Welles, mago o fraude

Orson Welles se ha movido siempre en la tramoya. Como director de cine, como actor, como mago, como creador radiofónico... hemos perdido su rastro en los espejos de «La dama de Shanghai», en el verboso filme documental «Fraude»... y al cinéfilo, aun el no propenso a la mitomanía, no le bastan sus películas, quiere más. Al hilo del centenario de su nacimiento y del inminente 30.º aniversario de su muerte, nuevas publicaciones ofrecen nuevas pistas sobre su fascinante sombra, que él con tanto placer y esmero ha desdibujado. ¿Lo que vemos son huellas perfectas o solo humo? Feliz pesquisa


¿Cómo atrapar la figura real de alguien que está tan en primer plano, maquillado y maravillosamente iluminado por los focos, como Orson Welles? Alguien que ha tenido a bien ser mago y actor buena parte de su vida, exhibicionista y escapista a la vez. ¿Dónde está el Welles auténtico? ¿Es aquel que sonríe maniatado y encerrado en la urna de cristal? ¿Cómo discernir su verdadero rostro? Alguien que ha ganado su sustento del fingimiento propio y ajeno y que ha coqueteado a menudo y gustosamente con la idea y la filosofía del timo. Es un genio fascinante y nos gustaría saber más, pero ¿merece la pena?, ¿aumentará ese saber el amor que el lector o el cinéfilo sienten por el artista o ese conocimiento los llevará indefectiblemente a la decepción propia de lo humano?

El mismo Welles admite que su curiosidad le llevó a sufrir un daño innecesario. «Me alegro mucho de no saber nada de Shakespeare, el hombre. Creo que está todo en sus obras. Todo lo que importa, al menos». Así lo explica a su amigo Henry Jaglom, en una de las muchas conversaciones informales que recoge el chispeante y hermoso libro Mis almuerzos con Orson Welles, que editó reciente y brillantemente el periodista Peter Biskind y que ahora publica en español el sello Anagrama. Lo dice cuando Jaglom le comenta que Barbara Leaming, tras haber escrito un libro sobre Polanski, quiere hacer uno sobre el autor de Ciudadano Kane. «¡Que Dios nos asista! -clama la víctima-. Soy contrario a las biografías». Confiesa que acaba de leer sendos trabajos sobre Isak Dinesen y Robert Graves, «magníficamente escritos y muy amables». Y sin embargo ahora sabe «muchas cosas de Graves que preferiría no saber». «Los han rebajado a mis ojos. Ojalá no las hubiera leído. [...] Dicho de otra manera, Dinesen se esmeró por presentarse al mundo como una persona a la que yo querría amar. Y si en realidad no era como yo creía que era, pues lo siento mucho pero no quiero saberlo». Y lo padece especialmente en el caso de los escritores: «Se convierten en mis amigos por el testimonio vital que dejan en las páginas que han escrito. Y todo lo demás rebaja lo que siento por ellos. Si la obra de un autor me embelesa, no quiero saber nada de su vida». Es por ello que niega que los biógrafos amables existan. Pero sí existen. No hay más que leer el trabajo que Leaming elaboró sobre Welles, un libro edulcorado.

Pues bien, si el lector no teme los daños, es posible que pueda atrapar un poco del verdadero Welles en las conversaciones de Jaglom. O en las de Peter Bogdanovich, que ahora recupera el sello Capitán Swing, y que tienen un sesgo más técnico, más académico, de director a director, aunque la seriedad no sea un lastre que impida que asome el hombre. En el caso de Jaglom, la relajación es mayor, aunque Welles es consciente de la presencia oculta de la grabadora; él mismo le pidió a su amigo que grabase las charlas de mesa y mantel pero que escondiese el aparatito en la mochila (comprenden el período que va de 1983 a poco antes del fallecimiento del cineasta en 1985). Las charlas componen un juego interesante, entre la naturalidad y la consciencia de saberse observado. Juego en el que Welles, como actor, parece sentirse muy cómodo. ¿Hasta dónde creer a pie juntillas al genio? Eso es otro cantar.

