«Me da lástima pedir, pero solo si me ven podrán ayudarme»

Alejandro Fernández pide limosna con 31 años, 12 de ellos cotizados


A Coruña / la voz

Tiene 31 años y 12 cotizados. Trabajó como encofrador y camarero, y su currículo desvela locales como El Gaucho Díaz o el Hotel Finisterre. Precisamente allí trabajó durante cinco años, haciendo brillar sus cinco estrellas. No es este el retrato de un holgazán, ni la triste historia de una mala vida. Pero Alejandro Fernández ya ejerce de vagabundo. Ahora, preso de la desesperación, recurre a los medios implorando que alguien le socorra. Natural de Oleiros, reside en la ciudad y lleva días recorriéndola en busca de dinero. Desde hace dos años y medio no encuentra trabajo, por lo que hace extras esporádicamente. La última vez fue hace dos semanas en un restaurante de Gandarío, pero tan solo necesitaron de sus servicios tres horas.

Un piso en el que no vive

A la vista de tal situación, su desesperación comenzó a acrecentarse. Una vez agotado el paro y el subsidio, pidió el Prodi. Y no se lo concedieron. En el INEM no tiene derecho a realizar ningún curso. Solicitó también la Renda de Integración Social de Galicia (Risga) en dos ocasiones. Se la denegaron. Según Alejandro, no se le concedió porque le instaron a recurrir a su familia. Sin embargo, problemas personales hacen que esté pagando una hipoteca que comparte con varios de sus familiares. Un piso en el que ellos viven pero Alejandro no, y cuya parte no le compran. Así las cosas, a Alejandro no le ha quedado otra opción que ir pidiendo ayuda. «Un conocido de hace muchos años que está jubilado me acoge en su casa desde hace un tiempo, y me pagó un montón de cosas como el teléfono, la hipoteca...», asegura Alejandro, que añade que «también me daba 10 euros para toda la semana, para que pudiese desplazarme en autobús a dejar currículos». Y es que dejó muchos. Según él, «unos 7.000 entregué en mano en lo que va de año. Los dejo por toda la ciudad y en todo cuanto pueblo llego, y fue otra de las cosas que hizo por mí este señor que me ayudó a actualizarlo». No obstante, el coruñés afirma que el hombre que hasta ahora le cobijó acaba de decirle que «tengo que buscarme una alternativa». «Ya hizo mucho por mí, y lo comprendo perfectamente», dice. Pero como primer paso para hallar esa alternativa, Alejandro necesita un techo. Eso conlleva que, tal y como él apunta, «tengo que pagarme una pensión donde dormir, y no puedo». Es así como ha llegado a pedir limosna. «Tengo que pedir en la calle para poder sobrevivir. Voy por distintos barrios, y la gente me conoce pero ya me da igual», explica apesadumbrado. También acude a veces al Refugio de Padre Rubinos y otros días va en autobús a Betanzos, donde le conocen muchos vecinos.

Lo que pide a gritos es trabajar. «Yo con un puesto de trabajo soy el hombre más feliz del mundo», declara como quien ansía una quimera. Alejandro ya no puede volver a solicitar la Risga ni presentar ningún recurso. Confiesa que «hay días en que me pregunto: ¿qué hago hoy? Nunca pensé que me iba a pasar esto, nunca me he visto en esta situación. Me da lástima andar pidiendo por la calle, que la gente me conozca», declara. Tras una breve parada, toma aire y exterioriza su lucha interna: «Pero solo si me ven podrán ayudarme», sentencia.

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«Me da lástima pedir, pero solo si me ven podrán ayudarme»