Un puñetazo a la corrección política

Pseudónimo del psiquiatra británico Anthony Daniels, Theodore Dalrymple reflexiona en «Sentimentalismo tóxico» sobre la desaparición del razonamiento frente a las emociones en la esfera social y sus nefastas consecuencias


Hay libros que nos obligan a pensar, a replantearnos en serio juicios (y prejuicios) tenidos en general por evidentes y a desechar opiniones respetables que lo son solo porque nadie se ha atrevido a discutirlas. El que ha escrito Theodore Dalrymple, pseudónimo bajo el que se oculta el escritor y psiquiatra británico Anthony Daniels, es sin duda uno de ellos y constituye, por tal razón, una obra muy recomendable, pese a que el lector encontrará en sus páginas consideraciones que pueden llegar a parecerle escandalosas. Quien firma esta reseña no concuerda, de hecho, con muchas de las que se incluyen en Sentimentalismo tóxico, lo que no le impide considerar que Dalrymple-Daniels ofrece una reflexión honesta, valiente y original, presentada por medio de un relato muy entretenido y con una prosa fluida y excelente.

El subtítulo con el que presenta la obra Alianza Editorial (De cómo el culto a la emoción pública esta corroyendo nuestra sociedad) resulta indicativo de la tesis central que sostiene Daniels: que «el sentimentalismo es la expresión de las emociones sin juicio. Quizás es incluso peor que eso: es la expresión de las emociones sin darnos cuenta de que el juicio debe formar parte de nuestra reacción frente a lo que vemos y oímos. Es la manifestación de un deseo de derogar una condición existencial de la vida humana, a saber, la necesidad ineludible y perenne de emitir un juicio». A partir de tal afirmación, el problema del sentimentalismo no es tanto su traducción en las relaciones personales -en las que resulta inevitable-, sino su influencia en las políticas públicas, influencia que el autor estima profundamente negativa: «Es poco probable que se consiga nada bueno permitiendo al sentimentalismo desbordarse hacia la esfera de las políticas públicas».

Y es para demostrarlo para lo que el autor de Sentimentalismo tóxico escribe un libro cuyo hilo conductor consiste en analizar, con una encomiable libertad frente a la corrección política dominante, los efectos profundamente negativos que la desaparición del razonamiento frente a las emociones provoca en toda una serie de ámbitos sociales: en la esfera educativa («La idea de que la instrucción y el conocimiento son hostiles al genio natural inherente a todos nosotros ha llegado a los sitios más insospechados»); en las relaciones familiares («Los padres de los niños a los que nunca se les ha negado nada se asombran de que estos se vuelvan egoístas, exigentes e intolerantes ante cualquier pequeña frustración») que, además de provocar una transferencia de la autoridad moral del adulto al niño, se proyectan en la vida pública, pues tal tipo de educación tiende a difuminar los límites entre lo permitido y lo no permitido y a convertir en axioma el principio de que «siento rabia, por tanto, tengo razón»; en el ámbito de la justicia, donde Daniels fustiga la filosofía que late tras las llamadas «declaraciones de impacto familiar» que rigen en los procesos penales británicos; en el del culto acrítico a las víctimas, que por, el simple hecho de serlo, quedan liberadas socialmente de toda responsabilidad y legitimadas para determinar las políticas públicas que puedan afectar a las causas que provocan su aflicción; o, en fin, en la esfera de la lucha contra las desigualdades, donde el sentimentalismo provoca que lo decisivo acabe siendo la intención de quien afirma combatirlas y no la eficacia real y contrastable de las políticas que se impulsan con tal finalidad.

Los efectos del sentimentalismo en la esfera pública, que están mucho más de actualidad de lo que pudiera parecer (piénsese en la situación de los desahucios en España o en la ola inmigratoria que vive Europa) son, para Daniels, indudables, pues el sentimentalismo permite a los gobiernos hacer concesiones sociales en lugar de afrontar los problemas de una forma racional, si esta resulta impopular o controvertida. Además, cuando el sentimentalismo «se convierte en un fenómeno de masas, se vuelve agresivamente manipulador», pues exige que lo asuma todo el mundo, expulsando del círculo de los virtuosos a los que, echando mano de la racionalidad, se niegan a compartirlo. Pero no es esto lo peor: lo verdaderamente tóxico del sentimentalismo es que «distorsiona nuestras percepciones y obstruye el pensamiento racional y la compresión». El sentimentalismo que analiza el doctor Daniels afecta en fin, de una manera decisiva a la dialéctica entre juicio y sentimiento, entre Sense and sensibility, por decirlo echando mano del título de la célebre y maravillosa novela de Jane Austen.

Sentimentalismo tóxico. Ensayo. Theodore Dalrymple. Traducción de Dimitri Fernández Bobrovski. Alianza Editorial. 208 páginas. 20 euros

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