De Piornedo a Suárbol y de perdiguero a turista


Volver a Piornedo, años después, produce sensaciones encontradas. El entorno ha mejorado. Los derrumbes que produce el agua en las revueltas del camino ya no se reparan con troncos de castaño ni los coches que circulan son exclusivamente Land Rover. Hace tiempo que no va uno en función de perro, como aquellas primeras veces: perro de caza, claro, sobre dos patas, mejor que un pointer para rescatar las perdices pardillas, y también rojas, que caían en lo alto de las uces o las xestas. Ahora se va de andarín o de turista, y el territorio está perfectamente preparado para esta clase de visitantes; los de antes, salvo los montañeros, iban siempre detrás de una escopeta. En el hotel se piden bebidas isotónicas; en los otoños de los setenta se metían al morral un litro de leche y otro de caña y no duraban la mañana. Ya no hay tantas vacas -ahora hay otros sistemas de calefacción-; la mirada absorta de aquellas compañeras maternales la han heredado los turistas que admiran desde dentro la increíble arquitectura de madera de las pallozas.

El paseo discurre hasta la cercana Suárbol,  poco más de dos kilómetros de descenso suave y sombreado. Rótulos y mapas de amenas rutas advierten de que has salido de Galicia y entras en Castilla y León; porque sabemos leer, que si no, quién lo diría.

En Suárbol ya no hay pallozas. Una cuidada simetría igualó los tejados, todos de pizarra. Lo que permanece, glorioso, son los capudres (serbales de cazadores) que iluminan el camino; empiezan a cargarse de frutos rojos para dar a los pájaros el último atracón con que aguantar el invierno.

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