Ortegal, potencia en resina de pino

Un resinero alquila mil árboles en Loiba, en Ortigueira, para extraer esta sustancia, una actividad compatible con el aprovechamiento forestal y otros usos del monte

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Ortegal, potencia en resina de pino Un resinero alquila mil árboles en Loiba, en Ortigueira, para extraer esta sustancia, una actividad compatible con el aprovechamiento forestal y otros usos del monte. Los vecinos de la zona usaban la resina en la posguerra para iluminar las viviendas

Ortigueira

En los primeros años de la posguerra, cuando Pascual Caínzos, de 84 años, era un niño, él y otros vecinos de la parroquia ortegana de Loiba aprovechaban las bolas de resina que se acumulaban en los nudos de la corteza de los pinos para iluminar las viviendas. «Queimábamola para ter luz de noite, nun cacharro, coma un candil, que facía o ferreiro, cunha mecha que faciamos con fíos de algodón dun cobertor. Metíase na parede e daba luz para dúas ou tres habitacións», recuerda. Nadie volvió a interesarse desde entonces por esta sustancia natural, pegajosa, de olor característico, de la que se obtiene, tras una primera destilación, una pequeña porción líquida -aguarrás o esencia de trementina- y una parte sólida, la colofonia, empleada, tras sucesivas destilaciones, en farmacia, cosmética o alimentación, según Francisco José Domínguez (Bueu, 1978).

Este resinero autónomo, con estudios de perito forestal, trabaja de la mano de Alternativas Forestales, una firma creada hace poco en Galicia con el fin de potenciar otros usos del monte (setas, resina, etcétera), al margen de la madera, mediante una gestión integral y sostenible. «En Galicia, la extracción de resina es algo pionero, estamos probando técnicas a partir del método que utilizan en Segovia, donde llevan haciéndolo toda la vida», explica. El Pinus pinaster, conocido como pino del país, «es el mejor porque es del que se extrae más resina y el que mejor se deja trabajar», señala, aunque también se pueden utilizar las variedades insigne o silvestre (alta montaña). 

De cada ejemplar (a partir de los 20 centímetros de diámetro, que se alcanzan en 18 o 20 años), «un buen resinero, con experiencia», precisa Domínguez, extrae entre tres y tres kilos y medio de resina al año, «pero hay pinos que han llegado a dar 12 y otros no pasan de 500 gramos, porque están muy sombreados o muy torcidos». Este profesional trabaja con mil pinos, en Loiba, 68 de su propiedad y el resto alquilados a distintos productores. «Esa es la principal dificultad, conseguir pies, porque aquí las fincas suelen ser de muy poca superficie. Trabajo en alguna de 15 y la más grande, hasta 250. Al principio [se inició con 68 pies hace tres años] había cierta desconfianza, la gente debe tener claro que el árbol no sufre y que puede vender la madera igual», recalca.

«Cualquier persona que tenga 5.000 pinos puede vivir de la resina [que él vende a la fábrica segoviana Resinas Naturales], obtendría 16.000 euros brutos al año», asegura. Los contratos que suscribe son por tres años y en algún caso, al margen o incluso en sustitución de la parte económica (un 10 % del montante bruto generado), incluye labores de desbroce y mantenimiento. «En el monte, el resinero es un peón multidisciplinar, que mantiene limpio el bosque y lo vigila [...]. El monte te devuelve mucho, el pinar es muy agradecido», subraya.

Dos comunidades de montes vecinales de Ortegal, la de Mañón y una de Cariño, se han interesado ya por el aprovechamiento de la resina. «Galicia y esta comarca tienen un potencial increíble, pero hace falta gente formada y por fin, después de tres años, hemos conseguido que las Administraciones gallegas organicen el primer curso», resalta Domínguez. El Concello mariñano de O Vicedo promueve un taller, con financiación de la Xunta, que se impartirá este otoño.

A Pascual Caínzos le satisface ver que el pinar que conoce desde niño «dá un rendemento» y que la resina podría convertirse en un yacimiento de empleo para muchos jóvenes de la zona.

Un trabajo que exige dedicación y herramientas específicas, como una bici-carretilla 

La extracción de resina requiere cierta habilidad y, sobre todo, mucha dedicación, además de herramientas específicas. El trabajo comienza en invierno. «Reduces la corteza al mínimo posible [en una superficie que no puede superar los 12 centímetros de ancho y los 50 de alto, según la normativa castellanoleonesa; en Galicia no está regulado], sin llegar a tocar la parte viva; se llama derroñar y se hace con un barrasco. Y colocas la grapa [pieza metálica muy fina en forma de v], por donde caerá la resina hacia el recipiente», explica Francisco.

Tras la parada biológica (con el clima de la zona podría extraerse resina todo el año), en febrero comienza el auténtico trabajo de resinero. Consiste en realizar un corte horizontal con una azuela (o escoda) de tres centímetros de ancho en la superficie ya pelada y aplicarle un estimulante químico de los canales resiníferos [favorece la excreción]. Así, una vez cada 12 días. Queda la remasa: la resina acumulada en los potes se vacía cada mes y medio en un depósito de mayor tamaño, con la ayuda de una especie de bicicleta-carretilla.

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