Un paseo utilitario por San Fiz de Vixoi


Por las tierras fértiles de Bergondo, abundantes de fruta, más concretamente por San Fiz de Vixoi, donde Viqueira vio que «arredor de min xurde o esplendente espectáculo da primavera, gigante ondeada de vida», junto al humilde rego de Callou que desemboca en Miodelo, o sea, al lado de casa, por allí transcurre el paseo cotidiano. 

Y a pesar de que el hacer millas ya es prescripción generalizada entre el vecindario, que va envejeciendo, aún quedan por allí algunos dinámicos paisanos que te gritan, desde la leira o desde la camioneta de reparto: «¡Qué! ¿De paseo?», con un tono de reproche burlón fruto del utilitarismo dominante, el mismo con el que el recaudador municipal respondía a Robert Walser (el paseante por antonomasia), cuando este le reclamaba una rebaja de impuestos porque no tenía ingresos ni patrimonio: «¡Pero si siempre se le ve paseando!».

¿Puede decirse que el paseo es útil, aparte de sus efectos sobre las calorías sobrantes y el colesterol? Walser, cómo no, asegura que, sin él, el poeta, el escritor e incluso el periodista verían embotadas sus facultades de percepción. Por el sendero blando, junto al rego de Callou, las silveiras se van haciendo dueñas de lo que antes fueron prados y cultivos de repollos. La gente abandona el campo, pero no se lleva consigo los enormes castaños, que sueltan al camino sus bien empaquetadas frutas. La compañera de caminata saca una bolsa, se pone a recoger castañas y conmina a su pareja a que abandone las profundas reflexiones y la elegante postura enhiesta y se aplique a la recolección. Saboreándolas unos días después, cocidas en leche, uno no puede evitar el pensamiento, traidor a Walser, de que hay unos paseos más útiles que otros.

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