La galaxia... y nosotros que la quisimos tanto

Un 25 de mayo se estrenaba la película que lo cambió todo. Durante años, para todos fue solo «La guerra de las galaxias». Reventó la taquilla, cambió el modelo de distribución, «inventó» el merchandising. Y sobre todo, nos hizo soñar.

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No es más que una película de piratas. De barcos buenos y barcos malos. De nobles marinos y despreciables corsarios actuando en nombre de un imperio criminal. Hay cantinas misteriosas, terrenos por explorar, viajes en nave, villanos malísimos y héroes en construcción. Aunque la historia se traslade del Caribe al espacio y las naves ya no tengan velas, sino motores, y las desvalidas doncellas aquí sean independientes princesas rebeldes.

¿Pero por qué esta historia de aventuras en la que nadie creía se convirtió en una leyenda?

Érase una vez un jovencísimo director que solo había rodado dos películas. Y que después de la prometedora y fresca American Graffiti decidió meterse en camisa de once varas e inventarse un universo que él mismo describió como un cruce entre Buck Rogers, Flash Gordon y El capitán Blood. Mucho tiene que ver el ojo de George Lucas al reclamar los derechos sobre el merchandising y la escasísima visión del estudio 20th Century Fox, que cedió todo alegremente sin saber que acababa de perder la gallina de los huevos de oro. Muñecos, juguetes, cajas de cereales y camisetas permitieron a los más pequeños llevarse a casa toda la magia de la película y perpetuarla más allá de la pantalla, desbordando todas las expectativas. Y cambiaron totalmente el modelo de promoción del cine.

Con el estudio pasando de todo, con el único respaldo de Alan Ladd Jr. en la producción, con los colegas de Lucas (como Brian De Palma) perplejos, y el único entusiasmo de Steven Spielberg, la galaxia imaginada por Lucas arrasó: recaudó más de 411 millones de euros en Estados Unidos, sumando en total casi 700 millones de euros de taquilla en todo el mundo. Se llevó seis óscar, un Globo de oro y un Grammy: la banda sonora de John Williams es uno de los grandes hitos de la historia del cine. A partir de aquel 25 de mayo del 77, nada sería igual. De hecho, el modelo actual de producción en serie de sagas y sagas de películas, de superhéroes, de trilogías, tetralogías y demás familia, que en su momento arrasó con otra forma de hacer cine, debe mucho al éxito de aquella primera Guerra de las Galaxias. George Lucas se dedicó desde entonces sobre todo a producir, a avanzar en efectos especiales, y a poner en marcha una máquina de hacer dinero que vendió en el 2012 a Disney por 3.125 millones de euros. Y si durante 35 años la publicidad de la saga había sido agotadora, en el último lustro Disney ha multiplicado el bombardeo hasta límites insospechados... para que nos hagamos una idea, esta semana ha presentado en España, con Correos, una tirada limitada de sellos conmemorativos de la película. La fuerza, al parecer, está el matasellos.

Y llegó la magia

Pero sería injusto ligar el éxito de la Guerra de las Galaxias al márketing. Porque hay una magia especial en aquella primera película que aún hoy se mantiene, más allá de la nostalgia. Y tiene mucho que ver con los códigos de los clásicos, con una historia que apunta directamente a nuestro espíritu más infantil y lúdico. No hay más que hacer la prueba y, cuarenta años después, disfrutarla con los pequeños de la casa. Lucas crea, además, un puñado de personajes que son ya mitos: no hay malo peor ni más enigmático que Darth Vader, ni canalla mejor que Han Solo, ni héroe más atormentado que Luke, ni maestro más misterioso que Obi-Wan Kenobi, ni heroína más lista que Leia, la mujer que nos educó a todos en otro tipo de rol femenino, independiente, fuerte, que hasta el momento era impensable en una peli de aventuras. Tenemos hasta dos droides inspirados en Kurosawa. Y una banda sonora capaz de trasladarnos a un mundo que ahora reconocemos como propio.

Después vendrían la fantástica El imperio contraataca y El retorno del Jedi. Y 16 años más tarde, Lucas volvería al ruedo con la segunda y cuestionable trilogía. Pero mucho antes, en una galaxia muy, muy lejana, aprendimos a soñar en una sala de cine.

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