El paraíso de los gnomos que se esconde en Lago

Una vecina de Valdoviño transforma la finca que rodea su vivienda en un escenario de cuento fantástico, a base de materiales que han quedado en desuso


Ferrol

En la carretera de Ferrol a Valdoviño por Meirás, un poco antes de la rotonda de Robles, llama poderosamente la atención de todo el que circule por esa vía el jardín frontal de una casa, que está repleto de objetos pintados de rojo con lunares blancos. Es el paraíso fantástico que ha logrado crear en el entorno de su vivienda María de los Ángeles Rodríguez Lamas desde que se jubiló, hace dos años. Tenía invernaderos de flores y cuando dejó de trabajar comenzó a entretenerse haciendo setas con material de los invernaderos y enseres domésticos que ya no utilizaba, como platos, ollas, vasos, lámparas y sartenes. Cualquier cosa le servía para hacer el pie y el sombrero de una nueva pieza, que recubría con hormigón y después coloreaba de rojo y blanco. Así fueron surgiendo las primeras setas que poblaron su colorido jardín, a las que después fue sumando figuras de animales que hacía con musgo y ramas durante el invierno, piedras convertidas en mariquitas también de color, zapatos de cemento y un sinfín de elementos diversos que suman varios centenares.

Los alambres que quedaron de sus invernaderos también la inspiraron para crear figuras de animales a gran tamaño e incluso la suya propia. «Intenté hacer una Menina con alambres enrollados, pero no me gustó como quedaba y me hice a mí misma, con la forma de la ropa que llevaba el día de la boda de mi hijo», manifiesta María de los Ángeles en un recorrido por su amplia obra, que no se limita al frente de su casa, sino que ya abarca todo el contorno de la finca trasera y la zona de descanso habilitada con hamacas, todo pintado de rojo y blanco, en la que destaca una extraordinaria casa de juegos que encargó para su nieta y que se hizo con las vigas de madera de castaño de una panadería de 1939. «Yo aprovecho todo, incluso las ramas de la poda de la parra», asegura, mostrando un banco de jardín con respaldo en el que convirtió la cuna que fue de su hijo, o los faros, que jalonan la huerta, hechos con macetas viejas y tuberías.

En verano trabaja poco en su singular jardín, porque le gusta mucho ir a la playa, manifiesta, mientras echa mano de una larga manguera doblada que está en el suelo y que en invierno pretende convertir en una serpiente.

María de los Ángeles -no le gusta mucho salir en la foto- es consciente de que su obra no resulta del agrado de todos, comenzando por su propio marido, quien, riéndose, la define como «chatarra», pero ella se muestra encantada y está dispuesta a seguir incrementando su jardín fantástico.

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