«El régimen egipcio me considera un escritor peligroso, es fantástico»

Es el escritor egipcio de más éxito, considerado el sucesor del premio nobel Naguib Mahfuz. Cosechó un espectacular éxito internacional con su novela «El edificio Yacobián», de la que se han vendido más de un millón de copias solo en Occidente y que fue llevada al cine. Ahora este hombre corpulento y afable que sigue trabajando como dentista en El Cairo publica «El automóvil club de Egipto»


Alaa al-Aswany (El Cairo, 1957) se consagró con El edificio Yacobián (publicada por Maeva en el 2007), el emblemático inmueble de la capital cairota donde tuvo su primera consulta como dentista. A partir de los variopintos personajes que la habitan, los burgueses en cómodos apartamentos y los trabajadores y las familias pobres en pequeñas buhardillas, hizo un retrato demoledor del Egipto moderno y puso negro sobre blanco sus males endémicos, como la corrupción política, el fanatismo religioso, la represión policial, la discriminación de la mujer o la hipocresía moral, pero también el idealismo de los jóvenes. En El Automóvil Club de Egipto vuelve a componer una historia coral enmarcada esta vez en los años previos a la revolución egipcia de 1952 y ambientada en el lugar que da título al libro. Activista en pro de los derechos humanos, firme opositor al antiguo dictador Hosni Mubarak, participó activamente en la revolución del 2011 junto a otros intelectuales de izquierdas. Su rechazo al régimen del actual presidente Abdelfatá al-Sisi le ha costado estar vetado en la televisión y la prensa egipcias.

-¿Por qué sigue trabajando como dentista?

-Porque es muy importante para un novelista mantenerse en contacto con la gente. Trabajar de dentista es una maravillosa oportunidad  de conocer a las personas corrientes. Me es muy útil hablar y aprender cómo se sienten mis pacientes y, además, muchos de mis personajes se inspiran en ellos.

-¿Por qué sitúa esta novela en el Egipto de finales de los años 40 del siglo pasado?

-Para mí lo más importante es el contenido humano de la novela, ser capaz de transmitir un mensaje humano, aunque esta transcurra en otro tiempo o en otro lugar, como sucedía en Chicago. Ese es el verdadero desafío del novelista. Quedé muy contento porque los críticos dijeron que a pesar de que la novela sucede en el pasado plantea cuestiones del presente, como por ejemplo la relación entre Occidente y los egipcios, si todo el mundo está dispuesto a pagar el precio de la libertad o la idea de lo que es un dictador, porque se le presenta como un tipo malo, y es cierto, pero en la novela se ve que no es solo eso, sino un padre para mucha gente, que no concibe la idea de vivir sin un dictador, sin un padre. 

-Es también una época de fin de régimen y anuncio del advenimiento de una revolución, como sucedió en la primavera árabe del 2011.

-Sí, es totalmente cierto. Hay un paralelismo entre la situación en los años 40 de la novela y el 2011. En ambos períodos todo el mundo estaba convencido de que el antiguo régimen iba a caer. La pregunta era qué vendría después, la gente buscaba su futuro y su propia identidad.

-¿Qué era el Automóvil Club de Egipto?

-Egipto fue uno de los primeros países que se beneficiaron del invento del automóvil, que era un gran negocio, porque los egipcios amaban los automóviles y compraban muchos. Los concesionarios se vieron obligados a crear un Automóvil Club para establecer la normas. Lo que me interesó es que en el Automóvil Club convivían dos sociedades muy diferenciadas, la de los sirvientes, que procedían del sur de Egipto, y la de los miembros del club, occidentales o pertenecientes a la aristocracia egipcia. Me atrajo enormemente la idea de ver, comprender, cómo estos dos grupos se ven el uno al otro. En paralelo está la historia de una familia del sur que se ve obligada a emigrar a El Cairo y el padre trabaja en el Automóvil Club. Mi propio padre trabajó como abogado del club.

-Es un escritor comprometido políticamente, ¿qué es para usted la literatura?

-No me siento muy cómodo cuando me definen como un escritor comprometido, porque creo que la literatura es comprometida, no el autor. ¿Por qué escribo? Yo escribo para hacer que los lectores sientan y vean lo que es bello y lo que es feo en este mundo, porque si vemos que algo es feo no lo haremos e intentaremos que el mundo sea un lugar mejor. Yo escribo porque creo que no debemos juzgar a la gente, sino tratar de comprenderla. Yo escribo para explicar que nadie es malo o bueno, sino que dentro de nosotros tenemos cosas buenas y malas. La buena literatura nos enseña a ser más humanos, más sensibles y más tolerantes para convertirnos en mejores seres humanos. No creo que la literatura sea la herramienta adecuada para cambiar la situación en este momento, pero sirve para cambiar algo más importante, nuestra visión, nuestra comprensión, nuestra forma de ver. Las personas a las que cambia la literatura serán más capaces de cambiar la situación.

