Teixeira y los días de fado

Una crónica fotográfica del Amarante de los 50 en el Museo Municipal


ourense / la voz

«Me alegra que no tengamos que tratar de matar a las estrellas. Imagínate que cada día tuviera uno que tratar de matar a la luna -pensó-. La luna se escapa. Pero ¡imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar al sol! Nacimos con suerte».

El viejo y el mar. Ernest Hemingway.

Un tributo a la obra de Eduardo da Costa Teixeira Pinto bajo su mirada de intensa poesía en las imágenes de Amarante con gran valor documental que registra ambientes y personajes, pescadores, niños y ancianos, paisajes que viajan entre luces y sombras en barcos que como patinando, se deslizan por el Támega.

Con una extensa dedicación de más de 50 años, Eduardo Teixeira fue uno de los fotógrafos portugueses más galardonados durante el siglo XX. Más de 50 años de imágenes que superan los límites geográficos entre el norte de Portugal y Galicia. Fotografías que son la voz y la imagen del pueblo, de una época que quedo registrada en nuestra retina gracias al objetivo de su cámara. Bocetos del tiempo pasado que transforma la memoria en perfecto; tan condescendiente es el recuerdo. Pintoresquismo, folclore y costumbrismo en las fotografías que en blanco y negro presentan la vida cotidiana de la villa, discurriendo como el agua del Támega sobre la humedad empedrada de sus tortuosas calles de ecos de carreras infantiles y risas escondiéndose por los rincones, en el sereno sosiego de los caminantes noctámbulos y perezosos con sus sombras puntiagudas e indiscretas tendidas a sus pies.

Las nubes atraviesan un cielo quemado y las arquitecturas se solidifican bajo la oscuridad de un negro de alto contraste. Las luces obligan a un forzado dejando un halo aurático sobre la figura que solitaria y silenciosa vaga entre la niebla, arañando su sombra los brazos esqueléticos de un árbol helado, bajo la despiadada luz de las farolas, como en un intento desesperado por retenerle?

Dignidad

La dignidad en los ojos del campesino y sus manos como herramienta de lucha y de trabajo y una nebulosa llegada del ferrocarril a Amarante flanqueado por el vapor como un confuso cuadro de Turner. El invierno en lenguas de hielo y coches aparcados, fuertes contraluces de alto voltaje expresivo. Feriantes, cruce de caminos, petos de ánimas y sombras fantasmales que fabulan personas y falsean arquitecturas.

El mundo rural y el urbano confluyen en las calles entre hombres y animales y el progreso con su lío de cables e insectívoras torres del tendido eléctrico atravesando el cielo. Imágenes del trabajo y el ocio, de fiesta de cebollas, de pirotecnia y reflejos fluviales. Miradas inquisitivas, tiernas o inquietantes de niños y sus juegos infantiles; retratos individuales y de grupo improvisados. Lavanderas y la ropa tendida al sol sobre un río que dibuja trepidando formas irreales y temblorosas. Teixeira capta las distintas luces del día y de la noche registrando los dibujos que el viento hace con su trazo en las líneas del río, con sus amores y sus tragedias, sus pasiones y olvidos.

Fotografías que desde el punto de vista humano remiten a otros grandes fotógrafos de la época como Martín Chambi, cuyos retratos constituyen un testimonio social, histórico y étnico de la sociedad indígena de los Andes peruanos, o de Dorothea Lange como fotoperiodismo documental sobre las dramáticas consecuencias de la Gran Depresión americana. Recuerda a Virxilio Viéitez Bertolo en el gusto por el retrato costumbrista en Galicia, subrayado por el blanco y negro y como él, solidificando los negros, proporcionando relieve a las altas luces. Una visión personal de un folclorismo inquietante y personal nos transporta a la fotografía de Cristina Rodero o Ruth Anderson. El pulso del fotoperiodismo fomentado por la segunda República en España, alude a nombres como Centelles, Casariego, Alfonso? como cronistas de una época resplandeciente para las artes que derivó en el costumbrismo endogámico, gris e impuesto de la dictadura.

Desde una mirada subjetiva que en parte recuerda la estética fantasmal de Eugene Atget, en los rincones, la belleza del París de Doisneau y Brassaï y en instantáneas, las imágenes «a hurtadillas» de Cartier Bresson, Eduardo Teixeira nos regala imágenes de gran belleza y sensibilidad. El ser humano es el protagonista de sus fotografías.

crítica de arte

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