Todos estamos igual de tristes


La suya no es una escritura desbocada, no hay artificio ni deliberados golpes de efecto para sostener la atención del lector. Tampoco hay amabilidad ni paños calientes. Como un día de tormenta, eléctrico y estático, Qué vergüenza destempla el cuerpo, activa las alertas. Se pasea encogiendo estómagos por la calma que precede a la tempestad, poco importa que después la tempestad nunca llegue a estallar. Antes de que cada uno de los nueve relatos desenrede su nudo, el lector ya sabe lo que está pasando aunque todavía no sepa que lo sabe. Es en el tramo final de cada historia cuando comprende que ya se la habían contado: que ya la conoce, incluso que ya la ha vivido. Porque la narradora chilena es hábil a la hora de desentrañar lo cotidiano. Lo hace a base de personajes muy de carne y hueso, con más sombras que luces. No hay héroes, no hay comodidad. Planean sobre su propia frustración sin llegar a tomar tierra; se revuelven en una vida que de poder elegir, no hubiesen escogido; fantasean con otras asumiendo un papel que saben en todo momento que no les corresponde. Y recapitulan, localizan el motivo de su sonrojo y cuando parece que, por fin, soltarán lastre, Paulina Flores enciende la luz. La inocencia se ha quedado en el camino y seguimos siendo los mismos.

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Todos estamos igual de tristes