¿Por qué el gran cine no llega a las salas comerciales?

Títulos esenciales de la cosecha del 2015 como «Francofonía», «Desde allá», «Las mil y una noches» o «Tres recuerdos de mi juventud» se estrenan con un año de retraso y solo en salas alternativas


Esto no quiere ser un texto destinado a públicos exquisitos, elitistas. Ni a estetas del postureo cultural. Trato de un estado de las cosas que mantiene al margen del circuito comercial mayoritario -sí, el de las áreas comerciales, los combos de palomitas y toda la panoplia; no podemos dar por perdido a ese público, que es en torno al 90% del que pasa por taquilla- a esas películas que han nacido en los festivales internacionales y ahí se han revelado como el cine más sensible, emotivo, eminente, el más próximo a los latidos del espectador de mirada abierta.

No demos por sentado que el público adulto solo demanda nuevos retruécanos de superhéroes de la Marvel o folletines con actores españoles incubados en la sobremesa televisiva. Ya sé que hay incrustado en eso que se llama la crítica cinematográfica mucho apóstol de la caverna, demagogos del tres al cuarto que tratan de convencerles a ustedes de que el gremio de los analistas del cine está repleto de embaucadores, de impostados voceros del esnobismo que glorifican en Cannes, Venecia o Berlín unas películas en verdad insoportables, narcóticas, pura filfa pseudo-intelectual. Y me consta que esos embravecidos populistas jalean los peores instintos del cine de consumo. Les dicen que es normal que ustedes solo vibren con el Capitán América vs Freddy Krugger, con el cine más lerdo del Hollywood actual, tan alejado del gran cine norteamericano, que vivió su apocalipsis en la penúltima década del siglo pasado.

Es complejo combatir ese discurso regurgitado porque nada a favor de corriente, de la mercadotecnia. Y acaricia los oídos. Habría que comenzar por esclarecer que el cine de los otrora llamados grandes estudios genera cada año, a lo sumo, media docena de obras estimables -por ejemplo, en el 2015 está la soberbia Carol, la euforizante Spotlight, el sleeper 10 Cloverfield Lane o el irregular pero siempre estimulante Tarantino de Los odiosos ocho- y el resto es un magma del que habría que alejarse para atender a la riqueza de matices, de densidades, de intensas pulsiones, que habita en ese otro cine que se produce en latitudes alejadas del pop-corn. Es un hecho que las posibilidades de acceso del espectador a este cine producido en Francia, Rusia, Portugal, Italia, Corea del Sur, México o Australia son un mar de escollos. Cabe la vía de los festivales que se celebran cada año en España. Y es rara la comunidad autónoma que no alberga uno de ellos. O luego, muchas veces, con un año de retraso, y con suerte, la posibilidad de que esa película imprescindible de la temporada acabe por tener distribución y se exhiba en una sala alternativa de las que hay solo en algunas ciudades.

El panorama relatado lo expresa de modo bien gráfico la cartelera de estrenos de este mes. Por estos días tienen su aterrizaje en salas comerciales Tres recuerdos de mi juventud y As Mil e Uma Noites. Ambas supusieron los mayores acontecimientos artísticos de Cannes 2015. La primera, nuevo escalón, ya en la cima, del francés Arnaud Desplechin, es una deflagración del cine que araña las heridas nunca cicatrizadas del amor inconcluso. Película áurea, de las que remueve y modifica estados de ánimo vitales, se pudo ver en España en el Festival de San Sebastián y en Cineuropa. Y más de un año después obtiene su visa para exhibición comercial pero, atención, solo en salas de versión original. Porque se entiende que es cine nacido para ser discriminado, enviado al getto, inasumible para el público mayoritario. No he escuchado demasiadas veces cuestionar ese paternalismo deleznable que lleva al circuito de exhibición de las cadenas de multisalas a decidir por el espectador mayoritario cuáles son las películas que está capacitado para entender. Para mí es un placaje cerril y reaccionario. Impide que el público sea soberano para decidir si le tocan la fibra las historias de desamor desangrado de Tres recuerdos de mi juventud; o la manera en la que el portugués Miguel Gomes plantea su órdago a la Europa del austericidio desde la mirada irredenta de su Portugal de As Mil e Uma Noites. Hay más: este mes se estrenan también dos de las películas que agitaron la pasada edición de la Mostra de Venecia. El rescate para salas comerciales de Francofonía, del ruso Aleksander Sokurov, y de Desde allá, con la que el venezolano Lorenzo Vigas ganó el León de Oro en el Lido, se va a limitar al circuito alternativo. Pensarán los dueños del mercado que una obra como la de Sokurov, que a partir de la historia reciente del Museo del Louvre se plantea reflexiones sobre Europa y su porvenir, sobre el valor de la cultura en Francia, sobre el bonapartismo original o el de la Merkel, sobre el alma o la mafia rusa, todo ello con un despliegue de links y de guiños humorísticos o filosóficos de alto voltaje, tiene poco que hacer al lado del Capitán América y sus cuñados. Igualmente, estos prebostes del dumping cultural, que mandan sobre lo que usted puede o no ver en su ciudad, decidirán que una película como Desde allá, que fue considerada la mejor, entre veinte competidoras, en Venecia, nada tiene de interés en su despliegue de un pulso fascinante y sobrecogedor entre la pulsión homoerótica de Pasolini, la que creía en el hombre bueno, rousseauniano en su primitivismo de arrabal, y la del colombiano Fernando Vallejo, que es puro nihilismo poblado de ángeles del mal o, ni eso, de asesinos de la nada a puro fierro.

No seamos «giles». Todos los espectadores que sumen las películas de Arnaud Desplechin, Miguel Gomes, Aleksander Sokurov o Lorenzo Vigas no alcanzarán la pantorrilla del Capitán América. Pero su no irrelevante acto presencial en salas minúsculas valdrá para atestiguar que, frente a los insultos y a las negaciones de los apóstoles del cine retardatario y embrutecido, sí es verdad que, cada año, brotan, en las pantallas del mundo, esquejes de películas libres, intensas, provocadoras, apasionadas, virulentas, finalmente indóciles.

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