Plácido Domingo: «No recuerdo un solo día en el que no haya estudiado»

Artista todoterreno, a los 70 decidió partir de cero y empezó a cantar papeles de barítono, aunque él se sigue considerando tenor. A sus 76 años, con 3.900 funciones a cuestas, acaba de interpretar «Macbeth» en el Teatro Real, un lugar emblemático para él. ¿Su deseo? Llegar a las 4.000.

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Llega puntual. Son las cuatro y media de una calurosa tarde de verano en la capital. Tras saludarme con cercanía y cordialidad, nos dirigimos al salón Carlos III del Teatro Real. Viste pantalón, camisa y chaqueta azul marino, que contrasta con su tez morena y su barba poblada de canas. Es su cuarta entrevista y a pesar de que le esperan más compromisos, a sus 76 años Plácido Domingo no pierde la sonrisa. Aunque confiesa antes de empezar: «El día de descanso entre una función y otra debería estar en silencio para cuidarme la voz. Y aquí estoy hablando, sin parar».

Aseguran quienes están cerca de él, que es detallista, que nunca se le escapa un nombre ni olvida una cara. Cuida a su público y atiende a sus admiradores, aunque haya estado cantando tres horas en el escenario y esté agotado. Para ellos siempre hay tiempo para una foto y un autógrafo. El maestro se debe a su público. Tras beber un poco de agua y tomarse un caramelo para refrescar su garganta, Plácido Domingo exclama: «Listo. Vamos allá». Con vistas a los tejados del viejo Madrid, charlamos con el mejor tenor de todos los tiempos sobre su exitosa carrera y su despedida de los escenarios y descubrimos la faceta más personal de este artista incombustible.

-Acaba de estar en Madrid con la ópera «Macbeth». ¿Contento?

-Estoy muy feliz. La entrega del público ha sido impresionante y me siento muy agradecido. Es un privilegio y también una gran responsabilidad cantar aquí, porque el público madrileño es muy exigente, pero estoy muy satisfecho.

-Cada año hace un hueco en su agenda para cantar en la capital y en el Teatro Real. ¿Siente que está en casa?

-¡¡Claro!! Madrid es mi ciudad, donde debuté y en el Teatro Real he vivido noches inolvidables, de grandísimos éxitos. Te confieso que me encantaría estar en un teatro en Madrid y poder hacer algo cada dos meses. Ópera, zarzuela, cantar, dirigir. Me gustaría estar aquí con todos mis hijos, con todos mis nietos, disfrutando de lo que me gusta…pero es imposible.

-Es un reencuentro con el público madrileño, con el que acaba de celebrar nada menos que 3.900 funciones. ¡Felicidades!

-Muchas gracias. Estoy feliz. Tantas funciones, tantos personajes, tantos sueños cumplidos. Nunca pensé que iba a llegar a cantar tantos años seguidos. Yo pensaba quizá hasta los cincuenta y tantos… y fíjate. ¡Es increíble!

-Ahora, ¿a por las 4.000?

-Me encantaría. Si tengo salud, me siento bien físicamente y mi voz responde iré sumando más representaciones. Vamos a ver cuánto tiempo aguantamos y si llegamos a las 4.000.

-Entonces, ¿hasta cuándo seguirá dándolo todo en el escenario?

-Eso no se sabe. No creo que me queden muchos años por cantar. Un par de años, quizá tres. No quiero llegar a una edad donde digan: «Ya, Plácido». Pero por ahora, parece que les sigue gustando [responde sonriendo].

-¿Y cuándo sabe uno que ha llegado el momento de la retirada?

-Hay dos factores. Uno la voz y la otra es el estado físico. La ópera fatiga mucho. Es un trabajo que requiere mucho esfuerzo y dedicación. Cuando estás preparando una producción son seis horas de ensayos al día y acabas agotado.

-¿Le asusta mucho pensar en el momento de decir adiós?

-Bueno... Sé que estoy mucho más cerca de lo que estaba antes. Los años pasan, pero no me asusta. Sé que será un momento difícil, pero después de tantos años cantando, no puedo pedir más.

-¿Qué hará cuando se despida de los escenarios?

-Si Dios me da vida, seguiré ligado al teatro, porque soy el director de la Ópera de Los Ángeles y como además tengo mi concurso de canto, Operalia, seguiré en este fascinante mundo hasta el final. No sé estar parado. No creo que me jubile nunca.

