A Illa de Arousa y sus hijas berroqueñas


Las islas nos atraen como imanes: son los escenarios de las mejores aventuras, sede de utopías y hábitat de seres imposibles. En Galicia somos afortunados, tenemos muchas. Una de ellas, la de Arousa, rodeada como está de cientos de islotes, peñones, bajos y escollos, parece una madre de nuevos mundos que brotan por toda la ría, aunque en muchos de ellos solo cabe una gaviota.

La primera vez que fui, de niño, antes de tenderse el puente, desembarcamos avisados de que podríamos saludar al señor Chaves da Porta y al señor Porta das Chaves, lo que aumentó las expectativas de tropezarnos con habitantes fantásticos, como los del país de Alicia. Y así fue. El puente ha rebajado un poco el misterio. Pero la fauna fantástica no es de cuento: son los miles de aves que por estos días empiezan a hacerse sitio para pasar el invierno en sus extensiones de agua, limo, arena y granito. El fin de semana pasado, un trío de mazaricos ya había llegado para reservar primera línea de playa. 

Hay senderos cómodos para bordear la isla, incluida la península más meridional que, con un buen criterio casi heroico, se preservó de la urbanización. El paseo es delicioso sobre todo si el tiempo está bueno y ya ha pasado la superpoblación de agosto. Y si el tiempo está gris, también; tendremos ocasión de meditar un rato, desde punta Quilma, sobre el cercano islote Areoso y su extraordinaria necrópolis megalítica. ¿Cómo eligieron ese cayo para cementerio aquellos antepasados de la Edad de Piedra? Fuera como fuese, felices ellos: igual que en la canción de Brassens, allí se quedaron, pasando la muerte de vacaciones.

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