La panadería Santa Rita de Xuvia, en Neda, dice adiós después de medio siglo: «Son muchos años y te da pena, hemos vivido para esto»
NEDA
La popular tahona cerró el sábado, mientras otras siguen adelante pese a la caída del consumo de pan, la competencia del producto industrial y la ausencia de mano de obra cualificada
01 feb 2026 . Actualizado a las 18:05 h.Hace 49 años que Montserrat Casal y su marido, Antonio Castro, abrieron la panadería Santa Rita en Xuvia, Neda, que cerró el 31 de enero. «Nos costó mucho decidirnos, estás aguanta, aguanta... porque son muchos años y te da pena. No sabemos de otra cosa, hemos vivido para esto», reconoce esta mujer entregada al oficio. «Mi marido viene de una familia de panaderos y a mí me gustó mucho desde que empecé, pasé aquí la juventud, pero no me importa», añade a pocos días de clausurar el negocio. «Llega un momento en que hay que cortar», insiste, sin descartar la posibilidad de venderla. Alquilar, en ningún caso, dice.
Su marido ya lleva un tiempo retirado. De él aprendieron sus hijos, que comparten profesión, cada uno con su establecimiento (en la avenida de Vigo y la calle Paraguay, en Ferrol, y en A Gándara). «Esto es muy sacrificado, pero si haces lo que te gusta...», dice Montserrat. ¿Cuál es el secreto del pan de Santa Rita? «No sé si es ponerle cariño o buenas materias primas [risas]. No sé qué tiene, a unos les gustará y a otros no, eso es especial de cada uno, pero siempre hemos tenido suerte. Cuando se sabe que el pan te gusta es en Navidad, porque quieres tener un buen pan en la mesa, y te encargan un bollo de quilo y medio o de dos», responde.
Aquellas piezas de 5 kilos
Pero en casi medio siglo de trabajo diario —«cerramos los lunes, por el personal, pero tú siempre sigues haciendo cosas, preparando para el martes»—, todo ha cambiado mucho, «en todos los sentidos». Esta empresaria recién jubilada sostiene que «el pan que se hacía antes aún era mucho mejor que el de ahora», y recuerda las piezas de cinco kilos que vendían en porciones, muchas en el antiguo mercado central, en Ferrol, «arriba del todo... cada uno llevaba el trozo que quería». Ahora, lamenta, «la juventud ya casi no come pan, bajó muchísimo el consumo, y si vas vendiendo es porque han cerrado muchas panaderías». Confiesa su extrañeza cuando en un restaurante le preguntan si quiere pan: «Antes era impensable, si faltaba el pan en la mesa no había nada».
Destaca, orgullosa, que Neda «es cuna de buen pan desde hace muchos años, fue cogiendo fama, dejaron buenas raíces los que había antes». Y le llama la atención que ahora todo el mundo hable de masa madre —«es el formento de toda la vida, que siempre hemos usado»—. Cree que sus clientes echarán de menos el pan, «pero lo que más, lo más típico, son las empanadas». La demanda se dispara en verano, en Navidad y en las fiestas: «Asamos muchísimos lacones, aún tenemos cinco encargados para mañana [comentaba hace unos días]». A ella le va a costar dejar de ir a la Festa do Pan de Neda: «Era un disfrute, de verdad».
Montserrat Casal ha dado algunas de las claves de la situación que atraviesa el sector, como la caída del consumo de pan o el cierre de tahonas en la comarca, en parte por la dificultad para encontrar mano de obra. En Moeche, de tres solo ha sobrevivido una, la de Santa Cruz, que reabrió hace cuatro meses Ariel Flores Ayala. Miguel cerró por jubilación, y Amador, al menos de forma temporal, por problemas de salud. En Mañón ya hace un par de años que desapareció la última tahona, en O Barqueiro. As Somozas y Monfero tampoco disponen de este tipo de negocio, y en Cerdido, el municipio menos poblado de la zona, funcionan dos. «Levamos desde 1966. Daquela collérona meus avós, antes tivéraa un tío meu e xa viña doutro señor, e agora lévoa eu», cuenta Bárbara Vilela, cuyo apellido da nombre a la tahona. Con 43 años, es de las más jóvenes del sector: «Estudei comercio e márketing, pero isto gústame, porque foi o que mamei... pero o día que se xubile miña nai paso a chave».