-¿En algún momento se imaginó que llegaría tan lejos en el mundo del canto?

-No, jamás. Ni en mis mejores sueños pensé que iba a tener una trayectoria tan larga, con tanto éxito y que recibiría tanto cariño y afecto del público.

-Ha recibido ovaciones de más de una hora, sabe lo que es tener al público rendido a sus pies y siente el cariño y el afecto de sus admiradores. ¿Qué es el éxito para usted?

-Creo que es la fascinación que siento por mi oficio, la entrega que hago cada noche en el escenario, la emoción con la que canto cada representación. Pero esa fascinación, esa entrega y esa emoción sin el público no serían nada. Deseo que el público disfrute, se lo pase bien y que sea feliz, porque no solo ha labrado mi carrera, sino que también le debo al público todo lo que soy.

-A lo largo de su intensa carrera, habrá vivido noches memorables. ¿Cuál diría que ha sido su mayor triunfo?

-¡Uf! ¡Qué difícil elegir uno! He vivido momentos inolvidables y maravillosos a lo largo de toda mi carrera, pero quizá uno de los momentos de mayor emoción fue mi debut en Madrid hace más de cuarenta años con La Gioconda en el Teatro de la Zarzuela un día de San Isidro de 1970. Ese día después de cantar la romanza, recuerdo que recibí una ovación inmensa y al pensar que estaba en mi ciudad y sentir el cariño del público, no pude contener el llanto y rompí a llorar. En aquel instante, pensé que no podía seguir cantando de tanta emoción. Me arranqué y seguí adelante. Ese es uno muy especial, pero he tenido la suerte de vivir grandes momentos y los recuerdo todos con gran emoción.

-¿Qué le motiva para seguir dando lo mejor de sí mismo cuando se alza el telón cada noche?

-La pasión que siento por mi profesión. El día que tenga pereza de ir al teatro, ese día me retiraré. Uno tiene que tener siempre ganas y entusiasmo en lo que hace. El día que pierda esa chispa, habrá llegado el momento de decir adiós.

-Toda una vida cantando en los mejores teatros del mundo. A pesar de la experiencia, de las buenas críticas y del cariño del público. ¿Sigue sintiendo los nervios antes de pisar las tablas?

-Los nervios no los pierdes nunca. Pero, una vez que salgo al escenario y me siento bien, me digo: ¡Adelante! El error puede existir, por supuesto, soy humano. Pero, cuando salgo a cantar, doy todo lo que tengo y más.

-Tras una carrera tan larga e intensa y repleta de roles tan diferentes, ¿siente que le queda algún personaje pendiente por hacer?

-Tengo un par de obras de Verdi que tengo muchas ganas de hacer. Una es Luisa Miller, que la voy a cantar en abril en el Metropolitan de Nueva York. Además, estoy revisando óperas que se hacen poco del repertorio francés, que me parecen muy interesantes.

-Empezó interpretando roles de galán y ahora ha pasado a ser el padre, el rey e incluso el suegro, papeles de hombres ya maduros. ¿Renovarse sí o sí?

-Hay que adaptarse a la edad, no queda otra. Cuando cumplí los setenta años decidí cambiar el registro vocal y pasé de tenor a cantar papeles de barítono. Debuté con Simón Boccanegra en Berlín y fue un gran éxito y un acierto.

-¿Cuál es, en este momento, su asignatura pendiente?

-¿Ahora mismo, mi mayor ilusión sería cantar una zarzuela en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, donde el palco número nueve está dedicado a la memoria de mis padres. Sería muy especial, porque ellos cantaron aquí tantas y tantas funciones que sería un homenaje muy bonito, a dos artistas a los que he admirado y he querido tanto. La zarzuela fue la primera música que escuché en la cuna.

-Hablemos de su faceta más personal. El público se emociona en cada una de sus actuaciones. ¿Con qué se emociona usted?

-Me emociono con aquellas cosas que me llegan al corazón: el aria de un cantante, con mis nietos, por la ternura que me despiertan cuando me leen un cuento. Las emociones de la vida son las que provocan que se me salten las lágrimas.

-Cuando Plácido Domingo no canta, no estudia y no dirige, ¿cómo disfruta del tiempo libre?

