Toda la vida que cabe en un siglo

De niña, la ortegana Inés Martínez Yáñez cuidaba las vacas, y con 16 años cargaba a cuestas pizarra de la cantera de O Viso y roturaba el monte, y ahora las sombras de la demencia la retienen lejos


ORTIGUEIRA / LA VOZ

La demencia la retiene en su mundo, del que a veces escapa para recordar. Inés Martínez Yáñez nació el 21 de abril de 1918 en O Viso (Céltigos, Ortigueira) y el domingo festejó con su familia su centenario. «Fuimos seis, cinco chicas y un chico. Josefa, la mayor, que nació ciega; Maruja, que ya falleció; Ana, Lola, Pepe y yo», cuenta Teresa, la benjamina. Su madre vive con ella. «Su nombre y sus apellidos no se le han olvidado, ni O Baleo, donde vivió, ni el nombre de Josefa. En el álbum familiar es a la única a la que reconoce». Pero a veces hace trampas. Lola y Maruja emigraron a Suiza y ella crio a sus tres nietos. Ahora, cuando le preguntan, dice que no sabe quiénes son, pero guiña un ojo.

«De mis otras hermanas solo sabe que son algo suyo y repite ‘son miñas’», relata Teresa. Antes de que la enfermedad se la llevara lejos, con frecuencia evocaba su infancia. Inés no pudo ir a la escuela, de mayor aprendió a escribir su nombre, identificaba las letras y las enlazaba. Con seis años ya tenía que ocuparse del cuidado de las seis vacas y con solo 16 trabajó en la cantera de O Viso, cargando con la pizarra a cuestas desde el interior de la mina, para subir por una escalera y sacarla al exterior. Cuando en su mente, hoy gobernada por las sombras, aún mandaba la luz, le gustaba narrar cómo, de jovencita, «cavaba na roza [roturar el monte]» para poder plantar trigo.

Su marido era cartero

«Incluso después de casada, aún en el año 48, embarazada de mi hermana, nos decía que iba a cavar... Tuvo una vida muy dura, de mucho trabajo, y con la hija mayor ciega», reconoce Teresa. Su padre, José Giz Rey, que falleció en 1992 con 75 años, era cartero. Cuando se casaron se fueron a vivir al lugar de Agromaior, en Ladrido, y más tarde se mudaron a O Baleo, donde se quedaron Inés y Josefa hasta que ya se trasladaron a Ortigueira, primero a casa de Lola, donde sigue viviendo Josefa. A Inés, ni la edad ni las sombras han logrado quitarle la alegría. Siempre le ha gustado cantar, piezas gallegas como A saia de Carolina, y le encanta colorear y hacer puzles. Las tardes solía reservarlas para la partida, una brisca con sus amigas Celina, Josefa, Lola o Visita.

«Muy peinadita y arreglada»

Tampoco ha perdido la coquetería. «Nunca ha querido ir de oscuro, le gustan los colores y sobre todo el blanco; siempre iba muy peinadita y muy arreglada, para bajar al mercado o para cualquier cosa. Y ahora también, para la fiesta de cumpleaños le cambié los pendientes y me pidió las perlas, mejor las grandecitas que las pequeñas», indica Teresa. En la celebración del centenario, el domingo en el restaurante Os Vellos, junto al paseo marítimo de Espasante, se juntó casi toda la familia, e Inés recibió un ramo de flores y disfrutó desempaquetando los regalos. «Físicamente está muy bien, aunque camina poco, de la habitación al salón [...]. Come de maravilla, le encanta el pescado, la carne nunca ha sido lo suyo», detalla su hija pequeña. El domingo cantó el Cumpleaños feliz, rodeada de los suyos.

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