«Nací en Rodesia, viví en Venezuela y Portugal, y quisiera morir en Narón»

Nina Paula Alves Pedrosa llegó a Galicia en 2006 con su marido, que trabajó en la construcción de la urbanización Ciudad Jardín


Ferrol

Las obras de construcción de la urbanización Ciudad Jardín, en Ferrol, fueron las responsables de que Nina Paula Alves Pedrosa, que comparte las nacionalidades de Zimbabue y Portugal, acabase convirtiéndose en una «naronesa de pro». Tras haber vivido en tres continentes, desembarcó aquí en septiembre de 2006, acompañando a su marido, que trabajó en la construcción de los chalés situados en la zona de Leixa, y ahora ya no quiere marcharse. «Me gustaría morir en Narón», manifiesta esta mujer de 42 años recién cumplidos, que rebosa vitalidad por todos los poros de su piel, aunque después añade que se adaptará a lo que decidan sus tres hijos, porque lo que no quiere es que sus futuros nietos se críen sin abuela, como les está ocurriendo a sus hijos, «porque todos los niños necesitan un abuelo».

Nina nació en Rodesia -país que en 1981 se convirtió en la república de Zimbabue-. Su madre era de ascendencia inglesa y se casó con un ciudadano portugués al que conoció cuando participaba en la guerra de Mozambique y un tío suyo lo invitó a cenar con la familia. De ese matrimonio nació Nina y, con posterioridad, otro hijo.

La pareja se trasladó a Venezuela cuando la protagonista de esta historia todavía era una bebé y residió en el país americano durante tres años. Tras una breve estancia de seis meses en Zimbabue, que Nina define como «unas vacaciones un poco largas», la familia se asentó en la pequeña localidad portuguesa de Santa María da Feira. Allí se casó Nina en 1999 con el que hoy sigue siendo su esposo, cuando ya tenían a la primera de sus hijas. El siguiente destino, y definitivo, según las pretensiones de Nina, fue Narón, donde ahora reside con sus tres hijos y un yerno, mientras que la crisis del ladrillo obligó a su marido a buscar trabajo fuera, por lo que ya lleva casi cinco años en Estados Unidos -país al que ella no quiere trasladarse porque «hay muchas armas y mucho acoso»-, en una empresa que se dedica a colocar piedra en viviendas de lujo. Y no quiere marcharse de Narón porque es su lugar ideal para vivir, por el propio entorno y por su gente.

Cinco años sin ver a su madre

En la actualidad, Nina tiene a la mayor parte de su familia dispersa por el mundo. Su padre en Portugal, su madre en Zimbabue -regresó para cuidar al abuelo, que tiene 86 años-, la esposa de su padrino -él falleció muy joven- en Inglaterra y un primo en Escocia. Como consecuencia de esa dispersión, Nina lleva cinco años sin ver a su madre, porque el viaje a Zimbabue es «muy costoso» -alrededor de mil euros por persona- y las cosas en ese país están «fatal». «Mi abuelo sigue pensando como cuando era Rodesia y no entiende que ahora haya escasez de cosas y las racionen, por lo que para repostar gasolina hay que hacer cola, para comprar desodorante o leche hay que recorrer dos o tres supermercado, y les cortan con frecuencia el agua y la luz», explica. A nivel personal, la situación tampoco es fácil. De hecho, su madre tiene que pagar visado y a Nina no le permiten residir allí, por el hecho de haber salido del país en 1981.

Todas estas vivencias, unidas a un carácter extrovertido y afable, han forjado una persona que logra las simpatías de todos, en especial de los más pequeños, que disfrutan con ella en las divertidas clases de inglés en la academia Pequebabies, en Narón, propiedad de su gran amiga Maite Méndez. A mayores, ahora ha comenzado a cursar primero de Bachillerato en Caranza, en semipresencial.

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