Por las fuentes del Miño, en fiestas


Dicen que el nombre de Meira, prerromano, tiene que ver con el agua. Visto el caso, o sea, el concello, hay que darles la razón, porque es allí donde nace el Miño, y además de una forma misteriosa y espectacular. Desde varios kilómetros antes, viniendo de Lugo, ya se ve en la ladera de la sierra la señal que marca estas fuentes. Es el pedregal de Irimia, un derrame monumental de rocas, la morrena de un glaciar según los geólogos o una jugarreta de una meiga, según los amigos de las leyendas.

Los paseos suelen ser circulares, pero aquí podríamos aterrizar en la cumbre de la sierra para comprobar que este es un reino acuático; al este del cordal pasa saltando hacia el norte un río Eo adolescente; al oeste cae el reguero de rocas. Si bajamos por él, con cuidado, oiremos cómo corre por debajo el Miño recién nacido. Al pie de la morrena hay un área recreativa en la que dos usuarios, aparte de merendar, parece que meditan; el lugar tiene un halo místico. Después, el regato excava la tierra hasta desaparecer de la vista, prueba de la condición esponjosa del terreno que permite que el río se esconda y vuelva a mostrarse varias veces hasta surgir en Fonmiñá, laguna ajardinada desde el siglo XIX.

De Irimia al pueblo, el paseo discurre por tierras ganaderas, pastizales donde, en su tiempo, las cigüeñas alternan con las vacas y los caballos. Meira creció alrededor de su monasterio del Císter, del que ya solo queda un ala, la impresionante iglesia y el trazado urbano adyacente. Se merece una visita, y más ahora, que es la fiesta mayor de la comarca.

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