Una maestra del estilo limpio que sondeó la hondura humana

Natalia Ginzburg, de quien se conmemoró ayer su centenario, afianza su ascendencia literaria a través de reediciones y el redescubrimiento de su obra, que resuena verdadera y necesaria en un contexto en el que los escritos memorialísticos y la llamada autoficción experimentan un gran auge


Nietzsche criticó a aquellos autores que enturbiaban las aguas porque pensaban que así las hacían parecer más profundas. La escritura de Natalia Ginzburg, por el contrario, era siempre clara: en ella podría haber vivido para siempre aquel pez que se encontró un día Ánxel Fole en una fuente de O Incio, y que los vecinos habían acomodado en su agua como prueba de su salubridad. Su prosa limpia fluía sin atrancos aparentes, segura de sí misma en su incontestable naturalidad, como si a aquellas situaciones que narraba y a aquellas personas que describía no cupiese referirse de otro modo. Era la suya una sencillez engañosa, por supuesto, resultado de una decidida visión de estilo, un proceso de depuración de años y la habilidad para sugerir, evocar, retratar a través del detalle las complejidades de la convivencia.

«É unha escritora que capta moi ben as relacións humanas, nun momento, nunha situación, bastante específicos», describe Marilar Aleixandre, quien también destaca la sutileza que envuelve la prosa de Ginzburg, carente de «discursos de moralina». La italiana, de quien ayer se cumplió su centenario, es autora de cabecera para no pocos escritores. Ignacio Martínez de Pisón la descubrió a través de Léxico familiar y no duda en calificarse de «adicto» a su obra, que en líneas generales bebe de ese libro epifánico para él. «Su literatura era muy cercana a la vida y a ambos se mantuvo fiel hasta el final, a la literatura y a la vida». Léxico familiar, como su título sugiere, es un recuento -en el prólogo Ginzburg advierte de que solo escribe de aquello que recuerda- de su infancia, primera juventud y los años de la Segunda Guerra Mundial, en los que perdió a su primer marido, Leone Ginzburg, torturado a manos de los nazis. Las expresiones cómplices en una familia, ese peculiar ideolecto que identifica y ata, es el hilo conductor de sus pasajes. «En los libros de Natalia Ginzburg, y en especial en su Léxico familiar, aprendí que la lengua de la casa es un dialecto íntimo del corazón, una lengua única dentro del más vasto territorio de la lengua, y un dialecto, sin embargo, comprensible para los que hablan el idioma estándar», analiza el colombiano Héctor Abad Faciolince. La lectura de Léxico familiar fue para él determinante a la hora de escribir El olvido que seremos, un homenaje a su padre, médico humanista asesinado por paramilitares.

Sutileza

A Marilar Aleixandre le gusta especialmente Le voci della sera, al que ella se refiere como As voces do serán. Lo que le maravilla de cómo Ginzburg narra esta historia se da a entender de forma implícita como muchas de las decisiones que toman los personajes lo hacen en función de lo que piensan los demás, «algo moi difícil de retratar con palabras e dun xeito tan sutil». La escritora también destaca la «análise moi aguda da situación das mulleres», en consonancia con la posición de una persona «comprometida coa súa realidade social».

Hija de un librepensador ateo, Ginzburg siempre se relacionó con los círculos de izquierdas y antifascistas. Muchos de ellos gravitaban en torno a la editorial turinesa Einaudi, que Leone había cofundado, y donde Natalia trabajó -entre otros cometidos, tradujo a autores como Flaubert o Proust, este último, una gran influencia en su obra- varios años y trató al que sería su gran amigo Cesare Pavese. En Léxico familiar, con la contención emocional que caracteriza el libro, narra el suicidio del escritor italiano. Su posición ideológica se concretó, en los años finales de su vida, en su participación activa en la política -como independiente del Partido Comunista-, a pesar de que era un ambiente, el político, que no le gustaba. Para entonces ya había escrito sus títulos más significativos: Familias, Sagitario, Las pequeñas virtudes... y un buen número de obras de teatro, género en el que aquí aún está poco representada. También había empezado una relación con el cine, un medio al que siempre prestó atención a través de las numerosas críticas que dejó escritas, y que la adaptó: Mario Monicelli llevó Querido Miguel a la gran pantalla en 1976, pero también se han filmado versiones recientes de otros libros suyos, como la realizó Salvador García Ruiz hace unos años bajo el título de Las voces de la noche.

Ahora que se cumple su centenario, además de los veinticinco años de su fallecimiento, en octubre de 1991, parece que su ascendencia literaria no ha dejado de crecer, primero a través de las nuevas ediciones de sus libros, pero también porque en el auge de la escritura memorialística o la llamada autoficción, sus páginas siempre ofrecen un modelo sobre cómo escribir acerca de la familia. «Fue uno de sus grandes temas literarios», confirma Martínez de Pisón. «En ella encontró inspiración para muchas de sus páginas mejores, y también le dedicó algunas de sus observaciones más certeras. Incluso cuando podrías tener la impresión de que hablaba de otro asunto, en realidad lo abordaba, pero desde otra perspectiva», explica el escritor, quien pone un ejemplo: «Le ocurrió con su último libro, Serena Cruz o la verdadera justicia, la historia de una niña filipina a la que primero la miseria de su país natal y luego las leyes del que la acoge despojaron precisamente de familia».

Naturalidad

Ginzburg, en cambio, abordaba su obra con la misma naturalidad que había convertido en su estilo. En una entrevista a la periodista uruguaya María Esther Gilio declaró: «Yo, en mis libros, no hablo jamás de psicología, no comento psicológicamente mis personajes. No muestro los mecanismos internos que explican sus conductas. Jamás describiría hechos de la infancia buscando explicar conductas de hoy. Prefiero que se los vea vivir». Ese reto argumental y estilístico al que aludía Marilar Aleixandre.

Héctor Abad cree que Ginzburg enseña que «la sencillez y la dulzura no son sinónimos de superficialidad. Todo lo contrario: son la última etapa de la hondura humana».

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