Adrián Sánchez, en el capítulo que dedica al filme Fraude en el volumen El universo de Orson Welles, editado por Notorious y que recorre toda la trayectoria -películas, interpretaciones alimenticias, rodajes, teatro, radio, mujeres, actores, amigos, familia- del autor de Sed de mal; advierte: «Cada cineasta es un mentiroso. Un mentiroso que engaña de la peor manera posible: con la verdad. [...] Un embaucador verdadero, valga la paradoja. Welles es como los gemelos Twedledum y Twedledee de Alicia en el país de las maravillas», que uno mentía lunes, martes y miércoles y el otro, jueves, viernes y sábado. Más adelante, Sánchez, recuerda cómo Welles decía que el guion que empezó inspirado en Howard Hughes acabó virando hacia un gran mentiroso, Hearst. «Pero Welles es otro farsante y no sabemos si esto lo dijo un martes o un sábado».

Y es así. El lector, por tanto, debe abandonar la idea de encontrar la verdad monolítica en estas conversaciones, en estas páginas, lo que no las invalida en modo alguno, porque son una fiesta para el amante del cine, en particular, y de la inteligencia, en general. Lo recomendable es abandonarse y disfrutar de la lectura, una lectura que es mucho más indicada para mitómanos en el caso del amplio retrato que ofrece el trabajo de Notorious, editado por Guillermo Balmori y Enrique Alegrete, de gran valor documental y que resulta deslumbrante en el apartado gráfico. Estas fotografías son un auténtico tesoro y actuarán como un bálsamo que restañará las heridas provocadas por las aristas que asoman en las conversaciones con Welles, donde abundan contradicciones, miserias, vitriolo, chismes y humillaciones tan propias del despiadado mundo de Hollywood. Son demoledoras sus críticas al «cine terapéutico» de Woody Allen, a la etapa americana de Hitchcock (con la llegada del color iluminaba sus películas como series de televisión), al delator Kazan, a la excesiva belleza de los filmes de Chaplin y su tacañería (cómo consideraba muy superior a Buster Keaton, cómo le usurpó el guion de Monsieur Verdoux), a Von Sternberg, a Casablanca, a Spencer Tracy, a los productores... Pero también proliferan los elogios (Von Stroheim, Joseph Cotten, John Ford, Sydney Greenstreet, Michael Caine) y las muestras de su brillante narratividad y capacidad interpretativa.

Según relato de Bogdanovich, en Roma, tomando una copa nocturna con Welles en su suite del hotel Edén, después de un par de horas registrando su charla, la grabadora, «para alivio de Orson», estaba apagada y guardada: «Siempre era en esos momentos cuando Welles hacía los mejores comentarios. Había estado hablando de una de sus herejías favoritas: que los directores, y de hecho todo el trabajo de dirección, estaban muy sobrevalorados. Para Orson, lo verdaderamente importante en las películas eran las interpretaciones». Así fue como una vez le espetó: «¡Tú y tus directores! Para mí, lo único importante es la actuación; el cine, ya sabes. Lo verdaderamente importante en el cine es la interpretación». Y afirmaba que muchas de las grandes películas no son más que retratos de la interpretación. En otras ocasiones aseguraba que lo suyo con la interpretación era una relación casi siempre interesada, que había prostituido frecuentemente, ya que aceptaba trabajar en filmes de segunda categoría, en papelitos muy bien remunerados, solo porque necesitaba dinero para sacar adelante sus rodajes, y que esta última faceta, la dirección, es algo que nunca mancillaría. Lo que le interesaba realmente era hacer películas. En uno de sus muchos ataques a Laurence Olivier, habla de su necesidad de actuar: «Él siempre ha sido un profesional, mientras que para mí la interpretación no es una profesión, no es un trabajo; nunca lo ha sido. Yo soy un aficionado, un amateur, que, por cierto, es una palabra que proviene de amor?, con todos los caprichos y dificultades del amor. Yo no siento la obligación de trabajar».

