«En Ortegal se gestó todo, está la nube y el cambio de paisaje»

«El pasado que seré» narra una intriga en torno a la vida, la inmortalidad y la industria farmacéutica


ortigueira / la voz

Primero fue el final. Y a partir de ahí, Fernando Rodríguez Montero -nació en Alemania, de familia extremeña, se crio en Madrid y desde hace 13 años vive en Ortigueira, donde regentó, junto a su pareja, Ingrid López, la casa de turismo rural Ultreia- fue desgranando una historia sobre la vida, la inmortalidad y el controvertido mundo de la industria farmacéutica, vertebrada a través de los faros, la literatura clásica griega o el mar, que atrapa al lector desde las primeras páginas. El pasado que seré, publicada por el autor a través de la editorial Bubok (en versión digital y en papel, aún disponible en librerías de Ortigueira, Espasante y Viveiro), surgió como una especie de terapia para este escritor novel. «Lo empecé para mí, en un momento de tránsito vital. Soy un poco búho y por las noches escribía frases que piensas o escuchas, pensamientos que a veces son contradictorios, como la vida; era una forma de darles cierta armonía, una continuidad. Y cuando vas por la página 200 dices, ¿y ahora qué hago?», cuenta.

El ansia de ayudar le llevó en su día a la India, donde pasó tres años, uno de ellos trabajando en la Fundación Vicente Ferrer, y hace apenas dos años, a la isla griega de Lesbos, como voluntario para apoyar a los refugiados (No me llames refugiada es el título de su próximo libro, ya acabado). Confiesa que se nutre de las lecturas y, sobre todo, de la amistad: «Mis maestros han sido mis amigos, por suerte los he tenido de izquierdas y de derechas, pobres y ricos, con los que coincides en cosas y en otras no, pero de los que siempre aprendo y a los que admiro». Para entender el presente hay que saber de dónde vienes, dice un personaje de la novela. «La historia es importante, otra cosa es que la interpretemos bien o pueda suponer un lastre; la tradición, en ocasiones, paraliza...». En el libro combina el monólogo y los diálogos, algo que al principio desconcierta, pero no tarda en enganchar.

La trama discurre en entornos casi siempre urbanos. ¿Qué hay de Ortegal? «Es el lugar donde se gestó todo, está esa nube y ese cambio de paisaje, ese cambio radical de humor. Físicamente, aparece Estaca de Bares, y Eugenio [Linares], el farero». El torrero de ficción se llama Eulogio. «Es el único personaje real, solo le cambié el nombre; y es la anécdota del libro, porque durante años oí hablar mucho de él, pero no le daba conocido, y me lo imaginé, y casi la clavé, aunque es un poco más pícaro en la vida real», ríe. Del proceso de escritura, además del aprendizaje, le ha sorprendido «que, si les das tiempo, las cosas encajan». La sensación le gusta, igual que haber superado el reto: «Te da vidilla».

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«En Ortegal se gestó todo, está la nube y el cambio de paisaje»