«Carmen Díez de Rivera era una rebelde indómita»

Luis Herrero recrea en su novela «Dejé de pronunciar tu nombre» la vida de Carmen Díez de Rivera, una mujer fascinante, fruto de la relación adúltera que mantuvieron la marquesa de Llanzol y Serrano Suñer

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Carmen Díez de Rivera (1942-1999) se la conocía como la musa de la Transición. Fue jefa de Gabinete de Adolfo Suárez e influyó en la legalización del PCE. Pero muy pocos sabían la historia oculta que estaba detrás de aquella mujer guapa, culta y brillante. Era hija de la marquesa de Llanzol y de Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco. Carmen Díez de Rivera se enteró de que este era su padre cuando quiso casarse con Ramón Serrano-Suñer Polo, el hijo del todopoderoso ministro de Asuntos Exteriores. A los 17 años, tuvo que renunciar a su amor prohibido. En su novela Dejé de pronunciar tu nombre, el periodista y escritor Luis Herrero recrea la vida de esta mujer única, que, tras su enorme decepción, profesó como monja de clausura durante unos meses, se fue a Costa de Marfil como cooperante y, a su regreso a España, por intermediación del entonces príncipe Juan Carlos, entró a trabajar con Adolfo Suárez, primero en Televisión Española y luego en el Gobierno.

-¿A qué se refiere el título?

-Solo se entiende una vez que se ha leído la novela y si ahora desvelara el motivo sería como cuando un amigo coñazo te desvela el final de una película, un spoiler como se dice ahora. Hay que mantener el misterio.

-¿Qué parte de ficción y de realidad hay en la novela?

-Hay más realidad que ficción. Todo lo que tiene que ver con la Transición, desde que Adolfo Suárez es nombrado presidente hasta las primeras elecciones democráticas, que es el tramo histórico que sustenta la acción, es real, y no hay apenas nada de ficción. En lo que respecta a la vida personal de Carmen, hay una parte que es completamente histórica, que es lo que ella contó en sus memorias, y otra parte, que también es sustancial, donde se rellenan los vacíos, las cosas que no contó, a base de ficción literaria.

-¿Para esa ficción se ha basado en testimonios?

-Es pura ficción. Claro que hay testimonios, pero en la intimidad de dos personas no hay testigos. La novela es un relato muy sistemático, muy pormenorizado de su vida, una aproximación exhaustiva a cómo era ella y cuál fue su manera de transitar por el mundo personal y profesional.

-¿Cómo definiría a Carmen?

-Era una persona muy singular, es muy difícil encontrar otra igual, tenía una gran contradicción interna. Había nacido en un ambiente muy clasista del Madrid de los años 40, hija de marqueses, rodeada de hijos de marqueses, acostumbrada a los bailes de la alta sociedad de los años 50, anclada en el mundo de los privilegios y de la protección del régimen, pero que llevaba dentro a una rebelde indómita. Por lo tanto se rebela contra todo eso y, sin perder la tiesura que le da haber nacido en ese ambiente de almidones y ayas extranjeras, es capaz de construir un mundo propio en el que se hace completamente contraria a esas ideas, porque le parecen sectarias. Ella lo que quería es que todos tuvieran acceso a ese mundo, no solo unos pocos.

-¿Esa rebeldía nace de la gran desilusión cuando se entera de que el hombre al que amaba era su propio hermano?

-Eso que ella llamaba la tragedia familiar marca su vida en todo de una manera absolutamente radical, es una herida que nunca es capaz de superar del todo. Al final no se casa y no construye un mundo sentimental propio porque está muy malherida por esa experiencia. Durante años le lleva a buscar salidas totalmente atípicas. Es una mujer que para olvidar lo que le ha ocurrido trata de convertirse en monja de clausura o que se va a África a encontrar la muerte porque se niega a ponerse cualquier tipo de vacuna que pudiera protegerla de las epidemias y la enfermedad. Lo que estaba buscando es quitarse de en medio. Cuando reconstruye su personalidad y es capaz de encontrase a sí misma da a su vida un sentido social, aparece una Carmen distinta que lucha por unas cosas que no tienen que nada ver con su infancia. Se transformó en una mujer de vocación socialista.

-¿Tuvo algún gran amor además de su relación con el hijo de Serrano Suñer?

