Fisuras en lo normal


El regreso, momentáneo y más práctico que trascendental -vaciar armarios, recomponer el espacio, limpiar las manchas de café del mantel-, al hogar de un padre que ya no está, que ha muerto, es solo la excusa de la que se sirve Lara Moreno en Piel de lobo para hacer un refugio de una casa en un pueblo costero del sur de España y colocar en él a dos hermanas, tan distintas, tan normales. En ese cuartel de los veranos de su niñez se resguarda primero Sofía, la mayor de las dos. Lo hace del presente, de un matrimonio hueco, extinto muy a su pesar y del que arrastra sin opción que valga hasta esa orilla del mar al pequeño Leo, fruto de la ya marchita relación. Llegará después para aplacar su duelo -dulce consuelo fraternal- su hermana pequeña Rita, tan fresca y ágil, y no será hasta entonces cuando ambas se verán obligadas no solo a esquivar los efectos secundarios del pasado, sino también a lidiar con ellos. Brotan ahora a chorros, tantos años después, tantas ampollas después. Se abre la puerta que nunca estuvo cerrada. Sale la piedra del zapato entre una escrupulosa rutina de paseos, deseo y sopor. De sandías, sombrillas y cigarrillos. Emerge la verdad entre las grietas de una estructura familiar que no era tan sólida como parecía. Llena de fisuras. Podrida de tanto sucio trapo.

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