Esa catarata del fétido río de la muerte que hemos podido ver en la pantalla del televisor mientras conversábamos, bebíamos y comíamos instalados bajo la protección de un techo firme, cruzó el comedor alborotando la mantelería y llevándose en su torrentera los escasos adarmes de sensibilidad que conservamos bajo la piel encallecida en estos funestos días de miseria.

Da dolor ver a la muerte marinera cercar a las desamparadas gentes del sur y segar impasible sus manos y sus ojos en un festival sádico celebrado en un circo de agua salada, cuyas gradas abarrotamos vitoreando a la triunfante Madre Europa. El legendario azul mediterráneo es ahora un crespón negro y denso como las dunas que los africanos abandonaron acosados por la sed y el hambre.

Los satélites que el Norte puso en órbita siguen lanzando hoy dardos de oro sobre su continente y en las descoloridas pantallas de sus televisores pueden ver las calles de Roma, de Madrid, de Londres y de París.

Los supermercados con sus estanterías multicolores abarrotadas de alimentos, las fuentes en los parques manando chorros de plata y los niños rubios jugando a los helicópteros con mando a distancia, vulneran la negritud de sus almas y les impelen a abandonar la sabana, la guerra, la sed y la hambruna para cruzar la mar e invadir nuestras ciudades buscando el trabajo que su tierra, esquilmada por nosotros, les niega. Trabajar y tener así acceso a la leche y a la miel que se precipita desde lo alto de nuestras cordilleras e inunda nuestros valles siempre verdes. Ese es su deseo. Trabajar, alimentarse, amar y convivir en paz en la tierra prometida.

Reúnen el escaso dinero familiar y la avalancha de besos de quien les ama en su tierra y parten desde Somalia y desde Eritrea camino de la antigua Cartago. Allí se enfrentan a los más de cien kilómetros que el oleaje les separa de Lampedusa, esa isla que en los días claros vislumbran en aquel firmamento líquido que se alza ante ellos como una serranía de estrellas inabordables.

Pagan su pasaje de sangre al mercader de carne humana y con sus mujeres embarazadas, con sus hijos aún niños y con sus almas hirviendo en la mirada, embarcan en una destartalada barcaza movida más por el deseo de cruzar la mar de Poseidón que por la potencia de sus remendados motores.

Con la costa a la vista, el dragón marino acecha y espera su momento. Enseguida la llama que surge de sus fauces sacrílegas provoca un incendio en la cubierta. Desesperados se lanzan al mar o se ocultan en lo más oscuro de la bodega esperando que el dios de sus antepasados les salve la vida. El fuego lo apaga el Mediterráneo mientras la quilla se posa cincuenta metros más abajo en su fondo. Sin aliento llegan algunos a la playa dorada. Otros flotan inermes boca abajo con sus vidas rendidas. Los más duermen entre los peces y las algas soñando con su choza abandonada.

En Europa se reúnen los elegidos y discuten soluciones y nuevas leyes que eviten el desastre. Los inocentes, no sabían que en El gatopardo su autor, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, dejó escrito: «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». Esa es nuestra cínica desvergüenza.

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Lampedusa, para que nada cambie