Arbo, la ribera de las criaturas extrañas


Hay en Galicia algunos gastrónomos que harían de la lamprea el plato nacional, por encima de lacones y grelos, de percebes y camarones, de cabritos y perdices. La preferencia por este pez primitivo llega tan cerca de la adoración que hay que acompañarlos, tres meses antes de la sazón, a ver cómo están las pesqueiras, no vaya a ser que por enero se queden sin disfrutar de la oscura serpiente en su cazuela de barro, con sus tostadas de pan y su arroz blanco. 

Para ver las pesqueiras hay que ir a Arbo, claro. El Miño, que kilómetros arriba se expande majestuoso, aquí, entre Portugal y A Paradanta, rejuvenece, apretado entre gargantas rocosas. En el lugar de Sela hay un prado bien dispuesto para acercarse a las trampas de piedra. Los muros peinan el río como el peine de oro de la ninfa que engañó a tantos lampreeiros gallegos y portugueses en la época antigua, cuando los animales hablaban. Los bajíos están sembrados de cantos rodados como los que había que llevar en la boca al vadear para que la meiga acuática no te encantara. Dos munícipes andan por allí de inspección, papeles en mano, al tiempo que los gourmets, y prometen restaurar varias de las trampas más vistosas, así como la fuente de aguas medicinales que ahora queda sumergida bajo el nivel del río. Otros seres extraños parecen convocados allí para acompañar al raro pez sin mandíbulas: el estramonio de las brujas, los aros rastreros, las tóxicas fitolacas americanas, las acacias invasoras de hojas finas y gordas. Habrá que meterse una china en la boca, o al menos un chupa, para no caer en el encanto de esta ribera misteriosa.   

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