natalia Ginzburg, que, curiosamente, tienen unos planteamientos bastante masculinos.

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