El gran viaje


Decía Gabriel García Márquez, entre otras muchas cosas, y además de aquello de que uno escribe para que lo quieran más -permítanme citarlo de nuevo-, también decía que hay lugares en el mundo en los que uno siente que, nada más volver a ellos, se le recomponen el alma y el cuerpo. Él, naturalmente, se refería a la Aracataca colombiana en la que nació, a la tierra que su literatura fue convirtiendo en Macondo para siempre. Pero eso no solo ocurre con el lugar en el que uno nace. A mí, por ejemplo, si me permiten comentarles una experiencia personal, me sucede lo mismo, invariablemente, cuando atravieso la Terra Chá, en la que buena parte de los de mi propia sangre tienen sus orígenes. Hay algo verdaderamente mágico, siempre, en las raíces. Y esa magia, lejos de desvanecerse con el paso del tiempo, va creciendo conforme los años pasan. La afirmación de García Márquez, a quien me he permitido volver a citar aun a sabiendas de que a la hora de escribir una columna la mejor opción no es, precisamente, empezar invocando lo que otros dijeron, cobra fuerza cuando tomamos conciencia de que por lo general, y en contra de lo que antes pensábamos, todo lo que nos decían, cuando nosotros éramos jóvenes, los que habían vivido una vida entera, era completamente cierto. Cuando a uno lo emocionan los paisajes de su propia existencia, por más que los haya visto mil veces, tal vez no haya hecho el viaje en vano. A mí me gusta mucho ir a la Terra Chá por As Pontes, y después seguir camino, por Abadín, hacia Mondoñedo, para a continuación bajar al Valadouro y, tras pasar por Viveiro y Ortigueira, seguir camino, mientras baja el sol, hasta ver el mar de Ferrol de nuevo.

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