Julián Marías y el cine


 Julián Marías (1914-2005) es una de las mayores inteligencias del siglo XX español. Escritor y filósofo de estirpe orteguiana, jamás acabó de encajar en ninguno de esos dos bandos que a modo de insalvables trincheras se construyen en España para dividir cualquier sector de la sociedad y muy especialmente los ámbitos en los que trabajó Marías: la literatura, la universidad y el periodismo. No era sectario y eso se paga en un país en el que las banderas que se enarbolan casi siempre son a la contra. Y él, como su maestro Ortega, insistía en que uno no puede definirse como anti, sino siempre de forma positiva.

Pero, por supuesto, nos queda su obra, que hay que reivindicar, leer y releer sin esperar a que desde las instituciones, siempre cicateras con las mentes brillantes, se reconstruyan una figura y una bibliografía tan necesarias para comprendernos a nosotros mismos. Ahí están su Historia de la filosofía, su Antropología metafísica, su Biografía de la filosofía o su Breve tratado de la ilusión. Y también sus valiosísimos trabajos periodísticos en cabeceras como Abc, El Noticiero Universal o La Nación de Buenos Aires, textos donde llevó al papel la teoría de que la claridad es la cortesía del pensador.

En esa labor crucial de articulista sobresale su faceta como crítico de cine en las páginas de La Gaceta Ilustrada y Blanco y Negro, aunque él matizaba que más que crítico en el sentido tradicional era un «espectador fiel y entusiasta». El sello Fórcola reivindica ahora este aspecto menos conocido de su obra con la publicación de Julián Marías, crítico de cine. El filósofo enamorado de Greta Garbo, donde el escritor y periodista Alfonso Basallo revisa los artículos de Marías sobre películas tan diversas como Sed de mal, El hombre que mató a Liberty Valance, Desayuno con diamantes, La reina de África, El padrino, Tiburón, Amarcord, La guerra de las galaxias, Cinema Paradiso, E. T., Muerte entre las flores, Pulp Fiction o Ed Wood. Una filmografía que habla por sí sola de la insaciable curiosidad de este cinéfilo empedernido. Porque, como bien sabían Ortega y Marías, ver es pensar con los ojos.

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