En cambio, reconoce que solo como actor fue por un momento una gran estrella, cuando interpretó a Harry Lime para Carol Reed en El tercer hombre. De hecho, dice, le ofrecieron el premio al mejor actor en Cannes pero debía acudir a la ceremonia; si no se lo otorgarían a Edward G. Robinson. Él rechazó la exigencia. Estaba inmerso en la conclusión de Otelo. «Habría podido hacer una carrera entera solo gracias a esa película. Recibí infinidad de ofertas. Para cuando terminé Otelo, la fiebre había pasado».

Las conversaciones con Jaglom son fascinantes, pero las debilidades del hombre afloran por doquier. El libro, por ello, está lleno de ternura y de patetismo, especialmente en la forma en que Jaglom alienta la quimera de que Welles está en condiciones de rodar, de que está moviéndole proyectos que pronto fructificarán, y también en el modo en que Welles se deja engañar, consciente, en su lúcida inteligencia, de que su época de alguna manera ha acabado (ya no está en condiciones físicas, y el gran Hollywood le rehúye, como le ocurrió toda su vida); por no mencionar su hipocondría, sus miedos al contagio, a la enfermedad y la muerte.

Pocas semanas antes de su fallecimiento, hablando de supercherías y supersticiosos, plantea una reflexión que de alguna forma ha rumiado a lo largo de toda su carrera: «Quizá llegue el tiempo en que podamos vivir sin misterios, pero entonces habrá que preguntarse si aún es posible la poesía. Resulta muy complicado imaginar... un mundo o un arte sin algún tipo de engaño». Un asunto que abordó en Fraude (1973), película que consideraba lo único verdaderamente original que había hecho desde Ciudadano Kane (1941) y que creía que inauguraba un nuevo lenguaje que esperaba que otros desarrollaran en un futuro. No es que no se hubiesen hecho buenas películas, decía, pero todas desde la misma vieja sintaxis.

Fraude es un filme falsamente confesional, dice a Jaglom, una idea romántica [lo confesional] que deplora. «No me gusta conocer los problemas de los escritores ni de la gente del cine. El artista no me interesa, me interesa la obra [...] No me importa ver al artista desnudo, pero detesto ver cómo se quita la ropa. Enséñame la polla, eso me da igual, pero no me hagas un striptease». Y aclara (o quizá no) el espíritu de Fraude: «El hecho de confesar que soy un fraude es un fraude. Así de deliberada y manipuladora es la película. Sí, creo que estoy siendo totalmente sincero... Es mentira. Yo nunca digo la verdad».

Había tratado este querido tema también en La dama de Shanghai, recuerda Jaglom, una cinta cuya última secuencia de los espejos «es quizá la metáfora más autobiográfica de toda su carrera». Welles trata de desdibujar su figura, entre la pericia del mago y la del rey del fraude, y parece satisfecho con esta confusión: «Espera a que haya muerto -le dice-. Escribirán todo tipo de cosas de mí. Me despellejarán. Ni tú me vas a reconocer. [...] He contado muchos cuentos solo para salir del paso, para evitar el aburrimiento, o simplemente para entretener... ¿Quién podría recordarlos todos? Estoy seguro de que volverán a perseguirme, o, mejor, a perseguir mi fantasma. No les corrijas, Henry. No quieren la verdad. Deja que sigan fantaseando sobre mí». Y disfrutamos en pos de su sombra, es cierto, pero ¿queremos la verdad?

Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones con Henry Jaglom. Edición de Peter Biskind. Traducción de Amado Diéguez. Editorial Anagrama. 351 páginas. 24,90 euros

El universo de Orson Welles. Ensayos. VV.AA. Prólogo de José Luis Garci. Edición de Guillermo Balmori y Enrique Alegrete. Notorious Ediciones. 432 páginas. 39,95 euros

Ciudadano Welles. Conversaciones con Peter Bogdanovich. Traducción de Joaquín Adsuar. Capitán Swing Libros. 448 páginas. 24 euros

Mr. Arkadin. Novela. Orson Welles. Prólogo de Juan Cobos. Traducción de Francesc Roca. Editorial Anagrama. 227 páginas. 18,90 euros

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