ORTIGUEIRA / LA VOZ

«El Festival de Ortigueira no es cosa menor, dicho de otra manera, ¡es cosa mayor!», proclaman Lara, Iñaki y Paulo, tres jóvenes de Espasante, que comparten mesa con sus amigos madrileños y barceloneses en la acampada de la playa de Morouzos. Los catalanes han recorrido 1.200 kilómetros para viajar a «Ortigueiras», como se empeñaba en llamarle su amigo capitalino Miguel Ángel. Juegan a la pirámide, en busca de un pretexto para beber. Mientras, del hipermercado Gadis salen carros rebosantes de cerveza, «por si se agota el vino», justifica un estudiante de Física.

Pero no todo es tan líquido en el Mundo Celta. Sergio, sevillano, y sus compañeros jienenses Gema y Juan (por duplicado) devoran en el pinar el salmorejo que se han traído de casa, en BlaBlaCar. Dos de ellos son músicos, uno traductor y Sergio cuida de sus gallinas. «Me rasco los huevos», resume, sin que suene a grosería, y muestra lo que queda de la docena que se ha traído de tierras hispalenses. Faltan otros 23 (entre andaluces, gallegos o manchegos), los que completan la cuadrilla. Unos repiten y otros se estrenan, «por el sitio, por la música y por los conciertos, es el festival más tranquilo».

Músicos japoneses y eslovenos

La mayoría de los campistas se perdieron la inauguración de la trigésimo tercera edición del Festival Internacional do Mundo Celta, a última hora de la tarde en la plaza de Isabel II. «É un acto para a xente do pobo», explicaba hace unos días Loli Pérez, artífice del renacer del evento, en 1995, cuando se concibió la ceremonia de apertura. El alcalde, Juan Penabad Muras, dio la bienvenida e invitó a todo el mundo a gozar del festival -«grazas por vir e facernos sentir importantes»-, y agradeció la ayuda de las Administraciones central, autonómica y provincial, y de los patrocinadores privados. Y la concejala de Cultura, Mª Isabel González, incidió en la diversidad de la oferta -talleres y conciertos en el teatro e incluso en la iglesia- y en la presencia de músicos japoneses y eslovenos, «la nota original de este año». Tras el izado de las banderas de las naciones celtas sonaron las gaitas bretonas, escocesas y gallegas, una ya vieja hermandad.

«La desconexión es total»

Por suerte para los más perezosos, el servicio de buses de la villa a la playa funcionó con normalidad, tras la suspensión de la huelga. Aun así, el paro del transporte dejó damnificados, folkies que tuvieron que optar por el coche, muy a su pesar. Los aparcamientos más próximos al núcleo urbano ya se habían desbordado a primera hora. Las eumesas Aroa, Anabel y Concha, y la pontesa Andrea recalaron en Ortigueira a media mañana. En Santiago comparten piso y en Morouzos, tienda. Reincidentes, «por la música, el ambiente, porque puedes hacer lo que quieras y la desconexión es total». Anoche planeaban «subir» a la Alameda para conocer a los grupos finalistas del Runas, Noreia (Eslovenia), Gabriel G. Diges (Irlanda) y Koji Koji Moheji (Japón). Cosmopolitismo musical y cultural. «¿Ligar? Sí, bueno, se conoce gente de mogollón de sitios».

A otros los motiva el anuncio de Gadis. «Buenísimo, se lo ganan, y vamos el jueves por la noche a los conciertos para verlo», confiesan Pachón, Rayven y Chucky, tres de los 30 madrileños que han levantado su ciudadela en el bosque de Morouzos. ¿Más razones? «La naturaleza, la acampada gratuita y la libertad». El espíritu del festival se percibe en calles, tiendas y bares, con un bullicio insólito el resto del año. En los jardines del Malecón, rodeados de artesanos, huele a pulpo recién cortado y perritos calientes. Y de fondo, siempre se oyen las gaitas.

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El Festival de Ortigueira «es cosa mayor»