Esta fue la gran tentación del patrón del mal

Entre joyas y poemas, Pablo Escobar y la periodista Virginia Vallejo mantuvieron una relación explosiva que ahora llega al cine. Detrás hay una autobiografía de floja calidad literaria, pero enorme valor que permite advertir el poder del narco


Solo un tipo profundamente desequilibrado podía proclamar atrocidades en público como «plata o plomo» y a la vez dedicar en la intimidad unos diabéticos versos de Neruda: «Tienes ojos profundos donde la noche alea, frescos brazos de flor y regazo de rosa». Así era don Pablo, el Patrón, el señor de los cielos, el monstruo de Medellín. O simplemente Pablo para su gran amante, Virginia Vallejo. Lo de esta periodista, actriz y modelo en la vida del gran narco del siglo XX -y de la historia, con permiso del Cartel de Cali y del Chapo Guzmán, a quien por cierto también se relacionó con una célebre actriz- es apasionante. Daba para un libro, y tardó en ver la luz: Amando a Pablo, odiando a Escobar. Autobiográfico y revelador desde su título. Daba para una serie: Narcos toma algo de su vida, aunque desvirtúa el verdadero rol de esta mujer, como otras tantas cosas que narra este éxito de Netflix (ese es otro tema). Y daba para una película. Y ya la tiene: Loving Pablo, que se ha quedado solo con una parte del título original. Protagonizada por Penélope Cruz y Javier Bardem (obvio a quién interpreta cada uno) y que ha espantado a la mayoría de la crítica. Oportunidad perdida, quizá, ante una obra de talento literario justito -hay un exceso de adjetivos y de ego en sus 395 páginas-, pero que resulta esclarecedora sobre el negocio de los narcóticos, la corrupción política en Latinoamérica, el papel de Estados Unidos en la lucha contra las drogas y, en definitiva, el ascenso y caída de la envidia de las muchachas de Colombia, una nueva Ava Gardner. No tenía nada que envidiarle en belleza, en atracción o en sofisticación. Otra cosa sería el talento artístico.

Medios americanos estiman que por la cesión de su obra para la adaptación de los Bardem-Cruz, Vallejo se ha embolsado un millón de dólares. Algo es algo después de una vida de excesos que le venía de cuna -procedía de una familia millonaria que le llenó de caprichos, pero que también le proporcionó una educación exquisita- y que exageró al lado del narco. Pero Escobar, contó ella en su libro y repiten quienes la conocen, no le dejó un céntimo. Solo le quedaron anotaciones personales, excesivamente azucaradas: «No pienses que si no te llamo no te extraño mucho. No pienses que si no te veo no siento tu ausencia».

A Virginia Vallejo la relación con Pablo Escobar casi la cuesta la vida. La conserva aún hoy. Y tiene mucho mérito habiendo sido durante años, a mediados de los ochenta, la perdición de uno de los tipos más peligrosos del planeta, y habiendo salido de la vida del narcoterrorista dándole un portazo, con rumores de cuernos con el cartel rival. Ahí es nada. Desde hace más de una década vive refugiada en Estados Unidos, como testigo protegido por la DEA, la agencia antidroga de ese país. Sus apariciones públicas son contadísimas. Apenas para promocionar su libro, que publicó al poco de llegar a su exilio, en el 2007. Una especie de memoria-ajuste de cuentas-desahogo en el que repasa desde las experiencias en la alcoba («Pablo era un amante pésimo») hasta el alivio que le produjo saber de la muerte de su amante en diciembre de 1993. Cuando vio su cuerpo tiroteado, 115 kilos tirados sobre un tejado, solo pudo decir: «Ese monstruo no pudo ser mi amante».

Pero lo fue. Y con suma discreción, bien porque Escobar estaba casado con quien sería la madre de sus dos hijos (reclamaciones de paternidad aparte), bien porque el Patrón andaba siempre desconfiando de su sombra. Sus líos se conocían en ciertos ambientes de Colombia, aunque ella siempre lo negó en público. No fue hasta unos años antes de exiliarse que confesó una relación que empezó en la célebre hacienda Nápoles, una gigantesca finca con zoo adonde Escobar llevaba a amigos y establecía acuerdos cuando su nombre se respetaba en las calles de Medellín.

Para Escobar, aquella muchacha devino en una obsesión. Logró conquistarla llevándola de visita a un macrovertedero -sí, un lugar que ella recuerda que olía a miles de muertos- para que la periodista le entrevistara y pudiera contar que eliminaría todo aquello para levantar viviendas sociales, parques y canchas de fútbol. A narcopolítico aspiraba ya entonces Escobar, que soñaba con la presidencia de su país. Imagínense.

A Vallejo este hombre bajito, ancho, casi sin cuello y poco estiloso le cautivó con su mirada, con su poder de seducción con las clases populares, con sus fuertes convicciones, con sus relaciones públicas... y su plata, claro. Escobar era ya multimillonario con la coca. La cubrió de joyas y de vestidos caros. De viajes y de cenas. Y de canciones de Raphael y poemas de Neruda.

Al final, ni los versos ni los anillos lograron tapar el negocio de quien era su compañero de cama: una ingente maquinaria de muerte y chantaje, con la connivencia del poder político. Cuando abrió los ojos, Vallejo decidió alejarse. Y le costó. Escobar persiguió a siguientes parejas, incluso hasta Europa. Hizo todo lo que estuvo en su mano para que no volviera a trabajar, y la acosaba con llamadas aunque ella cambiara de móvil. Ni su muerte le privó de la persecución posterior. Hoy tiene 68 años y cuentan que está medio ciega, pero que no se puede pagar una operación. Ella, que fue pionera en su país retocándose el pecho y la nariz.

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