Otro acierto del viejo provocador

McEwan regresa con una novela redonda, primorosamente escrita y donde una veterana jueza de familia se enfrenta a un espinoso dilema de fe cuya resolución traerá consecuencias inesperadas


A estas alturas, nadie puede poner pegas a la maestría de Ian McEwan, uno de los escritores más grandes de su generación. Leerlo siempre fue un placer. Y según va envejeciendo, el placer es mayor. La ley del menor es una novela estupenda, corta, bien dimensionada y con la cadencia necesaria de acontecimientos para evitar que te levantes de la silla, hasta la conclusión final. Sin fuegos artificiales, sin bombas argumentales, sin trampas ni giros copernicanos. Solo una novela con una profunda capacidad para hacer reflexionar al lector mientras navega dulcemente por la prosa envolvente de McEwan.

La protagonista de La ley del menor es una jueza de prestigio, Fiona Maye, demasiado cerca de los 60 años, tan seria y comprometida como uno se imagina que es un juez británico. Fiona dirige un juzgado de familia; está acostumbrada a repartir justicia entre las parejas que exponen en su tribunal lo peor de sí mismas porque pocas cosas hay más denigrantes que los entresijos de un divorcio mal llevado. Un día, su marido le dice a la cara que está harto de la esclerotizada vida sexual de la pareja y le anuncia que se va a vivir otra experiencia con una mujer más joven. Fiona se queda descolocada. No lo entiende. O sí lo entiende, porque está más que acostumbrada a dirimir situaciones casi idénticas, pero no le gusta. En medio de la tormenta personal se presenta un caso de esos que los medios de comunicación adoran: un joven a unas semanas de alcanzar la mayoría de edad y enfermo de leucemia se niega a recibir una transfusión de sangre por causas religiosas. Es testigo de Jehová, igual que sus padres. Y, en medio de su propia tormenta emocional, Fiona tendrá que dirimir con urgencia si se le aplica la transfusión que le salvará la vida o si debe respetar la fe del menor y dejar que muera.

La decisión parece sencilla, pero McEwan nos llevará de la mano por las consideraciones que un juez debe tener en cuenta antes de emitir un veredicto. La resolución que adoptará Fiona tendrá consecuencias. Cualquier resolución las tiene. Y en un juego de azar casi austeriano, irán sucediendo una serie de acontecimientos que proporcionan a la novela el empaque que merece.

Es de agradecer que el viejo McEwan (ya ha cumplido los 67) no haya perdido su querencia a meter el dedo en el ojo, a pivotar sobre los conflictos morales. La fe no es, desde luego, un asunto menor. Y menos en los tiempos que corren. Harían bien dedicando una tarde de este otoño a leer esta estupenda novela. No les llevará mucho más tiempo y con toda probabilidad, cuando acaben, se alegrarán de haberlo hecho.

La ley del menor. Novela. Ian McEwan. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. 210 páginas. 17 euros

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