Al rojo vivo


El Comité Central del Movimiento Vulcan sabía que este año tendría trabajo, de modo que, como paso previo a su plan quinquenal de incendios, dispersó sus efectivos humanos por toda Galicia. Después de sesudas deliberaciones, fijó el día D. Para entonces, todas las villas, aldeas, lugares y casas aisladas del territorio gallego tenían un activista dispuesto. Llegado el momento, el secretario de Ignición activó el dispositivo. A media mañana, un funcionario de Hacienda de vacaciones en Ribadeo; un jubilado del plan minero residente en Sancobade, Vilalba; un parado de Santa Xuliana, en Monfero; un cabrero octogenario de Armea, en Betanzos; una ama de casa de Vilanova, en Malpica; un joven nini en Esparela, Baleira; un gestor administrativo en Verdeogas, Dumbría; un ganadero de vacuno de Castrocan, en Samos; un maestro de vacaciones en Broña, A Barcala; un desequilibrado mental en Lumeares, A Teixeira; y una joven opositora a notarías en Paitieiros, Gondomar, entre otros centenares en diferentes lugares, recibieron en sus iphones el mensaje convenido. Sin pérdida de tiempo, tomaron sus botellas de queroseno, mechas y encendedores y se internaron en los bosques asignados. No todos eran eficientes, de modo que la llama en unos pocos casos no pasó de conato de incendio; pero el duro entrenamiento previo se impuso y la mayoría de los objetivos fueron un éxito: los bosques sucumbían al fuego. La trama incendiaria había logrado un nuevo éxito. El programa anual acababa de empezar y, mientras la Xunta no detectase los magníficamente equipados cuarteles de adiestramiento diseminados por todo el territorio, el futuro seguía estando al rojo vivo.

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