Cannes y la rosa púrpura de Isabelle Huppert

En la nube del festival recién clausurado pervivirán momentos de carcajada rugiente como el que nos legó el ojo canibalizado en el banquete de top-models de «The Neon Demon»

«The Neon Demon»
«The Neon Demon»

Cenábamos un grupo de amigos con Albert Serra, la noche previa al pase de La mort de Louis XIV, en la terraza de La Brouette de Grand Mère, en la Rue d?Oran. No hace falta desplazarse a alguna de las fiestas exclusivas de Antibes o del Super-Cannes acuartelado para que el acontecimiento fuera de la pantalla te asalte durante el festival en el lugar menos previsible. Primero apareció un perro extraño, enorme, como de diseño. Y se aposentó junto a una esquina de la mesa, con todo el aspecto sabio y calmo del que sabe que, si espera, terminará catando un bocado de boeuf al vino de Alsacia. No existen perros así en la vida real. Y, en efecto, aquel no era un animal cualquiera, sino un cánido actor de una película coreana de autor. Porque al poco comenzaron a instalarse en la terraza del restaurante de al lado todo un grupo nutrido de filmación made in Corea. Alguien en nuestra mesa comentó haber leído que Hong Sang-soo estaría rodando durante el festival una película en Cannes. Y, tal cual, pronto uno de los más avisados se fijó en que el regista llevaba la inconfundible chapela del director que siempre habla de cine dentro del cine, de historias sobre críticos o autores que visitan un festival y se enamoran tres veces en una noche. Era, en efecto, el responsable de Ahora sí, antes no, que se estrenó en España estos días. También se había dicho que Hong-Sang-soo estaría rodando con Isabelle Huppert quien, a su vez, presentaba en la Croisette Elle, de Paul Verhoeven. Et, voilà, apareció Huppert, enfundada en un vestido blanco y soportando una noche que tonteaba con la lluvia. Así, vimos hasta cinco tomas de la actriz, llegando de la distancia y entrando en el restaurante. Un auxiliar de producción coreano nos rogaba silencio pero alguna conversación en castellano o catalán tuvo que filtrarse en el soundtrack si es que utilizaron sonido directo.

Unos minutos antes, por delante de nuestra mesa habían pasado Carlos Boyero y Oti Rodríguez Marchante, críticos de diarios madrileños. Si Boyero llega a enterarse de que estuvo a segundos de entrar en el gran angular de una película coreana, de esas de las que se jacta de no entender nada -como si entenderla nos hiciese más tontos- hubiese apurado el paso aún más de lo que lo hizo cuando vio a Albert Serra en la mesa de La Brouette. Y si alguien hubiese indicado a Hong-Sang-soo que tan solo unos metros a su derecha tenía a un cineasta catalán de vanguardia, a quien Cannes adora, y al crítico más representativo de la caverna, que detesta casi a su sombra, tal vez no se hubiera resistido a filmar uno de esos tranches de vie de festival que son el solomillo de su cine. Quién sabe. A ver si alguien se hubiese atrevido a hacer pasar más frío a Isabelle Huppert, que afrontaba con profesionalidad inatacable las inclemencias de la noche. Para que encima le colasen en un plano a Boyero.

Cannes es, en efecto, meta-ficción en estado puro. Cada uno y todos los extras que suben las escaleras del Palais du Festival van conformando una película paralela a las que ven. Y ese filme coral que ha sido Cannes 2016 reúne aditamentos de todos los géneros. Hay psicodramas familiares, como el que persigue a Woody Allen, con las acusaciones por abusos, cada vez que se mueve de New York (con razón afirma que su curiosidad de turista es nula y que detesta viajar). También existen fantasmas de la ópera en la era del whatsapp, como el que le valió tantos abucheos a Olivier Assayas y a Kristen Stewart, aunque su Personal Shopper se hiciese luego con el premio a la mejor dirección. Si algo sobran en Cannes en esos once días son personal shoppers. Se aconseja comprar y vender no ya nuevos looks o estrategias de comunicación diseñadas en el Majestic o en el Martinez, sino almas, así enteras, al peso, a cambio de un mordisco a la gloria de la Palma o de una carrera internacional para una película que ridiculiza de modo grosero a Pablo Neruda u otra en la que Almodóvar habla del festival de música sacra de Fez.

Por la meta-ficción de Cannes pululan en esos once días no solo espectros como el de Nicolas Cage, que se vino con Dog Eat Dog, una proteica gamberrada de Paul Schrader. O como los miasmas de los Panama papers, que siguieron hasta aquí a Almodóvar, cuya película no gustó nada en el festival pero ya hizo caja en su primer fin de semana de estreno en Francia. También se producen resurrecciones en este Cannes virtual: la de Sonia Braga, a la que hacíamos confinada ad eternum en culebrones de Globo TV y, de pronto, surge renacida en Aquarius, la película de Kleber Mendonça Filho por la que todos le daban el premio de interpretación a ojos cerrados, hasta que llegó la madre-camello filipina de la película de Brillante Mendoza para asestarnos un puñetazo de realidad. Eso mismo debió de pensar el jurado presidido por George Miller cuando tuvo la ocurrencia retardataria de entregar la Palma de Oro, o de sílex, a Ken Loach. Pensarán todavía que el paleo-obrerismo mal momificado de Loach es una golpiza de cinéma-vérité, cuando el mundo es ya otra cosa bien distinta. Ken Loach no sabe quiénes son Donald Trump, Marine Le Pen, el TTIP o el ISIS. Sus películas tampoco y así son de malas y de alejadas de su tiempo. Reaccionarias.

En el meta-Cannes donde pululamos los zombies que bajamos Le Suquet a las 7.30 a.m. también hay esperpentos: contribuyen mucho a animar los bajones de sueño que no superas ni con un ristretto intensidad 14, ni los de energía que no arregla un mini choripán de la fiesta del pabellón argentino. Este 2016 tuvo dos cimas de gran carcajada, de ridículo rugiente: uno de ellos lo protagonizó ese momento de The Neon Demon (en la foto), en el cual una de las tres top-model que han canibalizado, por envidia de su belleza, a una aspirante, regurgita un ojo de la devorada, así, como una aceitunilla altiva. Qué gozada. El otro, insuperable, son las dos horas de fiesta de la risa non-stop que Sean Penn propone en su oda a Médicos Sin Fronteras de The Last Face. De entre ellas, la historia de amor entre Charlize Theron y Javier Bardem tiene muchas papeletas para pervivir en la nube de Cannes. Volveremos en mayo del año próximo y todavía estarán ahí arriba, acariciándonos, las dudas de Theron sobre si Bardem es o no «un play-boy». Y la definición tan poética del personaje idealista que encarna el español, y que Sean Penn traza como «un huérfano de la transición». ¡Olé!

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