Un mural pintado por el viveirense Dani Caxete en la casa familiar, por idea de su madre, recuerda a la joven que falleció en febrero a los 20 años
26 ago 2026 . Actualizado a las 17:47 h.Uxía se murió el 6 de febrero, por un linfoma de Hodgkin que le habían diagnosticado un año antes. El 28 de junio hubiera cumplido 21. Sus padres, Paloma Martínez (O Vicedo, 1975) y José Francisco Murias (O Barqueiro, 1975), guardan las cenizas en el domicilio familiar, en O Barqueiro, el lugar donde Uxía quería vivir, y donde sigue viva en la memoria de todos, porque quien la conocía la quería, y ahora también en un maravilloso mural pintado por el artista viveirense Dani Caxete en la pared de la vivienda que da a la ladera, donde Paloma se ha empeñado en dar forma al jardín que soñaba su hija, con una silla colgante que mira al puerto por donde paseaba Uxía, sola o cogida de la mano de su padre.
«Todo o mundo o di. Colleulle a esencia, non é que sexa unha foto de Uxía, é Uxía», repite su madre, eternamente agradecida al autor. Su risa, su mirada luminosa y una melena hermosísima. Y los kayaks, que tanto le gustaban —trabajó con su tío en Actividades Estaca—, junto a su novio y el perro, «que era a ilusión da súa vida, e tívoo dous meses antes de morrer». Y los tres puentes de la desembocadura del río Sor, que pensaba incluso tatuarse. Y el faro de O Barqueiro, un guiño de Paloma: «Porque Uxía era o meu faro». En la fachada principal de la casa azul, donde Uxía y sus padres, inseparables, fueron tan felices, se pueden leer los versos de su poema favorito, Adiós ríos, adiós fontes, de Rosalía de Castro, escritos por Caxete con el aerógrafo reproduciendo la caligrafía de esta joven que quería ser maestra de Infantil.
En A Coruña, donde se mudaron cuando tenía un año, acudió al colegio Rosalía de Castro; de vuelta en O Barqueiro, estudió en el IES de Ortigueira, y después cursó un ciclo de Educación Infantil en Ribadeo, con la mirada puesta en la universidad. En la vida solo le faltó tiempo; le sobraban ganas, talento, empatía y generosidad, y tenía genio, como dice su madre, que le inculcó la independencia como un valor, al que ella se agarró con ansia y sin necesidad (contaba con todo el apoyo de sus padres), primero vendiendo postres caseros en varias ferias locales, después en los kayaks, y ya enferma, trabajando en un hotel cerca de casa.
A diferencia de su marido, que calla un dolor imposible de describir, Paloma llora y podría estar hablando de Uxía sin parar, y se ha propuesto que juntos cumplan el mayor deseo de su hija: «Pideunos que seguíramos adiante, que viviramos por ela, facendo o que nos gustaba aos tres». Planea viajes que dejó pendientes, mientras repasa otros que compartieron, como el recorrido por la obra de Gaudí, en Barcelona —donde ganó su plaza en Correos, alentada por su hija—, y siguiendo la huella de Dalí, en Figueres, donde acabaron lanzándose juntas por los toboganes del parque acuático.
«Quero que a recoñezan e que non se olvide —reitera su madre, sin consuelo—; non sabía que a querían tanto, sabía que era moi válida, pero non que fora tan querida... quixo traballar, eu non quería que traballara e seu pai tampouco, a oncóloga díxonos que era mellor, non quería ser unha carga, era unha pasada, nós aportabamos todo o que podiamos.... pero ela quería ser independente...». En la Noite Meiga, en la que tanto se implicó, le rendirán un homenaje: «Non fun a nada, pero a isto irei». Todo para que la energía y la luz que desprendía su hija no se apaguen jamás.