-Tuvo varios amores y estuvo a punto de casarse un par de veces, lo que pasa es que no quiso porque decía que la globalidad del amor que encontró con Ramón, que era a la vez un amor físico e intelectual, no lo encontró nunca más. Como además sabía que lo había experimentado no se conformó con menos. Aunque tuvo varios novios y algunos con propuestas de matrimonio que estuvieron a punto de llegar a buen puerto, finalmente hubo algo siempre que le retrajo y le impidió dar el paso.

-¿Qué relación tuvo con el príncipe Juan Carlos?

-Era amiga del príncipe desde pequeñita. En ese mundo de marqueses en Madrid en el que creció la gente se veía con frecuencia en los actos sociales. Ella era una chica muy guapa y el príncipe un hombre muy ligón, que sentía atracción por Carmen y siempre mantuvo con ella una relación de un cierto coqueteo, primero no muy descarado y luego, cuando vuelve de África y se reencuentran, descarado. Juan Carlos quiere ligar con ella desesperadamente. Yo creo que no lo hicieron. Ella lo negó rotundamente y yo me lo creo.

-Fue el príncipe quien se la recomendó a Adolfo Suárez.

-Así es, en 1969. Cuando Carmen regresa de África en 1967 vive un par de años con su madre, la relación entre ambas es muy truculenta e incómoda, y la marquesa la acaba echando de casa. Carmen necesita independizarse y tener más ingresos que los que percibía de su trabajo en la Revista de Occidente y entonces es cuando el príncipe le pide a Suárez, que estaba recién nombrado director general de Televisión Española, que la coloque.

-Se ha especulado mucho sobre la relación que tuvo con Suárez. Se ha dicho que fueron amantes.

-Es que a Carmen le han buscado amantes en todas las personas que estaban cerca de ella y que se supone que podían ayudarla a escalar profesionalmente. Forma parte de la época, donde no se concibe que una mujer guapa, brillante, con ideas propias, pueda ir escalando posiciones si no es a base de tirarse al personal. Ella decía, y yo me lo creo, que nunca tuvo ninguna relación con un hombre casado. Eso es también consecuencia de su experiencia personal y del desgarro que debió sentir porque su padre había tenido una relación extramatrimonial. Eso la marcó mucho y se impuso a sí misma esa pauta.

-¿Qué papel jugó en la legalización del PCE?

-Ella fue una mosca cojonera que siempre estuvo clamando por su legalización, lo tenía clarísimo y se desesperaba cada vez que veía que los que tenían que impulsarla o dudaban o lo ralentizaban. Era muy vehemente, muy firme, muy constante, muy tenaz, lo que llamaríamos una persona muy coñazo. Insistió todo lo que pudo y más para que el Rey y Suárez no perdieran de vista que había que legalizar al PCE. Pero creo que no fue determinante para que se legalizara, lo que se hubiera hecho en todo caso. Lo que sí es cierto es que contribuyó a disipar dudas, a meter presión a la maquinaria para que no se dilatara el proceso. Fue un quebradero de cabeza en ese asunto para el Rey y Suárez desde el minuto uno.

-¿Qué cualidades vio Suárez en ella para ascenderla y convertirla en una especie de mano derecha?

-Primero, era una persona lista, que tenía un mundo intelectual propio. En segundo lugar, tenía muy buena relación con la oposición clandestina. En tercero, hablaba cinco idiomas y tenía también muy buenas relaciones con la prensa internacional. Y, por último, para quedar bien y hacer méritos con el Rey, que se la había recomendado.

-¿Por qué la destituyó?

-Porque chocaron por el temperamento de ambos. Carmen era una persona que nunca se callaba lo que pensaba y eso a los poderosos no siempre les gusta. Eso por una parte. Por otra, Carmen había llegado a un acuerdo con Suárez, que era que ellos pondrían en marcha el proceso de las elecciones pero no se presentarían. Cuando Suárez decide montar la UCD y presentarse, Carmen lo considera una traición al pacto que habían suscrito. Entonces Suárez la acaba echando, eso sí después de que las personas que trabajaban en Moncloa echaran mucha mierda sobre ella, la acusaban de filtrar información a la oposición, de ser indiscreta, de contar cosas que no debía.

-¿Por qué hay que leer su novela?

-Porque es una recreación muy rigurosa desde el punto de vista histórico de ese momento tan especial que fue el primer año de la Transición, que se cuenta a través de los ojos y la experiencia de una persona que estuvo en la caldera del poder y que tiene una historia muy poderosa de amor, de desamor, de desesperación, de búsqueda de la muerte y luego de redención.

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