Jornadas de más de 12 horas
Las dos se encargan de cocer y gestionar, en jornadas que pasan de las 12 horas, y tienen dos empleados. «O gran problema agora é atopar xente para traballar», constata. Ni para el obrador ni para el reparto. Con despacho en A Barqueira, la panadería Vilela distribuye barras (de trigo y blancas), roscas, bollas, bollos, empanadas y dulces por Cerdido, Moeche y As Somozas. Bárbara recuerda la pandemia, cuando el repartidor del pan «era a única persoa que vían en moitas casas, xunto co pescadeiro». Más de una vez, aparte de panaderos, hacen de «psicólogos, médicos...».
En las ventas notan las patronales y el verano —«veñen moito de Cedeira»—, tanto en productos dulces como en salados. Igual que ocurre en la panadería Prados, en San Román (Cedeira), otro negocio familiar: «Fundárona meus bisavós en Esteiro, miña avoa estivo de aluguer en varios sitios e despois veu para San Román (primeiro arrendou e despois vendéronlla), e miña nai puxo outra. Nós levamos corenta anos. Somos tres irmás, ten que haber xente da casa, se non, só con empregados isto non se fai», apunta una de ellas. La plantilla se completa con otras cinco personas. El abarrote turístico estival se traduce «no dobre ou en tres veces máis» de faena en el obrador.
Los «patrones» van a menos
Mónica Muíño, de la panadería Os Novás (Cerdido), incide «na diferenza que hai do inverno e o verán, e tamén as fins de semana, e as festas, aínda que se vai perdendo a tradición de celebrar os patróns coma antes». Tiene 52 años y se integró en el negocio fundado por su hermana y su cuñado cuando se casó, junto a su marido. «Pero xa empecei a axudar cando saín da escola, aos 14 anos», relata. Reparten por Cerdido, A Barqueira, Santa Cruz (Moeche), Montoxo y San Román (Cedeira), y los viernes y los sábados, también dejan pan en tiendas y supermercados, además de trabajar con el restaurante Delfino (Moeche). Y admite que el reparto «é complicado para que sexa rendible»: «Tes que andar moitos quilómetros, e a algúns sitios van dous panadeiros, a xente está acostumada a ter pan fresco todos os días, aínda que sexa un chusco o unha barra... se non deixas de ir é pola xente maior». Es una queja compartida por las tahonas consultadas. Si mantienen la venta a domicilio, no es tanto por el negocio como por prestar un servicio a personas de edad, solas o en pareja, que han sido fieles a su panadero durante décadas.
Una de empanada
Cada establecimiento tiene su especialidad, y en Os Novás, la empanada más característica es la abierta de raya. «Empezouse a facer por Cedeira, e despois foi vindo para aquí», apunta Mónica, que no ve relevo generacional. «É un oficio complicado, porque estás constantemente aquí [cierran el domingo], pero a vida lévate, telo na casa... e agora que vou facer», se pregunta entre risas.
Ana y Pepe Sampayo tampoco encuentran a nadie en la familia dispuesto a continuar con la tahona que montaron sus padres hace 66 años en Laraxe (Cabanas): «Primero hicieron la panadería y el horno, con una habitación para vivir, y después construyeron arriba», repasa. El tercero de los hermanos, Manel, ya se jubiló, Ana tiene 61 años y Pepe 57. Desde el principio funcionó como horno y ultramarinos. «Mi madre [Ana Rodríguez Placer, de 93 años] es de Pontedeume, y allí ya tenía una panadería mi abuela. Ahora cocemos los dos, todos los días menos los domingos, Pepe va al reparto (San Martiño, Magalofes, Perlío y algo de Xuvia, en el concello de Neda) y yo me quedo en la tienda», detalla.
