Adiós al último pescador de tiburón peregrino del Porto de Bares

Manuel Méndez Fernández tenía 13 años cuando aparecieron por primera vez en la bahía los «peixorros»


mañón / la voz

A Manuel Méndez Fernández todo el mundo le llamaba Manolo. Era Manolo de Florinda, en alusión a su madre. Nació el 18 de julio de 1930 en el Porto de Bares, donde pasó casi toda su vida, y falleció el sábado en Ferrol (residía desde hace varios años con una sobrina en Narón). Tenía 13 años cuando aparecieron los primeros tiburones peregrinos en la bahía de Bares. Su hermano Plácido, cinco años mayor que él, fue el primero en capturar un peixorro, como dieron en llamar a aquellos «peixes raros» que alteraban la vida de los lugareños desde principios de noviembre a mediados de marzo. 

Hasta 1955, el último año que Manolo recordaba haber tirado el arpón para atrapar un tiburón peregrino. «O máis grande que se colleu aquí tiña 7,20 metros de longo e 2,02 de cola, en vertical, calculábanlle por riba das dúas toneladas», relataba. Contaba que su hermano había diseñado un arpón de hierro para pescar peixorros. Uno de los que fabricó lo arrastró un tiburón y reapareció dos años después. 

«O fígado derretíase, era moi grande, e con aquel aceite alumabamos, non había gas nin cartos para comprar carburo. Un peixe deses grandes podía dar uns 600 litros de graxa [...]. Algo vendíase, a seis pesetas o litro, a un comerciante de Celeiro e unha fábrica de Cariño. A carne valía de abono para as hortas», explicaba este pescador jubilado.

A Manolo le fallaba el oído, pero conservaba la memoria, y le gustaba conversar con conocidos y extraños, igual que a su hermano Plácido. En Bares salía a caminar por la playa y se sentaba en As Areas durante horas a observar el cielo. Contaba los aviones, y pocas cosas le fascinaron tanto como descubrir la aplicación localizatodo, que permite hacer un seguimiento de las aeronaves y anticiparse. «Vai aparecer un polo sur», le apuntaba su vecino Xulio. Y un par de minutos después descubría, maravillado, que era cierto.

Sentía curiosidad por cualquier artilugio tecnológico, en especial por los teléfonos móviles. ¡Cómo algo tan pequeño podía hacer tantas cosas!

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