Instrucciones contra los enemigos de los libros


Si William Blades, exquisito impresor y bibliófilo británico del siglo XIX, hubiese vivido en nuestro tiempo, ciertamente habría incluido la historia del robo del Códice Calixtino y su posterior recuperación en un trastero de O Milladoiro entre las páginas de su fascinante inventario Los enemigos de los libros.

Este delicioso texto, que ahora recupera para el lector español el sello Fórcola con traducción de Amelia Pérez de Villar, ofrece un extraordinario alegato contra «la bibliocastia, la ignorancia y otras bibliopatías». En esta prolija relación de destrucciones no aparecen todavía las sofisticadas formas que ese odio ancestral ha adoptado en nuestros tiempos y que ni siquiera el previsor Blades podría haber anticipado. No figuran aún ciertos ministros de Cultura, ni algunos editores más preocupados por la subvención que por la distribución de sus propios títulos, ni una crítica oficialoide más atenta a los intereses de su conglomerado empresarial que a la verdadera introspección en las novedades literarias. Ni, por supuesto, tampoco asoman aquí los iluminados que ya jalean el fin del libro impreso en medio del aquelarre tecnológico.

Nada de eso pudo soñar Blades, que sin embargo ya nos advertía en 1880 de que nos defendiésemos de los que consideraba los grandes bibliópatas: «El fuego, el agua, el gas y el calor, el polvo y el abandono, la ignorancia y el fanatismo, la polilla de los libros y otras plagas, los encuadernadores, los coleccionistas y los niños y criados».

Podrá el lector coincidir o no con algunos de los capítulos que dedica Blades a catalogar a los odiadores y aniquiladores de las letras -la inclusión del servicio doméstico se antoja un toque de clasismo demasiado victoriano para nuestro paladar actual-, pero sí habrá que reconocer que supo ver ya entonces (mucho antes del nazismo y el estalinismo) que los mayores enemigos del libro siempre han sido, son y serán la ignorancia y el fanatismo. 

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