«Pan de verdad»
Las empanadas de masa de pan (sin gramar) son uno de los productos más demandados en el negocio de los Sampayo. «El nuestro es pan de verdad, es lo que le digo a la gente. Cuando ves anunciadas tres baguetes artesanas hechas en horno de leña por 0,99 euros, sospecha», alerta. No resulta fácil sobrevivir: «Ahora mismo se está vendiendo muy poco, pero ya viene de hace años, por las grandes superficies, afecta a todo, también al pan. El que hacemos aquí es compacto, sin levadura, con formento [como ocurre en el resto de tahonas mencionadas en este reportaje], pero parece que la gente no lo valora».
«Cada uno tiene su mano y hace su pan. Es como el caldo, con los mismos ingredientes y nadie lo hace igual», remarca Montserrat Casal, de la panadería Santa Rita, de Xuvia. Poco antes de retirarse contaba que aún quedan clientes que compran varios bollos y bollas grandes, aunque son minoría. Ahora tendrán que buscar otra alternativa. Igual que con las proias o la bizcochada, entre los dulces típicos. La ausencia de relevo y de mano de obra tiñen el horizonte de un sector con gran arraigo en la zona, como se vio en 2024 en Cedeira, en shock por el cierre de Durán. «Dá para vivir, pero é duro», concluye Bárbara Vilela.
Salvador Merlán, panadería Fornature, en Pedroso (Narón): «Estoy contento de tener quien siga con el negocio»
Salvador Merlán fundó a comienzos de los años 60 la panadería que hoy todo el mundo conoce por su nombre, aunque la denominación oficial es Fornature. Está en Pedroso (Narón) y allí se crio su hijo Gonzalo, que tiene 65 años y está al frente del negocio desde los 28. «Ya me voy a jubilar —anuncia—, seguirán los chavales que están, les falta un poquito y yo estaré hasta fin de año para que cojan buen ritmo. Estoy contento porque muchas panaderías cierran». El nedense Ángel Pena, de 43 años, tomará las riendas.
—¿Cuál es la mayor dificultad de este oficio?
—Para mí, calcular la cantidad de horas que lleva la fermentación, cuando se hace el pan de masa madre... son 18 en total. La dificultad son los horarios y compaginarlo con los empleados. Tampoco es fácil encontrar personal, tardé tiempo en dar con la gente adecuada, es muy complicado poder tener una conciliación.
—¿Qué diferencia su pan?
—Está hecho con masa madre y harina sin ningún tipo de conservante, ni aditivo, ni mejorantes...
—¿En qué se nota eso?
—En la mayor durabilidad del pan, y los sabores y los aromas que coge. El trigo del país no funciona con levadura (para que funcione hay que añadirle azúcar), y a la masa madre no se le añade nada, es un pan más compacto, más desarrollado, menos esponjoso. Hay clientes que vienen de Lamas [San Sadurniño] a buscarlo, a siete u ocho kilómetros, llevan dos bollos de kilo y tres días después se puede comer igual. El pan es reconocido por la masa madre, el sabor y los aromas, pero casi nadie se fija en el olor tan característico que tiene. Los otros [tipos de pan] no huelen a nada.
—¿Qué otros factores influyen en la calidad del pan?
—Aparte de la temperatura, la presión atmosférica influye mucho en el desarrollo de las burbujas del pan. Este hecho no tiene ninguna importancia en el pan hecho con levadura, pero sí en el que se elabora con masa madre.
—¿En qué zona reparte?
—Solo en la parroquia de Pedroso, en un radio de tres kilómetros desde la panadería. Fuera de ahí, a comercios que lo venden (aparte de la producción que hago para la parroquia, trabajo por encargas, lo que me piden restaurantes y tiendas). A domicilio no compensa por el sueldo del repartidor y el tiempo, muchas veces para una barra pequeña por la que pagas un euro.
—En cuanto a los precios...
