Ozick, contra la dictadura del gusto

Sin predicar el elitismo, la autora neoyorquina cuestiona a quienes, como Susan Sontag, trataron de imponer la dictadura del gusto y situaron al ras la cultura popular y el gran arte, como si todas las asimilaciones fuesen válidas


Pese a que va camino de los 90 años, Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) conserva su mirada y su talante de niña. No ha dejado de escribir ni de observar las cosas de la literatura con la misma fascinación de sus comienzos, una actitud que tiene mucho de moral y que está construida sobre la memoria propia y familiar, el pasado judío europeo, el holocausto, su melancolía de apátrida americana, sus lecturas y, por supuesto, su Henry James. Ese caleidoscópico filtrado en el tamiz de una extraordinaria sensibilidad es la raíz del ensayismo que practica, lúcido y personalísimo, y del que la antología Metáfora y memoria (Mardulce Editora) representa una magnífica muestra. Habitual candidata al premio Nobel, su obra, sin embargo, apenas comienza ahora a penetrar tímidamente entre los lectores en castellano, que agradecerán una guía como la de Ozick en el proceloso océano de las letras y de la creación en general. Sin predicar el elitismo, la autora neoyorquina cuestiona a quienes, como Susan Sontag, trataron de imponer la dictadura del gusto y situaron al ras la cultura popular y el gran arte, como si todas las asimilaciones fuesen válidas, como si, «ya evaporada la vieja eternidad», fuese lo mismo Nietzsche que Patti Smith. También, y más allá de sus polémicas con Norman Mailer o Truman Capote, es muy hermosa y esclarecedora la defensa que hace Ozick de la validez de la novela entendida de forma, digamos, clásica.

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Cynthia Ozick. Traducción de Ernesto Montequin. Mardulce Editora. 429 páginas. 22 euros

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