Los huracanes, como los cíclopes, tienen un solo ojo. Un azabache en su rostro blanco que escruta el mapamundi sobre el que los humanos pululamos como hormigas laboriosas, tropezando en las piedras del camino -¿se ha fijado en las hormigas?- besándonos o agrediéndonos al encontrarnos frente a frente. Para el huracán somos la nada que puebla la tierra en un sinsentido de explosiones, gritos y silencios. Una procesionaria, un desfile de luz que abarrota una geometría que el huracán ve como una maraña de asfalto que siempre conduce al mismo lugar.
El huracán pasea por los cielos se mira en los espejos del océano y se peina su larga cabellera blanca ignorando a los científicos y a sus ojos insertados en los telescopios. El sol le da en la espalda al cíclope de nubes hasta que la piel le duele y, como una hernia discal, martiriza su columna hasta el espasmo. Entonces decide darse un baño de agua salada y mete sus manos de algodón en el océano para refrescar su cuello dolorido.
El huracán es un ser vivo como nosotros y al entrar en contacto con el agua fría la temperatura de su cuerpo se altera. Un escalofrío inesperado impacta como un rayo en sus extremidades y el temblor de su sistema nervioso produce una descomunal energía que incomoda su espíritu. Resopla como Moby Dick, la ballena blanca en la que el Capitán Acab murió crucificado y los vientos se desatan. Su lengua eléctrica despide espadas deslumbrantes que consiguen hacer pestañear al mismo sol.
La tierra es grande y más grande la mar. Y sobre la mar se dirige el huracán a la costa ignorando que la mayor parte de la ribera es tierra pordiosera en la que los caminos de asfalto son pedregales y polvareda y los grandes rascacielos son tenderetes, bohíos, chozas o chabolas bajo cuya pajiza y débil protección se amparan y se aman los pobres de la tierra.
El huracán, como todos los poderosos, no distingue el bien del mal y se abate sobre la presa más débil como hacen los viejos leones incapaces de perseguir a una cebra fuerte y orgullosa.
El huracán tiene la mirada negra como la del tiburón de Steven Spielberg y su corazón es una máquina insensible como el corazón de los ordenadores del banquero. Para el huracán, la humanidad no es más que un código de barras y con un gesto displicente la desahucia y la desposee del respeto, la dignidad y la vida. A su paso deja el despojo de la batalla ventajista que acaba de librar y los cadáveres flotan en la sal del mar con sus vientres hinchados y sus ojos colgando mordisqueados por los peces de bajura. Navegan sobre los espumarajos, mecidos por la brisa que parió el viento, fotografías y muñecas, cuadernos y librillos pobres para niños de escuela pobre. Tablas que fueron armarios y ropas de domingo de Pascua. Y lágrimas, millones de lágrimas que como grano nuevo siembran el mar a la espera de una nueva cosecha.
El huracán a veces es ciego y sordomudo y se abate sobre la gran ciudad ignorando en su soberbia que durante días será portada de todos los periódicos y su rostro de ojanco abrirá todos los telediarios porque ebrio de gloria, dando un traspiés, se precipitó sobre el mundo de los ricos. Sobre el centro del centro del imperio.