—Todo ha subido mucho. Utilizo harina de trigo del país, que traigo de Carral, y ya hace tres meses que me avisaron de que iba a subir 50 céntimos el kilo a partir del 1 de enero. Es una barbaridad, normalmente subía tres, cuatro, cinco o, como mucho, diez céntimos. No te queda más remedio que aumentar el precio de venta.
—También hacen empanadas.
—Vendemos muchísimas, es lo que más nos cogen en las tiendas con las que trabajamos porque casi nadie las hace con masa de pan. De bonito, bacalao y beicon con chorizo son las que más nos piden, pero hacemos de cualquier producto, salvo alguno muy perecedero, como el marisco.
—¿Y en repostería?
—Mi madre era la que hacía los dulces y cuando enfermó, al quedar yo solo, dejé de hacerlos. Pero tengo las recetas antiguas y Ángel creo que las va a recuperar.
—¿Dónde aprendió el oficio su padre, Salvador?
—Fue a aprender a Neda, y luego era al revés, venían aquí.
Fidel Casto, panadero de San Sadurniño jubilado: «Non deixa de ser un negocio, pero estás dando un servizo grande»
Tiene 66 años y se jubiló hace uno después de 41 de panadero. Fidel Casto nació en el lugar de Inxerto y así bautizó su tahona. En 1983, sin idea del oficio, alquiló la panadería de Pepe, en Santa Mariña do Monte. «Vas aprendendo a trompicóns, botou un mes comido e despois, tirar adiante. O máis difícil é collerlle o punto de fermentación á masa, e coñecer ben o forno. Inflúe o tipo de leña [hasta que instaló un horno de gas y otro eléctrico], se é cativa e mollada ou boa a seca», explica. Trabajaba con otros tres hermanos. A San Sadurniño se mudaron hace ya 19 años.
El sector se ha transformado en estas cuatro décadas: «Antes era facer o pan e ir repartir a un sitio cada tres días. Recordo casas de seis e oito persoas, e deixarlles seis quilos de pan unha fin de semana, e empanadas de tres quilos, e agora falas dun e pídenche un cuarto. A poboación baixou moito e hoxe a vida é distinta. Antes, a alimentación básica era con pan, desde o almorzo, unha tazada de café con leite e pan, e hoxe é con croissant. Cando abrimos en San Sadurniño, puxemos o despacho e pensei en abrir unha cafetería, e funcionou case mellor que o pan... e todo funcionou ben. Vén almorzar xente de Ferrol, Narón, San Sadurniño... todos con croissant [risas]». Fidel reconoce que mantuvo alguna ruta de reparto «que non pagaba a pena (ao mellor cando estaba o gasóleo barato si, pero xa non), porque con corenta anos de fidelidade dalgunha muller maior soa nunha casa, resultaba violento dicirlle que non».
De las especialidades de Inxerto, destaca el pastelón de crema pastelera y chocolate: «Deunos moito nome en todos os sitios, xente de Roupar, Vilalba, A Coruña, os que pasaban para Ortigueira, Cariño, Cerdido...». Destaca el incremento de las ventas en Navidad —«o roscón de Reis saíame perfecto, e ese día facturabas moito»—, carnaval y también en verano. Pero el mercado no anima: «Con tres baguetes por un euro non podes competir. O que é pan artesán é pan artesán».
Este año ha disfrutado más de sus nietos de lo que pudo con su hijo, y confiesa: «Creo que non o boto en falta, ía moi cansado, teño ido traballar encontrándome mal e teño cascada a saúde. Xa levaba uns anos barallando... se houbera quen mo comprara. En decembro do 24 ía cerrar, si ou si, pero apareceu a última hora, e escrituramos en febreiro». El panadero de O Carballo, en Pedroso (Narón), adquirió el establecimiento y ahora gestiona el despacho de San Sadurniño, aparte de conservar la cafetería y los productos de confitería. «Gústame velo funcionando, non deixa de ser un negocio, pero tamén estás dando un servizo moi grande», señala este veterano del obrador.