-Estuvo a punto de abandonar la literatura porque no le dejaban publicar.

-No hay una censura oficial para los libros en Egipto, pero eso no quiere decir que no haya censura. La única posibilidad de publicar para mí era que lo hiciera el Gobierno, porque era un desconocido. Pero me rechazaron en tres ocasiones, en 1990, 1994 y 1998. Estaba tan frustrado que dije basta y decidí dejar la literatura y emigrar a Nueva Zelanda, porque era el lugar más lejano. Pero antes terminaría la novela que estaba escribiendo. Le dije a mi  mujer que había dedicado a la literatura diez años de mi vida y la literatura no me había dado nada, salvo malos momentos. Esa novela resultó ser El edificio Yacobián. Una editorial de vanguardia de un amigo mío de izquierdas, como yo, tuvo el valor de publicarla. Me llamó a las dos semanas para decirme que había sucedido algo extraño. Me temí lo peor. Pero no, me dijo que se habían agotado todos los ejemplares antes de que se publicaran las primeras críticas. La novela se convirtió en un gran fenómeno y lo cambió todo. En dos años se vendieron un millón de copias, sin contar el mercado árabe, en el que es imposible saber el número de ventas. Triunfó en Egipto, en el mundo árabe y ha sido traducida a 35 lenguas, publicada en cien países y ha ganado 17 premios literarios. Solo en Francia se vendieron 450.000 ejemplares.

-Fue un destacado opositor a Hosni Mubarak y participó en el 2011 en las protestas, pero también se opuso a Mohamed Morsi, el primer ministro islamista  elegido democráticamente y depuesto en el 2013 por un golpe de Estado encabezado por Abdul Fatah al-Sisi, el actual presidente.

-Yo no voté a Morsi, pero dije que al haber ganado las elecciones tenía derecho a cumplir su mandato de cuatro años. Pero el 22 de noviembre del 2012 Morsi promulgó un decreto constitucional por el que sus decisiones presidenciales se situaban por encima de la ley. Yo y otras muchísimas personas pedimos elecciones anticipadas y recogimos firmas para ello. En lo que sucedió después ni participé ni lo apoyé, incluida la matanza de personas, porque estoy en contra de cualquier violación de los derechos humanos. Después, cuando Sisi se presentó a las elecciones apoyé a su oponente, al candidato socialista. 

-Pero es muy crítico con los Hermanos Musulmanes, a los que acusa de practicar la violencia.

-No es que lo diga yo, no es una opinión, es un hecho, asesinaron al primer ministro de Egipto en 1948 y mataron más tarde a un juez porque dictó una sentencia en su contra. Es decir, que han usado la violencia. Pero se presentaron a las elecciones como un partido que había dejado la violencia. Pensé que si era así y se integraban en la democracia estaba bien. El problema es que Morsi, tres meses después de ganar las elecciones, ya se estaba comportando como un sultán turco. Sucedió lo mismo que en Perú con el presidente Alberto Fujimori en 1992, cuando anuló el Estado de derecho y se situó por encima de la ley. La Casa Blanca publicó un comunicado el mismo día diciendo que no le consideraban el presidente legal porque había dado un golpe de Estado. La Unión Europea cortó las relaciones diplomáticas  con Perú. Nunca comprendí por qué una actuación similar de Morsi fue aceptada por los gobiernos occidentales.

-¿Qué consecuencias le ha acarreado en su país ser tan crítico con el presidente?

-Desde hace un año no puedo escribir artículos en la prensa. No hay un veto oficial, pero los periódicos que antes insistían en solicitar mis textos ya no me los piden, ni me invitan a programas de televisión. El régimen egipcio me considera un escritor peligroso, lo que considero que es fantástico porque los escritores deben ser peligrosos.

-Ha denunciado que no hay libertad de expresión en Egipto.

-La situación de la libertad de expresión es peor que con Hosni Mubarak. Está más restringida.

El automóvil club de Egipto. Alaa al-Aswany. Literatura Random House. 512 páginas. 23,90 euros.

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