«La soledad, tan necesaria, es la que facilita el encuentro con uno mismo»

El pintor Luis Loureiro afirma que «un artista necesita vivir con intensidad y reflexionar constantemente»


Ferrol

Luis Loureiro (Sedes, Narón, 1943) es uno de los grandes artistas gallegos. Forjado en largos silencios, a lo largo de más de medio siglo, y sin hacer concesión alguna, ha ido construyendo su obra, en la que prima la máxima exigencia. Haber sido trabajador de Astano le permitió -como suele decir a menudo- vivir al margen del mercado del arte y concentrarse por completo en el proceso creativo, sin estar pendiente de si «un cuadro se vendería bien o no». Suele frecuentar poco los ambientes artísticos. «A mí todos los artistas me merecen la máxima consideración -comenta-, y nunca me han gustado esas envidias que tanto abundan, ni esa tendencia, tan generalizada, a mirar por encima del hombro lo que hacen los demás, sin mostrar ni el más mínimo respeto». A él jamás le preocupó remar contra la corriente. Sabe bien a dónde va. Y dice que la soledad, tan temida en nuestro tiempo, nunca le ha dado miedo.

-¿Por qué se le teme tanto a la soledad en nuestros días?

-Porque a menudo no nos damos cuenta de que esa soledad, tan necesaria, es la que facilita el encuentro con uno mismo. Una buena parte de mi vida ha transcurrido en soledad. Y jamás vi eso como una desgracia, sino como todo lo contrario: lo viví como una oportunidad de mirar hacia mi interior. En mi opinión, un artista necesita vivir con intensidad y reflexionar constantemente.

-¿Cómo ha pasado el confinamiento?

-Pues, aunque pueda parecer sorprendente lo que voy a decir, yo no he vivido el tiempo del confinamiento, en lo personal, como una desgracia. Es cierto que esta pandemia ha causado un sufrimiento terrible. Sobre todo a aquellas personas que, de una forma o de otra, han sufrido las consecuencias de la enfermedad, tanto en sí mismas como en sus seres queridos. Pero mi caso es otro. Y poder estar encerrado en mi estudio, reflexionando y trabajando, no me parece tan malo. De hecho, en el aspecto artístico ha sido, para mí, una etapa muy productiva.

-Este es un tiempo de cambios muy profundos...

-Tal vez. Pero lo que a mí me preocupa es que a menudo no seamos conscientes del inmenso tesoro que es la vida. En mi opinión, y conste que no trato de pontificar, ni de convencer a nadie de lo que yo pienso, la vida es algo tan valioso, tan irrepetible, que no deberíamos desperdiciar jamás ni un solo momento.

-¿Y cómo se logra eso?

-Pues a mí me parece que se logra prescindiendo de lo superfluo y de lo innecesario, y concentrándose en lo que de verdad importa. Si nos empeñamos en pasar el día entero corriendo hacia ninguna parte, derramamos la vida. Y ese es un terrible error.

-¿Qué habría que cambiar?

-Con toda humildad, e insisto en que no pretendo sentar cátedra, creo que todos tendríamos que aprender a disfrutar de lo que puede aportarnos cada minuto de nuestra existencia. No estamos haciendo las cosas bien. Nos perdemos en lo más superficial.

«Los paisajes de mi infancia, los de mis raíces, me aportan equilibro y tranquilidad» 

Luis Loureiro tiene su casa y su estudio en Sedes, donde nació y donde transcurrió buena parte de su niñez. «Los paisajes de mi infancia, que son los paisajes de mis raíces, me aportan equilibrio y tranquilidad -dice el pintor-. Tuve la suerte de vivir durante años en casa de mis abuelos, en un entorno muy rural, donde aprendí a observar los cambios de la luz en el cielo y cómo el arado trazaba líneas rectas conforme iba abriendo los surcos en la tierra».

-Durante estos últimos meses ha trabajado usted mucho con soportes como la tabla y el papel. Y, al mismo tiempo, su obra ha seguido avanzando en la búsqueda de unas formas cada vez más puras...

-Mire, a mí una línea puede emocionarme hoy tanto como la más compleja de las imágenes. En mi juventud estuve muy fascinado por la obra de autores como El Greco, que sigo admirando muchísimo, pero lo que me interesa, como creador, es algo muy distinto. Es la esencia.

-¿Qué recuerdos guarda del tiempo de su juventud en Fene?

-Fueron años extraordinarios. En Fene di mis primeros pasos como artista. Y allí se fortaleció, por ejemplo, mi relación con la naturaleza. Solía salir de casa con mi cuaderno de apuntes y marchaba, caminando, hacia Marraxón y hacia la fraga del Belelle, en la que me fascinaba contemplar la Fervenza del río con su cola de caballo. Y a veces esas caminatas las prolongaba hasta el monasterio de Caaveiro. En el Círculo de Fene expuse por primera vez. Esos años fueron muy importantes para mí.

-Usted ha sido también, por cierto, un gran viajero.

-Sí, pero no en el sentido que hoy se le da a esa palabra. He querido conocer otros lugares. Pero para vivirlos. No por el mero hecho de haber estado allí. Quiero vivir, no hacerme selfis.

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