-Yo lo combino todo. Las vacaciones las disfruto siempre con mi familia. Me baño en la piscina con mis nietos, les leo cuentos, juego al pádel con mis hijos, nos reímos. Pero siempre me reservo dos o tres horas para estudiar, que suelen ser cuando ya están todos dormidos, de madrugada. No recuerdo un solo día de mi vida en el que no haya estudiado.

-¿Y cómo desconecta de tantas horas de ensayo y estudio?

-Voy mucho al teatro y veo películas, pero leo poco, la verdad, porque estudio tantas horas: en casa, en el hotel, en el avión, en el camerino...

-Una ilusión.

-Tener buena salud y poder disfrutar de la felicidad con mi familia y, claro, seguir cantando, porque no solo me gusta a mí, también a los míos. Mis nietos acaban de participar como figurantes en la ópera de Madame Butterfly y también en el Macbeth y se lo han pasado fenomenal.

-Acaba de referirse a la salud. Hace unos años estuvo enfermo debido a que le detectaron un tumor en el colon, del que se recuperó totalmente. ¿Este episodio le hizo cambiar sus prioridades?

-Bueno, me hizo darme cuenta de que los años pasan y que es fundamental no descuidar las revisiones médicas. Me ayudó a ver la vida bajo otro prisma. Me enseñó a quitarle importancia a las cosas que no la tienen y a gozar muchísimo más de lo verdaderamente importante, como estar con la familia y los amigos.

-¿Cuál es su mayor temor?

-Como el de la mayoría de las personas, la enfermedad y el deterioro de los míos. Pero no pienso en ello.

-¿Le asusta la muerte?

-Sufrí mucho la pérdida de mis padres y hace dos años se me fue mi hermana [se emociona]. Nadie se salva y aunque es algo que sabes que tiene que pasar por ley de vida, solo pienso que venga lo más tarde posible.

-¿Qué le hace feliz?

-Estar en Madrid me entusiasma, me alegra mucho. Pero lo que más feliz me hace es estar junto a los míos, mi familia, mis hijos y mis nietos. Necesito aprovechar el tiempo disfrutando de todos ellos, porque me dan alegría.

-¿Alguno de sus nietos tiene madera de artista y seguirá sus pasos?

-Sí. Me siento muy orgulloso de ser abuelo. Le veo voz a Plácido, y a Álvaro le veo como director de orquesta. Los dos tocan el piano. Poco a poco y sin forzarlos, van por el camino y están contentos, que es lo importante.

-Asegura que su mujer, Marta, ha sido un pilar fundamental tanto en su vida personal como en su carrera profesional.

-Sí, llevamos más de cincuenta años juntos. Ella ama la música tanto como yo. Era soprano, abandonó su carrera para centrarse en la mía y hoy se dedica a la dirección de escena. Tiene una visión de la estética increíble y cada día aprendo algo nuevo. Ha sido mi guía, mi inspiración, me lo ha enseñado todo.

-¿Cómo era de niño?

-Como todos los niños de mi época, quería ser torero o futbolista. Pero con el paso del tiempo, me atrapó el mundo de la música y sobre todo el teatro. Cuando yo era chaval, mis padres se fueron a México con la compañía del maestro Torroba y con el tiempo mi hermana y yo nos trasladamos allí. Después del colegio me iba corriendo al teatro y siempre me quedaba a ver las funciones de mis padres. Poco después, empecé a estudiar piano y más tarde canto y ahí empezó todo.

-Un recuerdo entrañable.

-Recuerdo que de niño, cuando mis padres cantaban en La Zarzuela, me decían: «Vete a casa, que mañana tienes colegio y tienes que madrugar». Y yo me quedaba, porque me encantaba vivir el teatro, la función, escuchar los aplausos. Era mágico.

-¿Los años le han regalado...?

-Serenidad, calma, experiencia, el disfrute del ahora.

-¿Qué queda del joven Plácido Domingo?

-La curiosidad y el deseo por aprender y mejorar.

-Si no se hubiese dedicado a la música, ¿qué le hubiese gustado ser?

-No lo sé. Cada vez estoy más convencido de que nací para ser músico.

-¿Qué espera de la vida?

-Salud y felicidad para mi familia y para todos.

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