Paulina Flores: «Es una suerte que se haya subyugado a la mujer a la vida íntima»

La joven autora chilena se ha convertido en toda una sorpresa literaria con su lilbro de relatos «Qué vergüenza». Ella reflexiona tal y como escribe: con tanta franqueza que incomoda. La mujer no escribe diferente por ser mujer, razona, sino por el contexto en el que ha sido educada. «Es capaz de leer mejor lo personal».

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Sabe mirar y contar lo que ve. También lo que no ve, lo que podría ver y lo que nunca llega a verse. Araña en la superficie, escoge caminos secundarios, se aferra al condicional y nos hace creer que escribir es algo sencillo. Nada más lejos de su realidad. Paulina Flores (Santiago de Chile, 1988) acaba de romper el cascarón con nueve relatos que en España avanzan ya por su tercera edición. No se despertó un día y la inspiración le cayó del cielo. Tampoco fue una niña prodigio de diarios líricos. Hasta la palmada en la espalda hubo sudor, nervio puro y agotamiento. «Sigue habiéndolo», apunta.

-¿Cómo se hace una escritora?

-Yo empecé a escribir tarde, a los 20 años, nunca había pensado en ello como en un oficio. En la universidad conocí a amigos que escribían, me gustaba mucho cómo lo hacían, me parecía muy romántico. Dejaban de ir a clase para quedarse en casa escribiendo, había mucho de disciplina en su trabajo, y así me fui metiendo. Empecé a ir a leer, a escribir mucho, a golpearme la cabeza contra la pared... a esperar.

-Fue complicado.

-Dedicarse a algo que no le importa a nadie más que a ti es complicado, sí. Es muy íntimo.También en términos prácticos, económicos. Se necesita mucho tiempo; dejé de lado mi desarrollo profesional para centrarme en la literatura. Después, me presenté a un concurso, lo gané y ahí fue cuando me pescaron las editoriales. Pero intento no entusiasmarme mucho, prefiero estar concentrada en el próximo libro. Cuando uno tiene que escribir está solo, y es terrible. 

-¿Se sufre escribiendo?

-Yo en general sufro por todo [ríe]. Hasta dormir me cuesta, soy una persona muy afectada, muy «sufriente». Para mí escribir es un proceso extenuante. Soy muy obsesiva, nunca dejo de revisar, de pensar. El otro día leí una entrevista de Richard Ford en la que decía que uno no podía quejarse porque era una decisión. Y me pareció que tenía mucha razón. No es fácil, yo no entiendo la literatura como un don, hay mucho trabajo por debajo, es neurosis, pero de todas formas me hace muy feliz. 

-¿No tiene un escritor que ser «neurótico», «sufrido»?

-Es el cliché, ¡pero yo creo que es real! Yo nunca estoy relajada... Siempre tengo cosas en la cabeza, no soy capaz de poner la mente en blanco. Y trasladar todas esas cosas a gramática es, para mí, dificilísimo. Pero en el fondo es lo que más me gusta hacer. Si uno no sufre, se aburriría. 

-¿De qué va 'Qué vergüenza'?

-De historias cotidianas, de gente como cualquiera, común y corriente; la idea es indagar en ello, pequeñas cosas del día. Creo que uno no toma esas «grandes decisiones» de las que a veces se habla, sino que, día a día, una lección y otra lección van sumando y sumando, y eso trae ciertas consecuencias, que a veces tampoco son importantes, que incluso cuando son cosas importantes puede que no pase nada. De esto habla. 

-Hay mucha tristeza.

-Sí, pero la tristeza no tiene por qué ser algo malo, es un sentimiento. Está eso de que la felicidad es algo bueno y la tristeza es algo malo, pero no tiene por qué ser así: a veces la felicidad es vacua, vacía, no tiene nada y sin embargo en la tristeza, en sufrir algo y levantarse, siempre hay un diálogo. La de mis cuentos nunca es porque sí, no es vacía. La felicidad es un estado que no cambia, es demasiado estático, a pesar de que a veces es muy entretenido mostrar momentos de alegría. Se puede jugar con los dos estados, creo que incluso es más difícil trabajar con la felicidad y pienso que es necesaria, encontrar puntos luminosos. Pero en la calamidad, en los problemas, está la acción y en la acción está la literatura. 

