Filosofía al servicio de la inteligencia de la vida

FUGAS

Juan Arnau articula buena parte de su ensayo en torno a los pensadores William James (en la foto), Henri Bergson y Alfred North Whitehead
Juan Arnau articula buena parte de su ensayo en torno a los pensadores William James (en la foto), Henri Bergson y Alfred North Whitehead

El pensador valenciano Juan Arnau devuelve la filosofía a la vida por una vía de «empatía, creatividad y atención» en un intento de liberarla de los excesos del determinismo al que la condujo la tiranía de la biología
y las matemáticas

06 may 2016 . Actualizado a las 06:18 h.

La filosofía -y quizá todas las humanidades- es una disciplina en franco retroceso en esta sociedad globalizada, la del imperio del exceso de información. Las autoridades acompasan los currículos educativos a la velocidad de crucero y el abundante ruido del siglo XXI, en vez de ajustar el inestable tiempo digitalizado al sosiego que requiere todo proceso formativo. En medio de este permanente zumbido sísmico, hay algunos locos que tratan de «bajar el cuero al pasto», que diría Alfredo di Stéfano, para serenar el juego, aunque ello exija dejar la pelota a un lado y pararse en la contemplación de un árbol o un pájaro -o simplemente, ponerse a caminar-. Uno de ellos es Juan Arnau (1968), astrofísico y doctor en filosofía sánscrita, que busca devolver la filosofía a la vida por una vía de «empatía, creatividad y atención» que corrija los abusos del pasado siglo europeo que entregaron este campo del asombro y el saber «a las filosofías del lamento (existencialistas) y las filosofías del lenguaje (analíticas)».

Tomando como guía las obras y las biografías de pensadores periféricos [¿o centrales?] como William James, Henri Bergson y Alfred North Whitehead, que trabajaron entre los siglos XIX y XX, el profesor valenciano indaga en La invención de la libertad (Atalanta, 2016) los resbaladizos fundamentos de esa libertad para hacer tambalear los marcos del arrollador y despótico minifundio que es hoy el determinismo, que parece explicar todo en función de la biología y la evolución, puro y ciego darwinismo. No todo -ni siquiera en la ciencia- debe dejarse al designio de las leyes de las matemáticas y la física, advierte. Sin por ello desdeñar la ciencia, Arnau trufa su exposición del espíritu que brota de sus estudios sobre las culturas orientales -el budismo, sobre todo- y también de un cierto sentido poético que se desprende de su talento para narrar: la construcción del relato no tiene poco peso aquí en la verdad que emana de lo relatado. Él mismo pone de relieve la importancia de la percepción y los sentidos como herramientas para vertebrar la realidad, no únicamente para comprenderla y más allá de la mera química de las conexiones neuronales y la interacción de la materia.

En su defensa de la conciencia y la voluntad, Arnau cuestiona el sólido edificio que se levantó sobre las tesis de Galileo -y que perfeccionaron Newton, Kant y Darwin- con una arquitectura orillada e intuitiva que vuelve sobre aquella idea de Platón del «universo como organismo», como ser viviente con alma e inteligencia, que rescata el matemático irlandés George Berkeley, antecedente en buena medida de los tres pensadores que articulan este ensayo y con una propuesta idealista y mental que podría parecer inspirada por el budismo. La libertad, sostiene Arnau, no es tanto la satisfacción del deseo como la búsqueda, no es tanto saciar los sueños como el distanciarse de ellos para llegar a la relativización de los tan cacareados valores de la tecnocracia, el espectáculo y la economía.