Me parece mentira que hayan pasado ya 35 años desde que vine por primera vez a Fisterra desde mi lejano Perú. Un pueblo que me fascinó por la belleza de su paisaje, la tranquilidad que se respiraba lejos de las prisas de las ciudades, la seguridad y la libertad con la que se podía transitar a toda hora por sus calles y, principalmente, el carácter amable y acogedor de sus gentes.
Esta nueva realidad, no muy diferente a la de la sociedad limeña en la que había vivido en cuanto a sus costumbres y a su cultura, pero con unos matices diferenciales y con una idiosincrasia diferente, hizo necesario ir adaptándose sin por ello perder el bagaje cultural original. La tolerancia de las diferencias, el respeto a las costumbres de la sociedad de acogida y la adaptación a las mismas y un espíritu plenamente democrático hizo posible mi integración en este mi terruño actual, al cual pertenezco no por haber nacido en él sino porque voluntaria y conscientemente lo he hecho mío, lo que no quita que cariñosamente sea conocido en Fisterra con el apelativo de «el peruano».
Aquí he formado mi familia y he ejercido y sigo ejerciendo como profesor de muchas generaciones. Aquí he luchado y sigo luchando por el progreso y por el bienestar de mis convecinos desde las distintas instancias sociales y políticas (Alcaldía, Club Náutico, Asociación de Vecinos, Cruz Roja, Centro Cultural y Recreativo, etcétera) en las que me ha tocado participar, con mayor o menor acierto, pero con la firme voluntad de servir al bien común de todos.
Fisterra es un modelo de cosmopolitismo por la huella indeleble de los miles de emigrantes en Argentina, Venezuela, Perú, Alemania, Suiza y muchos otros países del mundo y hoy es tierra de acogida de personas provenientes de más de 20 países y de distintos continentes, los que aportan a la sociedad fisterrana su riqueza cultural y su singular forma de ser.