«No me gusta que me hagan fotos»

A Julia López, con 80 años cumplidos y más de medio siglo dedicada a la fotografía, retirarse es algo que ni se le pasa por la cabeza


«Mírame, gira un poquito más la cabeza, guapiño. No tanto, así. ¡Quieto ahí, neno, no te me muevas!». ¡Zas! Doña Julia te retrata para el pasaporte y, como el abuelo de Gila, descubres que hay fotógrafos capaces de convertir en ingeniero a un peón de caminos. Julia López Varela (Santiago, 1932) sigue siendo, con 80 años cumplidos en mayo, el corazón de Fotos Sandine, en la compostelana Rúa do Vilar. Si van y no aparece, aguarden, que el cartel de la puerta avisa: «Voy a misa, vengo pronto».

-Toda la vida disparando...

-De los 17 a los 27 años di clases en una academia. En 1959 me casé con el fotógrafo Paco Iglesias, al que todo el mundo conocía en Santiago como Sandine y que trabajó con dos muy buenos, Arturo y Almeida. Al poco de casarnos, nos marchamos fuera y estuvimos ocho años en Caracas, allí nacieron mis hijos. Prácticamente, ayudé en la fotografía siempre.

-¿De dónde viene el mote de «Sandine»?

-Además de fotógrafo, mi marido era animador de orquesta. Y Sandine era el nombre artístico. Murió hace ya veinte años.

-No ha cambiado la fotografía ni nada en medio siglo...

-Muchísimo. Yo viví todos esos tiempos de las cámaras de fuelle, aunque ya no hacíamos explosiones para el flash, eso no [se ríe]. Estaba soltera y fui a un curso de fotografía en color que daban los de Agfa. En el bachiller y en la Universidad estudié alemán y me vino muy bien. Mi marido puso laboratorio de color en Venezuela, en sociedad con otros dos, pero, neno, en cuanto vio que la cosa funcionaba, quiso volver a Santiago, nunca estuvo contento allá. Yo me hubiera quedado, la gente era muy buena, muy cariñosa.

-¿Y no le apetece descansar después de tantos años?

-A mí me gusta el trato con el cliente. Estoy con mi hijo Gustavo, que es tranquilo, nos llevamos bien. Me va mejor estar aquí que andar por ahí paseando y perdiendo el tiempo, eso no. [Mientras habla, despacha a unos italianos una cámara de usar y tirar y a una turista le vende una tarjeta micro-SD para una cámara digital. Todo con sus correspondientes explicaciones y amable hasta el extremo].

-¿Se ha adaptado bien al mundillo digital?

-Sin querer, vas entrando. Al primer curso que hice de minilabs [máquinas de revelado] en Barcelona fui de mal humor, me parecía que yo ya no estaba para eso. Pero, neno, me vino bien y trabajé mucho tiempo con aquel minilab. Cuando me hicieron el examen, el profesor dijo: «Algunos fotógrafos que presumen mucho no han hecho un examen como el suyo». Se me quedó grabado. Como ayudante hice de todo, pero siempre de secundaria.

-Pero tiene buen ojo...

-Creo que sí. Nunca presumí de fotógrafa, pero siempre trabajé con los profesionales. Durante muchos años les revelé los carretes a los fotógrafos de los periódicos de Santiago y solo guardo buen recuerdo de ellos.

-¿Hace fotos cuando anda por ahí?

-Hago mis cosas. Los profesionales eran mi marido y el hijo. Cuando voy por ahí me gusta traer recuerdos de las compañeras, de las amigas. En el bolso llevo una cámara pequeñita, una Fuji 300 digital. Lo que no me gusta es que me hagan fotos a mí.

-¿Va marchando el negocio?

-Va tirando porque somos mamá e hijo y, si hay que apretar el cinturón, se aprieta.

-Si uno sale mal en una foto, ¿de quién es la culpa? ¿Del modelo? ¿Del fotógrafo?

-Un poco de todo. Antes jugábamos mucho con las luces, ahora menos. [Baja el tono de la voz, casi susurra]. Lo que hay ahora es poco trabajo, date cuenta de que aquí llegamos a hacer 75 carnés en el día y catorce orlas en un año.

-Que siga muchos años así...

-Que siga lo que Dios quiera. Y que no haya dolores; no te hay otra cosa.

nacho.miras@lavoz.es

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