Rastros de pastores y ermitaños en los viejos refugios paleolíticos

En Triacastela y O Courel se hallaron vestigios romanos y medievales


monforte / la voz

Muchos siglos después de que las poblaciones humanas del Paleolítico utilizasen como morada las cuevas cársticas de la montaña lucense, estos lugares acogieron de forma esporádica a otros ocupantes que se sirvieron de ellas de una forma muy diferente. Los arqueólogos que investigan los yacimientos de Cova Eirós (Triacastela) y Cova do Xato (O Courel) han encontrado rastros del paso de pastores y probablemente también de ermitaños de un período que abarca desde finales del Imperio Romano hasta la Edad Media.

Los vestigios consisten, por una parte, en restos de hogares en los que se han podido identificar diferentes especies vegetales empleadas como combustible. En Cova Eirós, los residuos de hoguera aparecieron dentro de un hoyo que en otro momento fue utilizado como silo de cereales. En ambos lugares aparecieron además numerosos fragmentos de cerámica.

En el yacimiento de Triacastela, estos restos fueron hallados en dos niveles arqueológicos que en opinión de los investigadores pueden datar de entre los siglos IV y V. Las muestras de cerámica encontradas en este lugar son del tipo conocido como terra sigillata, característico de la época romana. No se trata de una alfarería de uso común, sino de un material de notable calidad que posiblemente tuvo un uso simbólico de carácter religioso. Según explica Arturo de Lombera, codirector de las excavaciones de Cova Eirós, «la hipótesis que se maneja es que estos restos estén relacionados con una ocupación de tipo eremítico, correspondiente a una época en la que el cristianismo ya se había implantado en el noroeste, pero en la que todavía no se habían desarrollado las comunidades monásticas». La proximidad del monasterio de Samos, cuyos orígenes datan de principios de Edad Media, parece reforzar esta suposición.

Por lo que respecta a la Cova do Xato, los vestigios arqueológicos corresponden a un período mucho más tardío, de entre los siglos X y XI. En este caso, los arqueólogos creen que los rastros fueron dejados por pastores que utilizaron ocasionalmente como refugio la gruta, situada en un paraje aislado a unos mil metros de altura.

Reorganización territorial

La ocupación temporal de cuevas -comenta De Lombera por otro lado- es un rasgo característico de la desarticulación y la reorganización de los espacios poblaciones tras la desaparición del Imperio Romano. El patrón de poblamiento sufrió grandes cambios y fue entonces cuando se formó la organización de parroquias y pueblos que ha perdurado hasta hoy. «En esa etapa, las cuevas desempeñaron un importante papel como espacio complementario, sobre todo para usos pastoriles, aunque nunca volvieron a ser habitadas como en el Paleolítico», añade.

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