A la sombra de los castaños milenarios


Tenemos un deber con los ancianos, que consiste en visitarlos y mostrarles cariño. Si esos ancianos ya han cumplido mil años, más aún, aunque sean árboles. Por eso vale la pena hacer tres horas de coche desde A Coruña o desde Ribadeo, o dos horas y pico desde Vigo, para dar un abrazo a los castaños del souto de Rozabales, a un paso de Manzaneda, y sobre todo al más venerable de todos, el monumental castiñeiro de Pumbariños.

A Manzaneda se sube por pistas vertiginosas desde Valdeorras o por una carretera más cómoda desde Ourense, por Esgos, Castro Caldelas y Trives. Llegados a aquellos lombos sorprende la abundancia de fruta en las huertas, teniendo en cuenta que estamos a casi setecientos metros de altitud; pero algo tienen el clima, la tierra y la orientación de esos campos altos que los hacen fértiles como para haber tomado el nombre de las manzanas. Los frutales sorprenden, pero el castaño de Pumbariños fascina. Si viéramos solo un pedazo de su corteza podríamos creer que es lava recién solidificada, por lo retorcida y convulsa que aparece. Pero ahora, en verano, con la enorme copa verde brillante, el árbol exhibe toda la fuerza vital que ya debió mostrar en su juventud, hace diez o doce siglos, cuando aún cabalgaban por allí feudales forrados de hierro.

El gigante no es de lava ni de metal: huele a madera de iglesia. Hay que dar 24 pasos para rodearlo y en sus muchos huecos brotan renuevos de sí mismo. Apoyado en el tronco inmenso, uno se pone tropical y ubérrimo y piensa en lo ricos que somos, aunque no tengamos un duro.

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A la sombra de los castaños milenarios