«Siempre hay una historia que tengo que escribir, llevo así quince años»

FUGAS

Es uno de los escritores israelíes más destacados. Eshkol Nevo (Jerusalén, 1971) logró un gran éxito de ventas con «La simetría de los deseos» y ahora publica en España «Los amores solitarios», una novela divertida y conmovedora que transcurre en una ciudad imaginaria israelí llamada La ciudad de los justos, a la que llegan unos emigrantes rusos. Nevo estudió psicología y trabajó en publicidad hasta que lo dejó todo para dedicarse a la literatura. Dirige un taller de escritura

15 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Nieto de Levi Eshkol, primer ministro de Israel entre 1963 y 1969, Eshkol Nevo es uno de los autores israelíes más importantes, en la senda que marcaron Amos Oz, David Grossman o A.B. Yehoshua. 

-¿Cómo surgió la idea de esta novela?

-Estaba pasando un tiempo en un barrio de emigrantes rusos, en el piso que tenía mi padre. Un día vi que estaban construyendo un edificio en una zona pública y me pregunté qué iban a hacer, una biblioteca, un conservatorio o quizá un club de ajedrez. Al cabo de nueve meses volví y vi que el edificio estaba terminado y era un micvé, un baño ortodoxo para las mujeres que tienen que bañarse después de la regla para purificarse y estar listas para tener relaciones sexuales con sus maridos. Me resultó de lo más cómico porque los emigrantes rusos no son religiosos y los de ese barrio son viejitos, así que la idea de mujeres con la regla que se tienen que purificar no tenía ni pies ni cabeza. A partir de ahí, decidí inventarme la historia, que explicara la corrupción que había llevado a esa decisión tan absurda. 

-Retoma el tema del amor que estaba en «La simetría de los deseos».

-No soy yo quien vuelve al tema del amor, la vida versa sobre el amor, al fin y al cabo. En mi libro siguiente me podría hacer la misma pregunta. 

-Al final del libro habla de un fenómeno llamado «Lost solos», pájaros solitarios que abandonan la bandada.

-El título en hebreo es El último micvé en Siberia. Lost solos es el título en inglés, pero es una metáfora principal del libro. Los lost solos es un fenómeno que me inventé, pero una vez se publicó el libro recibí muchas llamadas de ornitólogos que me confirmaron que eso podía pasar, que de repente un ave pierde la bandada y acaba en un lugar donde no tenía que estar, y esto es lo que les pasa a los personajes de mi novela, que no pertenecen a nada, ni a la familia ni al país ni al barrio. Intentan ser parte de algo pero son rechazados. Todos son lost solos y por eso tienen esa necesidad de amor. 

-Una de las últimas frases del libro dice: «El mayor de los milagros ocurre cuando dos personas se encuentran en el momento apropiado y se transforman en un lugar, un lugar real, cada uno para el otro».

-Le voy a contar una historia increíble sobre esta frase. Las invitaciones de boda en Israel incluyen estas líneas y también se leen en los funerales. Para mí son cuatro líneas importantísimas. Tenía la sensación de que al libro le faltaba algo, un final, y cuando encontré esta frase me sentí aliviado porque establece una comparación entre los milagros religiosos y los milagros laicos. Yo les di libertad a los personajes para que dijeran lo que quisieran durante 250 páginas y es al final cuando yo digo lo que creo. Esas cuatro líneas son mi religión.

-Usted estudió psicología  y trabajó en publicidad. ¿Por qué abandonó estas profesiones para dedicarse a escribir?

-Me sentía como un lost solo en la publicidad, no formaba parte de nada, era un medio de ganar dinero. También me habría sentido así en la psicología, porque lo que pretende es definir constantemente y yo creo que no hay nada definitivo en lo que respecta al ser humano. Lo que pasó realmente es que comencé a escribir, y tenía que terminar la historia y para eso necesitaba trabajar menos, y me echaron. Llevo 15 años así. Siempre hay una historia que tengo que escribir.

-En la novela aparece su abuelo.

-En esa escena, el primer ministro, que es mi abuelo, llega a un pueblo para asistir a la ceremonia de inicio de construcción del nuevo colegio. Entonces un niño, que es emigrante sirio, se le acerca, y mi abuelo le habla en yidis, la lengua de los judíos de Europa oriental. Cuando ese niño se convierte en alcalde comete el mismo error. Llegan los emigrantes rusos y resulta que son viejos, él se siente decepcionado porque pensaba que llegarían rusas rubias despampanantes, y decide ignorarlos. Es tragicómico ese malentendido que conlleva la inmigración. 

-¿Qué piensa sobre la cuestión palestina?

-Hay que hacer una distinción entre Gaza, liderada por Hamás, y Cisjordania, por la Autoridad Palestina. Para mí Hamás es el equivalente del ISIS, es imposible negociar con el Islam radical y cruel, lo único que se puede hacer es establecer un equilibrio de amenazas. Con la Autoridad Palestina se puede y es necesario alcanzar un acuerdo. Lo que falta es liderazgo en ambos lados. Los dirigentes israelíes no persiguen la paz como objetivo principal y yo estoy en contra. Todo líder de Israel debería preguntarse cada mañana al levantarse qué puede hacer para que la situación se normalice y haya menos violencia y más moral para poner fin al sufrimiento.

-¿Se puede enseñar a escribir?

-Muchos alumnos me preguntan cuándo les voy a dar el manual. Yo les digo que no hay manual que valga, os puedo dar herramientas, ayudar y crear un ambiente que conlleve una inspiración. Lo más maravilloso de los talleres de escritura es que educan en la sensibilidad y en la atención porque durante tres horas los alumnos se olvidan del móvil y se escuchan. Además, están representadas todas las tribus de Israel, los creyentes, los no religiosos, los pobres, todos se olvidan de las etiquetas y son simplemente seres humanos. 

-En «La simetría de los deseos» cuatro amigos se retan a escribir sus deseos para dentro de cuatro años. ¿Cuáles son los suyos?

-El primero, que mis tres hijas estén sanas, sean felices y queridas. El segundo, una gran donación para la escuela de escritores, Zuckerberg podría darnos el 1 % de su fortuna. El tercero es privado y en una buena historia siempre hay que mantener algo en secreto.