«La aldea de Sergude siempre fue nuestro paraíso terrenal»

Los nietos del famoso pintor recuerdan sus veranos infantiles en Xornes

Maya, a la izquierda, con su hermana Ana, las dos primeras nietas del pintor Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza.
Maya, a la izquierda, con su hermana Ana, las dos primeras nietas del pintor Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza.

carballo / la voz

Es curioso, pero Maya y Fernando Álvarez de Sotomayor León, dos de los nietos del famoso pintor ferrolano, hablan a pinceladas, como si en cada frase fuesen dando color, mucho color, como su antepasado, a una infancia que fue «tremendamente feliz». Los intensos ojos azules de los dos hermanos brillan con especial intensidad cuando echan la vista atrás y recuerdan sus primeros veranos en la pequeña aldea pontecesana de Sergude, donde sus abuelos se instalaron durante la Guerra Civil. «Después venían todos los veranos y mi abuelo aquí era muy, muy feliz. En Madrid pintaba lo que le encargaban, pero en Sergude pintaba lo que realmente le gustaba», resume su nieto Fernando, que ha heredado el intenso amor de su abuelo por Bergantiños. «Mi madre echó mal las cuentas y yo nací en Portugal, pero yo me siento gallego, yo soy de Xornes», dice con humor.

«Mi abuelo pintó muchísimo aquí porque aquí, como nosotros, era inmensamente feliz», confirma Maya ante el último boceto de Álvarez de Sotomayor -el interior de la iglesia de Xornes, repleta de feligreses-, que los nietos han traído a Ponteceso con motivo del certamen de pintura al aire libre que la Fundación Pondal le ha dedicado.

La aldea pontecesana de Sergude sigue siendo el refugio de la familia Álvarez de Sotomayor. Un pequeño lugar en el que Maya y Fernando, y sus cuatro hermanas, se sentían libres cuando eran niños y en el que ambos disfrutaban del cariño de su abuelo. «Era muy cariñoso y muy niñero. Éramos sus únicos nietos y tenía una paciencia absoluta con nosotros, así que siempre le insistíamos en que nos pintase lo que veíamos por la aldea, vacas, gallinas... Y el pobre dejaba lo que estaba haciendo para pintar lo que nosotros le pedíamos», recuerda Maya, la mayor de los hermanos Álvarez de Sotomayor. Ella tenía diez años cuando su abuelo murió, pero mantiene intactos muchísimos recuerdos de aquellos veranos en los que dejaban las grandes ciudades en las que su padre, el embajador José María Álvarez de Sotomayor Castro, estuvo destinado. «Vivimos en París, Marruecos, Portugal..., pero cuando veníamos a Ponteceso estábamos todo el día con los niños de la aldea, felices, compartiendo juegos con ellos», explica Maya. «Aquí éramos libres y estábamos asilvestrados», se ríe Fernando.

«Los coches apenas se veían, así que a la playa, a la de Balarés, donde el agua estaba helada, íbamos muy de vez en cuando», cuenta el único nieto del pintor. «Pero no nos aburríamos, porque siempre teníamos algún plan, jugar al escondite, intentar ordeñar vacas, ir a la siega con los vecinos, recoger moras para hacer mermelada, disfrutar de chocolatadas...», recuerda Maya. «O simplemente nos tumbábamos al final del camino, donde ahora empieza la carretera y nos pasábamos la tarde mirando a las nubes y buscándoles formas», rememora Fernando en esa conversación a pinceladas de intenso color infantil.

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