La energía nuclear: año I tras el desastre de Fukushima

El sector energético nuclear resurge con fuerza un año después del desastre de Japón


El tsunami que asoló la costa japonesa hace un año dejó tras de sí un reguero de muerte y desolación y también una víctima indirecta, herida casi de muerte 25 años antes tras el accidente de Chernóbil: la industria nuclear. El tiro de gracia al proyecto de la energía atómica llevaba el nombre de Fukushima, lugar donde se asienta la central nuclear barrida por la gran ola. La destrucción de sus reactores tuvo en vilo al planeta, que sopesó que los beneficios de la energía atómica no compensaban las posibles consecuencias negativas de la industria. Las reacciones de los gobiernos occidentales no se hicieron esperar. Uno tras otro fueron reconsiderando sus proyectos nucleares. Países como Italia, Bélgica, Suiza y Chile se sumaron a la causa antiatómica, pero tras el miedo inicial que siguió a los días del accidente, muchos otros olvidaron las promesas hechas en un primer momento para reafirmar su apuesta por el campo nuclear.

A raíz del accidente Alemania ordenó un estudio sobre la seguridad de sus 17 centrales nucleares y anunció la paralización de las siete plantas más antiguas durante la moratoria de tres meses establecida para verificar la idoneinad de sus instalaciones. La medida fue considerada como una maniobra política por los opositores de Merkel, que la tildaron de oportunista ante los comicios que estaban a punto de celebrarse en varios estados alemanes. Las manifestaciones antinucleares consiguieron reunir a 250.000 personas en las principales ciudades del país logrando que dos meses después de la catástrofe de Fukushima la canciller Angela Merkel adelantara el apagón nuclear para priorizar el desarrollo de energías alternativas al considerar que la energía atómica «no estaba preparada para hacer frente a la violencia natural». Esta decisión fue tachada de precipitada por algunos expertos.

Francia, el país europeo que más había apostado hasta por este tipo de energía, frenó igualmente su carrera nuclear. Dos semanas después de la tragedia de Fukushima, Nicolas Sarkozy anunciaba el cierre de todas las centrales nucleares que no superasen las pruebas de resistencia establecidas por la Unión Europea tras una reunión extraordinaria de urgencia de los ministros europeos de Energía. Dichas pruebas pretendían verificar la seguridad de las centrales del continente ante una hipotética catástrofe natural. A pesar de acatar las decisiones de la Unión Europea, el país galo defendió la idea de dejar en manos de cada nación la decisión de optar o no por la energía atómica y dejó claro su posicionamiento a favor de este tipo de instalaciones cuando el pasado mes de febrero el presidente visitó el reactor más antiguo de Francia, activo desde 1977, para garantizar su continuidad.

También España continúa adelante con el proyecto energético nuclear. Un día después del accidente de Fukushima, el entonces ministro de Industria, Comercio y Turismo del Gobierno de España, Miguel Sebastián, salía al paso para defender que las centrales nucleares eran seguras y que seguirían funcionando con normalidad. A pesar de estas declaraciones el temor se hizo palpable en el país, sobre todo en aquellos municipios con centrales nucleares. Debido a la alarma desatada fueron muchas las voces que plantearon la conveniencia de reformular las bases sobre el uso de la energía nuclear, trasladando el debate a la calle. Varias encuestas dieron cuenta de la oposición ciudadana a este tipo de energía. Se produjeron manifestaciones ante las centrales de Garoña y Almaraz e incluso varios municipios y partidos políticos propusieron la «desnuclearización» de zonas concretas del país. Ante las críticas que lo acusaban de estar «cruzado de brazos», el Gobierno encargó una revisión completa de todas las centrales nucleares españolas e informes sobre el riesgo sísmico y de inundación de las instalaciones y prometió cerrar aquellas que no superasen las pruebas de resistencia. Un año después del suceso de Fukushima, el Gobierno de Mariano Rajoy ha puesto en marcha los trámites para prorrogar la vida de Garoña hasta 2019, después de que Jose Luis Zapatero hubiese ratificado su cierre para 2013.

A pesar de la crisis de Fukushima la República Checa, Finlandia, Lituania, Polonia y Suecia también han anunciado planes nucleares, aunque están todavía sin concretar. Más avanzados van los proyectos de Estados Unidos, que el pasado 9 de febrero y tras un parón de 33 años autorizó la construcción de dos reactores. Apenas 6 días después el primer ministro británico David Cameron ratificó su compromiso con la energía atómica y por el mismo camino van los países en desarrollo, como China, más preocupado por dar respuesta a sus necesidades energéticas que por un accidente nuclear.

Solo doce meses después de la crisis de Fukushima la realidad presenta dos vertientes distintas: una liderada por los pronucleares, que ven el panorama actual como un síntoma de recuperación de la confianza y control total de la situación y otra representada por los ecologistas, que consideran que se ha impuesto un lavado de cara que niega la verdad de lo sucedido.

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