Por el camino épico de Chumín de Céltigos


Hay caminos históricos, como el Camino Francés; trágicos, como aquel «camiño de ferradura / que levas a Mondoñedo»; poéticos, como el de Padrón a Bastavales, y épicos, como el que buscamos hoy, sin mucho éxito, y que se dirige desde no se sabe dónde hasta Céltigos, en Ortigueira. Por él bajaba de la sierra, hace ya ciento y pico de años, Chumín de Céltigos, el gaiteiro más célebre de Galicia con permiso de su rival del sur, Ventosela. Aquel músico pequeño, rubicundo, pícaro y famoso venía de animar alguna fiesta, seguramente por las alturas de Mañón, y de camino a casa se topó con el lobo. Considerando tal vez -como Alfonso Abelenda, el pintor- que la gaita es un instrumento de guerra concebido para aterrorizar al enemigo, a Chumín se le ocurrió inflar el fol y acometer una marcha. El lobo, que es un perro sin amo, hizo como hacen los perros enfrentados a sonidos estridentes: se puso a aullar. Y así, caminando y haciendo música a dúo, llegaron por fin a poblado y Chumín pudo despedirse de tan inquietante acompañamiento.

Bajando hoy de la Coriscada hasta Céltigos, a la luz del día, uno casi teme más el ataque de una bandada de gonipterus hartos de comer eucalipto que el del lobo, del que apenas se oye nada en Ortegal salvo por los que a veces aparecen atropellados en las carreteras de la dorsal, bastante flacos, por cierto. Por Céltigos y sus playas, entre Loiba y Espasante, frente al dragón espinoso de cabo Ortegal, esta semana no aullaron lobos, sino un viento loco que reclamaba su dominio. Antes lo transformaban los gaiteiros; ahora pertenece a los aerogeneradores. 

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