-¿Qué hay de Paulina Flores en todos estos cuentos?

-Lo que yo hago es torcer cierta historia o a veces, cuando me cuentan algo, me invento el resto. Yo soy una persona a la que le gusta mucho cambiar, cuando salgo a una fiesta me arreglo mucho, me maquillo, me gusta disfrazarme... me encanta eso de ‘convertirme’ en otra. Las otras vidas. Y creo que eso está muy presente en la historia. 

-¿Por qué 'Qué vergüenza'?

- Es el título del primer relato, un cuento que escribí en muy poquito tiempo, tres días. Como me ponía muy nerviosa y me frustraba mucho con los concursos literarios, me dije que no podía escribirlo tres meses antes porque me iba a volver loca. Porque iba a empezar a arreglarlo, a desarreglarlo... Así que lo escribí justo antes de que acabase el plazo del Bolaño y lo mandé. Me salió muy natural y el título también salió solo. Y, después, cuando escribí todo el libro, me pareció que podía jugar con la frase. Ahora, con el tiempo, me he dado cuenta además de cómo se relaciona con todos los cuentos, con lo íntimo, con aquello que no queremos contar y que sabemos solo nosotros. Eso que no le contamos a nadie, que, por otra parte, es lo que nos hace fuertes. Esas vergüenzas que no cuentas en el fondo hacen que seas tú mismo; es terrible, pero a la vez es parte de tu supervivencia, de tu fortaleza. Y eso está en el libro, esos personajes que, si bien no tienen grandes alegrías, son fuertes. Yo no los veo derrotados. 

-¿Hay una escritura de mujeres?

-Ser mujer es diferente a ser hombre solo porque te educan de una u otra forma. No creo que solo por ser mujer una vaya a escribir distinto, sino que está relacionado con los valores culturales. Y hoy por hoy creo que es una ventaja. Desde muy niñas, nos contamos historias las unas a las otras, cotilleamos, reflexionamos sobre el amor, escribimos diarios... algo que los chicos no suelen hacer porque no airean tanto sus sentimientos. Y eso es algo que nos beneficia como escritoras, tenemos muchas herramientas más que los hombres. Por esa parte, es una suerte que durante tanto tiempo nos hayan subyugado a la vida íntima para quedarse ellos con la vida pública. Ahora estamos sacando los beneficios de eso. Podemos leer bien esa vida íntima.

Todos estamos igual de tristes

La suya no es una escritura desbocada, no hay artificio ni deliberados golpes de efecto para sostener la atención del lector. Tampoco hay amabilidad ni paños calientes. Como un día de tormenta, eléctrico y estático, Qué vergüenza destempla el cuerpo, activa las alertas. Se pasea encogiendo estómagos por la calma que precede a la tempestad, poco importa que después la tempestad nunca llegue a estallar. Antes de que cada uno de los nueve relatos desenrede su nudo, el lector ya sabe lo que está pasando aunque todavía no sepa que lo sabe. Es en el tramo final de cada historia cuando comprende que ya se la habían contado: que ya la conoce, incluso que ya la ha vivido. Porque la narradora chilena es hábil a la hora de desentrañar lo cotidiano. Lo hace a base de personajes muy de carne y hueso, con más sombras que luces. No hay héroes, no hay comodidad. Planean sobre su propia frustración sin llegar a tomar tierra; se revuelven en una vida que de poder elegir, no hubiesen escogido; fantasean con otras asumiendo un papel que saben en todo momento que no les corresponde. Y recapitulan, localizan el motivo de su sonrojo y cuando parece que, por fin, soltarán lastre, Paulina Flores enciende la luz. La inocencia se ha quedado en el camino y seguimos siendo los mismos.

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