«Pontedeume es precioso, pero lo que te hace venir es la gente»

«He traído a toda mi familia y a todos mis amigos, y aquí he pasado las mejores Navidades de mi vida», declara el madrileño Francisco Blasco, que veranea en Pontedeume desde 1974

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PONTEDEUME / LA VOZ

En 1968, Francisco Blasco (Madrid, 73 años) pasó unos días en Cabanas con sus tíos -«me gustó»-; en 1971 regresó con su hermana y su cuñado, que alquilaron una casa por un mes en Pontedeume; y en 1974, al año siguiente de casarse con la también madrileña María del Carmen Meco, le propuso pasar las vacaciones en Galicia. «Vino con cara de pocos amigos». Pero el enfado apenas duró y, 44 años más tarde, continúan veraneando en Pontedeume. «Éramos jóvenes, en seguida conocimos gente del pueblo, estupenda, compartíamos queimadas, salidas, excursiones...».

Al principio arrendaban una de aquellas viviendas «humildes» de la calle Real o la calle Santiago, de un tiempo «de corredoiras, nada que ver con las calles y las pistas de ahora». «Cuando llegamos poca gente tenía coche y a la playa de Ber lo mismo íbamos unas cien personas, pero la gente ha prosperado y ahora, si llegas más tarde de las tres y media, ya casi no encuentras sitio», cuenta Paco, como es conocido este empresario jubilado. Después compraron un piso con vistas a la ría, en el que se juntan en agosto con sus hijas, sus yernos -uno de ellos eumés y el otro asturiano, al que conoció un verano en una excursión con amigas desde Pontedeume- y sus nietos. «Siempre veníamos de vacaciones en agosto y nuestras niñas nacieron el 9 y el 10 de mayo», comenta, entre risas.

¿Qué te mueve a volver? «El amor a la gente, aquí hemos hecho amistades de verdad, muchos afectos... Lo que funciona y lo que queda son las personas, un puente para seguir en la vida», reflexiona Paco. Desde que se retiró, él y su mujer se escapan siempre que las obligaciones familiares se lo permiten. «Algún sábado de invierno por la mañana, aún en la cama, ‘¿qué hacemos hoy?, vámonos a Pontedeume’. Y mi mujer, ‘estás loco...’ y al momento me preguntaba ‘¿qué te meto en la maleta?’. Salir a las diez y media y volver el domingo por la tarde». En su memoria guardan nombres que ya son historia, como Casa Emérita o la tienda de Eloísa: «Tenían de todo». «Es un pueblo precioso y la temperatura es una gloria. He traído a toda mi familia y a todos mis amigos. Aquí he pasado las mejores Navidades de mi vida, cenas de Nochevieja con amigos en El Yoli».

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