Soledad Penalta, esculturas en movimiento

Las  piezas de Soledad Penalta son como libros abiertos, llevan citas propias o de otros. Habla, escribe, recita, a través de la propia obra. Pero sus propuestas también dialogan con el espacio y ellas mismas se mueven


Las palabras escritas empiezan a introducirse en las obras de arte cuando Picasso y Braque se atreven a colocar fragmentos de papel, expresiones perdidas, recogidas de algún periódico de la época. La primera impresión fue que esa incursión era simplemente un recurso empleado para dar textura a los cuadros, intentando romper con la planitud de la pintura. No se tardó mucho en comprobar que aquellos trozos de papel pegados suponían no solo modificar pautas del significante sino también aportar nuevos significados, nuevos conceptos de la creación. Desde aquellos primeros colages, la incorporación de las palabras ha posibilitado la aparición de manifestaciones artísticas tan dispares como las de los surrealistas, el pop art o el arte conceptual. Y es que, a veces, a los artistas no les basta con descubrirse en su creación, necesitan gritar bien fuerte con expresiones escritas sobre ella. 

Las obras de Soledad Penalta son como libros abiertos, llevan citas propias o de otros. Habla, escribe, recita, pero a través de la propia escultura. Con una caligrafía personal, surgen estrofas, versos sueltos, mensajes libres que van taladrando el metal, mientras perpetúan en el tiempo las emociones de quien las transcribe. Por las rendijas de las letras se infiltra suavemente la luz, dejando a un lado las zonas en sombra, descubriendo al mismo tiempo reflejos y brillos que fortalecen el perfil de las creaciones. 

La artista proyecta el discurso al espectador para comunicar de manera total sus estados de ánimo, apuntalando percepciones sobre la superficie del material. En donde el recurso a la forma figurativa se hace más intencionado, aunque siempre como imagen sugerida y nunca como definición absoluta, la lectura muestra su empatía con el individuo, «buscando un sentido humanizador». Son siempre para observar desde distintos ángulos, obligado rodearlas para contemplarlas en toda su corporeidad. En algunas, como las que cuelgan del techo, hay que meterse entre ellas, abarcarlas descifrando de cerca la visualidad de la escrita. 

La escultora tiene una amplia trayectoria tanto en obra de interior como de exterior. Inicia su trabajo con la cerámica de alta temperatura en los años setenta para más tarde, ya en la década de los noventa, dedicarse al trabajo en fundición de bronce, hierro y acero. La utilización de estos materiales sigue la estela de figuras como las de David Smith y Richard Serra, nombres que sentaron las bases de una escultura de gran formato, espacial, dinámica, incluso físicamente en movimiento. Ambos alteraron, igualmente, los modelos precedentes.  

Las propuestas de Soledad Penalta dialogan con el espacio y también ellas se mueven, manteniendo un difícil equilibrio, en cascadas de filamentos del metal, avivadas físicamente por cualquier corriente de aire; pero, incluso inmovilizadas, semejan desplazarse por el alcance de pequeñas siluetas de hombres que figuradamente corren en bandada, siempre en multitud. Sus esculturas, hasta las más voluminosas, participan de una singularidad ligera, como si no pesaran nada, coincidente con aquella definición que preconizó Brancusi para la escultura del XX: «Toda escultura es una forma en movimiento».

Esculturas do día a día. Ourense. Centro Cultural Marcos Valcárcel. Hasta el 30 de mayo 

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